
Dos amigos argentinos de Ortega
Por Julián Marías Para LA NACION
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MADRID.- Conocer bien un país, incluso el propio, requiere largo tiempo. Se va descubriendo el sabor, el estilo de vida, las excelencias, los defectos. Estos no hacen que se quiera menos al país en cuestión, sino que resultan dolorosos. En algunos casos, las largas y frecuentes lecturas de muchos libros compensan la brevedad de la residencia, del trato inmediato. Francia, por una parte, y Alemania, por otra, son países entrevistos muchas veces, pero con breves residencias. El gran número y continuidad de lecturas me los ha hecho extrañamente próximos.
La Argentina es uno de los países que he sentido siempre más cercanos, he creído comprenderlo a lo largo de medio siglo de compleja historia. He señalado, con la discreción debida en quien no es argentino, que una causa principal de los males que la afligen se debe a importantes olvidos, omisiones, recuerdos parciales y exagerados, todo lo cual se convierte en falsificación. Cuando esto se va depositando en una realidad social, resulta muy difícil superar el error: habría que remover una especie de costra que se ha ido depositando en las imágenes que circulan.
Hoy quiero hablar de un asunto menos grave, porque se refiere solamente a la vida intelectual, cultural, literaria, lo que no compromete tanto los estratos profundos de una realidad social. He acuñado hace ya tiempo el concepto de "espesor del presente": me refiero a aquella porción del pasado reciente que no ha pasado del todo, que sigue viva, que no es mero objeto de recuerdo y estudio. En España permanecen vivos autores muertos hace largo tiempo: todos los de la generación del 98 y, más allá, Galdós, Clarín y otros. No encuentro tanto espesor en otros países europeos.
Temo que la Argentina, y en general la América Hispánica, posea un "espesor" insuficiente. He escrito sobre unas cuantas figuras argentinas descollantes, de imperecedero valor. No estoy seguro, pero tengo la impresión de que, salvo Borges (mitificado justamente por la crítica de Francia y de los Estados Unidos), los demás han dejado de estar presentes: Eduardo Mallea, Máximo Etchecopar, Jaime Perriaux, Victoria Ocampo, Carmen Gándara. Todos ellos han muerto; Etchecopar, hace bien poco.
Jóvenes fieles
En la tercera y última residencia de José Ortega y Gasset en la Argentina, en 1939, hizo dos amistades juveniles: Máximo Etchecopar y el todavía más joven Jaime Perriaux. Fueron discípulos entusiastas, que absorbieron en grado excepcional su enseñanza y su actitud moral. Fueron fieles a esa amistad hasta la muerte de Ortega, en 1955, y mantuvieron la fidelidad a su pensamiento y a lo que significaba hasta su propia muerte, la de Jaime Perriaux en 1981, la de Máximo Etchecopar hace bien poco tiempo. Ambos eran hombres de grandes conocimientos, de riquísimas lecturas en varias lenguas, dos de los argentinos más inteligentes que he conocido.
Máximo Etchecopar escribió un libro de gran importancia y riqueza: El fin del nuevo mundo . Escribí sobre él y, cuando reeditó su libro, puso mi artículo como prólogo. ¿Se lo lee, está vivo? Me alegraría saberlo.
En cuanto a Perriaux, no escribió demasiado: ése fue su error. No sé si está presente su interesantísimo libro Las generaciones argentinas : han pasado bastantes años, y sería apasionante recordarlo y ponerlo a prueba. Jaime Perriaux tenía una inmensa cultura: lenguas clásicas, las tres o cuatro principales modernas, derecho -que era su profesión-, pero no menos filosofía, sociología, historia, literatura. A todo esto unía una inteligencia clara y una ilimitada probidad intelectual.
Sé muy bien lo que para el Ortega maduro significaron estas amistades juveniles. Los estimaba en lo que valían, se contaron entre las no muchas personas que han podido llamarse con justicia discípulos suyos. Por su parte, quedaron marcados para siempre. Sintieron gratitud, tuvieron clara conciencia de haber gozado de un privilegio, y lo pusieron en juego para su vida intelectual y, lo que es más, personal.
Cuando murió Jaime Perriaux, escribí un artículo sobre él. Había sido un amigo fraternal desde que Ortega nos presentó. Estuve con él innumerables veces, en la Argentina, en Madrid y otras ciudades españolas, en los Estados Unidos, en México. Cada vez que nos encontrábamos, nos parecía reanudar la conversación de la víspera. Las cartas iban y venían con frecuencia y llenaban así los espacios de ausencia que imponen las distancias.
¿Se cuenta en la Argentina con estos dos nombres que me son particularmente cercanos? No me es fácil saberlo, pero tengo una vaga impresión de que se han ocultado, como el sol se pone, dejando oscuridad. No son ciertamente los únicos: en la Argentina han aparecido siempre figuras humanas extremadamente valiosas y creadoras.
Grandes esperanzas
La riqueza de un país depende en gran medida de qué porción de él permanece viva, sigue actuando, se parte de ella para añadir algo nuevo y seguir adelante. Cuando pienso en los países hispanoamericanos, que considero próximos, casi propios, y en los que he puesto siempre grandes esperanzas, me asalta la duda de si conservan y utilizan lo que tienen. Tengo la impresión de que su irradiación es pasajera; de que, tras un momento de reconocimiento y admiración, se olvidan. Son sustituidos por figuras que gozan de un momento de esplendor, tal vez por una buena publicidad, acaso por ocupar puestos diplomáticos que los ponen en contacto con hombres relevantes de otros países y de ellos reciben cierta aureola. Todo esto es, a su vez, fugaz, pero lo que han hecho se pierde en el olvido, sus libros dejan de leerse y el resultado es un general empobrecimiento.
¿Se recuerda a Agustín Yáñez, el mexicano, cuyo libro Las vueltas del tiempo comenté con el título de "Historia universal de México"? ¿Y sus demás libros? Hasta los que han tenido, principalmente por sus conexiones personales, fama casi universal, al cabo de pocos años de su muerte han caído en el olvido y rarísima vez se habla de ellos. Acaso habían sido más nombrados y citados que leídos; la lectura es el único puntal firme de la posible fama.
Por cierto, se ha intentado, y todavía se sigue intentando, enterrar a Ortega mismo. No se ha conseguido y no se conseguirá: ahí está su obra inmensa y luminosa, a la que hay que volver los ojos cuando se quiere seguir pensando a la altura del tiempo. Quiero decir, del que ha llegado ya y se anuncia para el futuro.





