Droga en la Argentina: mentiras públicas, verdades privadas
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Pocos días después de que Guillermo Cóppola se entregó a la Justicia, el 9 de octubre pasado, un alto jefe policial recibió a dos cronistas y les dijo: "Acuérdense de mí: esto acaba en un escándalo".
Desde entonces, quienes escriben esto recorrieron despachos de jueces, policías federales y bonaerenses, escucharon testimonios de abogados y versiones políticas. Y en todos los casos el testimonio era coincidente: Cóppola había sido víctima de una trampa y era inocente de la acusación de vender drogas prohibidas. Pero nadie estaba dispuesto a admitirlo más que en privado.
Al mismo tiempo, las encuestas difundidas indicaban que la opinión pública ya había condenado por mayoría aplastante al manager futbolístico, a quien se vincula con el mundo de la noche, la mafia y el poder político. Paradójicamente, gobernantes y gobernados coincidían en una cosa: Cóppola saldría libre en un futuro no muy lejano.
Semejante contradicción -la existencia de una verdad privada y otra pública, unidas apenas por un pronóstico fatalista- tiene su origen en una serie de razones: la relación de sospecha que existe entre la sociedad y el poder, el descrédito de los mecanismos policiales y judiciales a raíz de las múltiples denuncias de corrupción sin resolver, cierta morbosidad y aun algo de revanchismo frente a los ricos y famosos de un país en graves dificultades sociales.
Pero, más allá de ese contexto, hay una dimensión que refiere directamente a la ambigua relación de la sociedad argentina con el mundo de las drogas ilegales, un vínculo que se basa en un saber y un no saber, en la tolerancia de la negación y la negación de toda tolerancia.
Cuando cae la noche
El caso Cóppola se construyó sobre la tesis de que las discos son expendios de drogas ilegales, que hombres sin corazón utilizan para seducir a jovencitas desprevenidas, a las que luego emplean como correos de su negocio.
Esta imagen se basa en unos pocos datos ciertos y en una fantasía no sólo tejida por los medios sino -como demuestra uno de los pocos estudios serios realizados al respecto- por el entorno social.
La venta de drogas ilegales en la noche tiene una larga tradición en Buenos Aires, que se remonta al ambiente tanguero de los años 30 y 40, y llega al rock & roll, las discos y los bares de trasnoche.
Pero su rol en el torrente del tráfico masivo de cocaína y marihuana desatado a partir de los 80 es realmente menor. "Para nosotros -explica un comisario de la provincia de Buenos Aires especializado en el tema- no sirve de nada el tema de los boliches. ¿Qué podemos encontrar? ¿Un montón de papeles (de cocaína) en el piso? Yo no quiero hacer de barrendero. Y si tenemos la suerte de voltear al puntero, a la semana siguiente hay tres más que ocupan su lugar."
El local nocturno es el último eslabón de la cadena de comercialización. Generalmente compran allí los consumidores menos experimentados, por cuanto la droga se vende más cara y cortada. Solamente los habitué -visitantes de los salones VIP, en su mayoría- gozan de real confianza con los proveedores.
Pero si bien no ocupan un lugar de importancia en el negocio global, las discos sí funcionan como lugar de consumo habilitado por el consenso social.
Un trabajo conducido por el investigador del Conicet Hugo Míguez en el verano de 1993 en Punta del Este reveló que, al menos para los sectores sociales altos y medio-altos, hay una tolerancia de hecho al consumo de cocaína, siempre que se mantenga en lugares preestablecidos, como los baños, los estacionamientos o los salones VIP.
"Se trata aquí -dice el estudio- de patrones socioculturales que cuentan con un lugar determinado, dentro de las reglas que algunos grupos aceptan, o, en el mejor de los casos, dispensan como parte de un estilo de vida. Participen o no del consumo."
Agrega que, en ese contexto, "la práctica del uso de cocaína se vincula (...) con un estado de ajuste a un ritmo exaltado de diversión y de baile."
En resumen, se trata de "la convivencia no conflictiva de una cultura con el abuso del alcohol y el uso de drogas".
La palabra clave es "ajuste". Míguez tuvo una experiencia directa cuando viajó a Río Turbio a investigar problemas de alcoholismo entre los mineros. Inmediatamente, gente del lugar le hizo una lista de 15 presuntos alcohólicos, quienes, sin embargo, consumían la misma cantidad que sus compañeros. Más tarde averiguaría por qué: los 15 permanecían fuera de la mina y, por ello, no tenían justificativo alguno para beber a los ojos de esa pequeña sociedad, que, en cambio, consideraba que los otros debían alcoholizarse para soportar su trabajo en el fondo del socavón.
Verano, droga y rock & roll
En ese sentido, los lugares de diversión y, en particular, el veraneo, son instancias consagradas socialmente como el momento de levantar ciertas barreras. Al igual que en el caso de las discos, el veraneo funciona socialmente como espacio de libertad y, por ello, tambien de perdición.
"El verano opera como una falsa luz de alerta para los padres", se lamentó el principal Carlos Macaya, de la División Prevención Social de las Toxicomanias, uno de los cuerpos más antiguos del país en la materia.
Según su experiencia, muchos padres creen que sus hijos comenzaron a consumir drogas ilegales a partir de cierto veraneo en la costa atlántica, cuando en verdad ocurría desde mucho antes en la casa, pero era negado.
"Les preguntamos a los chicos: ¿Nunca te habían encontrado antes? Y nos dicen ´uff, un montón de veces´. ¿Y qué hacían tus padres? ´Tiraban las tucas (colillas de marihuana) al inodoro y no me decían nada.´"
Para Macaya, al igual que para otros policías especializados en el tema, la costa atrae a los vendedores de drogas prohibidas como a los de cientos de otras mercancías por una simple razón: la aglomeracion de gente y, en particular, de un público joven ávido de consumo.
Es común que en el verano Buenos Aires quede desprovista de dealers (distribuidores), porque viajan una y otra vez a los diferentes balnearios para saciar una demanda voraz. Difícilmente, sin embargo, pueda hallarse un gran cargamento de droga: se trata siempre de pequeñas cantidades, fraccionadas para el uso, en muchos casos de precio superior al normal por las simples leyes del mercado. La existencia de este fenómeno dio lugar al llamado Operativo Sol sin Droga, que no ha mostrado eficacia alguna y es criticado por los expertos por su improvisación. Bastaron una declaración irónica de Charly García y un nuevo cambio de humor de Diego Maradona para restarle todo impacto publicitario.
Sin embargo, sirvió para reunir a dos protagonistas de la historia reciente en un mismo bando, antes de que acabaran enfrentados. Por un lado, Guillermo Cóppola negoció la participación de Maradona en la campaña 95/96 del operativo.
Por el otro, el principal Daniel Diamante consiguió allí que el juez federal de Dolores, Hernán Bernasconi, notara su presencia y lo convocara a formar un grupo especial con el que trabajó a partir de entonces todos sus casos.
Tráfico pesado
La dupla Bernasconi-Diamante utilizó sin reparos una serie de figuras que fueron pensadas para combatir el tráfico de drogas ilegales en gran escala. El agente encubierto y los testigos de identidad reservada son algunas de ellas.
La Argentina es un país de tránsito de cocaína de Bolivia y, en menor medida, de Colombia, Perú y Paraguay hacia Europa, los Estados Unidos, Sudáfrica y Australia.
Además, se ha convertido en un creciente mercado de consumo de cocaína y marihuana (de Brasil y Paraguay), al que ya se destinan cargamentos que superan el centenar de kilos en un lapso de apenas dos semanas.
Resulta prácticamente imposible controlar las extensas fronteras del país, y menos aun el espacio aéreo, sin radares ni medios especiales. El único recurso que queda es el uso de la inteligencia policial, que descubre de antemano las operaciones de los grandes traficantes.
Esta es la razón por la que fueron creados los agentes encubiertos, policías que se infiltran en organizaciones con la ayuda de informantes con el fin de obtener pruebas para encarcelar a quienes delinquen. Del mismo modo, se pensó en otorgar reserva de identidad a testigos cuya vida puede peligrar por declarar contra importantes criminales.
No se trata, evidentemente, de figuras a emplear contra consumidores o pequeños traficantes de discotecas de moda. Su mero uso en estos casos llama la atención del especialista, que no puede sino desconfiar.
Sin pruebas
El caso Cóppola es una buena prueba de ello. El agente encubierto Daniel López -no sería otro que Diamante- no se infiltró en organización alguna, sino que aportó informes obtenidos de quién sabe qué fuentes sobre las presuntas actividades delictivas del manager, sin mayores pruebas.
En cuanto a los testigos de identidad reservada, el escándalo que rodea a Samantha Farjat y Natalia Denegri, sus relaciones con los policías del caso y el uso que se hizo de sus testimonios eximen de mayor comentario.
La "guerra contra las drogas" genera enorme expectación publica y, por ello, puede ser fuente de prestigio personal o político. La ciudadanía parece esperar que grandes operativos policiales acaben de una vez con un problema que tiene profundas raigambres sociales.
Oficiales de la policía suelen quejarse en privado del vedettismo de algunos jueces, que llega a obstaculizar investigaciones de envergadura. A la vez, aceptan que ellos mismos inflan casi sistemáticamente las cifras de decomiso de drogas para demostrar un mayor éxito relativo frente a otras fuerzas de seguridad. De allí que también los dirigentes políticos apelen a campañas antidrogas o contra "la noche" para obtener el favor público.
Bernasconi, dirigente político por vocación y juez por accidente, fue sensible a este requerimiento cuando inició, el verano pasado, una serie de causas destinadas a demostrar la conexión entre las discos, la noche y el "éxtasis" (ver recuadro). El apoyo que recibió del secretario bonaerense de Prevención y Asistencia de las Adicciones, Juan Yaría, fue el índice de que su gesto había tenido eco en el gobierno provincial.
El increíble rating del caso Cóppola y sus derivaciones políticas y judiciales demostraron que el interés público era real.
Expectativas tan desmedidas en el poder y en la sociedad sirven, quizás, para explicar el silencio de unos y el engaño de otros.
Las cifras del consumo, solo al vuelo
La Argentina es el único país de América latina que no cuenta con un estudio nacional de drogas. El más veterano secretario antidroga, Alberto Lestelle (1989-95), se cansó de repetir desde el comienzo de su gestión que el país tenía unos 300.000 consumidores habituales de drogas ilegales.
La cifra persiste, pese a que es apenas una transpolación: simplemente se tomaron los estudios realizados en el resto de la región, que indican que del 1 al 3 por ciento de la población consume drogas habitualmente, y se proyectó el mínimo para la Argentina.
Mientras la cifra de consumo quedó clavada, el índice de decomisos de cocaína y marihuana señala un crecimiento vertiginoso en la circulación de drogas ilegales por el país en los últimos cinco años. De 846 kilos de cocaína en 1991 se pasó a casi 2000 en enero-julio de este año, y de 721 kilos de marihuana a casi 7500 en el mismo período.
Como lecturas estadísticas de la realidad sólo quedan algunos estudios parciales y experiencias concretas. Un trabajo preparado por la Secretaría de Prevención bonaerense reveló que las drogas psicoactivas ya habían cruzado el umbral de la adolescencia y llegaban a los niños.
El 18 por ciento de los casi 3000 estudiantes primarios consultados había fumado tabaco alguna vez, el 48 por ciento había probado alcohol, el 1,1 por ciento ingerido psicotrópicos "para obtener efectos o sensaciones como drogas", el 1,3 marihuana y el 0,8 cocaína.
El mes pasado, otro informe bonaerense intentó contrarrestar sus estadísticas anteriores, tomando como muestra el ingreso de pacientes a la red pública: la cocaína bajó del 46 por ciento al 33,4 como droga principal y aumentó la edad del inicio, de los 17 a los 18 años.
En el conurbano, aunque aumenta la frecuencia diaria (de 64 a 70,8 por ciento de los casos), el índice de consumidores de fin de semana bajó del 26 al 22 por ciento.
Como las cifras suelen engañar, un índice muy utilizado es el de las experiencias localizadas. El toxicólogo Alejandro Carrá era marginado hasta hace un año y medio de los servicios de guardia de los hospitales públicos, donde se resistían a una especialidad que, se temía, atraería filas de "adictos".
Actualmente, sus servicios son requeridos y cada día los hospitales se rinden ante la evidencia de que la demanda de asistencia por abuso de drogas es irrefutable.
En el Hospital Ramos Mejía, Carrá coincidía en algunas guardias con el traumatólogo boliviano Benito Laguna. Hace tres meses, Laguna fue apresado con 30 kilos de cocaína en la esquina del hospital. Eran parte de un cargamento de 150 kilos casi totalmente destinados al mercado local, una cifra impensable cuando Lestelle hacía sus estimaciones al vuelo.
Extasis: mas ruido que nueces
Los parámetros culturales han hecho hoy de la delgadez una precondición del cuerpo que merece ser amado. ¿Hubieran imaginado los químicos que en 1914 sintetizaron el metilene dioximetil anfetamina (MDMA) para los laboratorios Merck que la sustancia que creaban como supresora del apetito acabara a fin de siglo vulgarizada como "la droga del amor"?
Nunca explotado comercialmente, el MDMA (o éxtasis) fue redescubierto en los años 60 por terapeutas norteamericanos que lo aplicaron en casos de pacientes con fuertes inhibiciones psicológicas. En 1985, los Estados Unidos la prohibieron para todo uso, y en 1986 lo hizo la UN, pero la fama de sus propiedades anfetamínicas ya se había propagado también en Europa: el éxtasis era la píldora mágica que permitía saltar de disco en disco, noche tras noche, bailando sin fatiga.
También se le atribuían propiedades afrodisíacas, nunca comprobadas. La deshidratación y las mezclas inadvertidas por los consumidores cuestan algunas muertes anuales en Inglaterra, donde, al igual que en España, el consumo del MDMA es masivo y desvela a las policías.
Pero, por ahora, cualquier comparación con nuestro país es no sólo exagerada, sino directamente irreal. "En la Argentina hay un millón de pastillas de éxtasis dando vueltas, esperando el momento para ser colocadas", dijo el secretario antidroga bonaerense, Juan Alberto Yaría, el verano pasado.
Sin embargo, buena parte de lo que se anunciaba como decomiso de éxtasis (unas 5000 pastillas en 1995) resultó ser un fiasco: se trataba de simples anfetaminas, aspirinas o cualquier otra cosa.
Esto se ha vuelto común. "De 30 pastillas que se incautan en un procedimiento, 15 son éxtasis y 15 son nada", indicó un alto jefe policial. Son los propios vendedores quienes engañan a sus clientes entregándoles pastillas inocuas como si fuera MDMA. La importación comprobada de éxtasis es una empresa personal. La Policía Federal recuerda como su caso más notable el de un envío por encomienda desde Holanda en el que hubo dos detenidos: el que lo envió y el amigo que lo recibió.
El otro caso comprobado fue, a comienzos de año, la primera detención de Héctor "Yayo" Cozza y Samantha Farjat por la Policía Federal.
El mercado local de éxtasis, como los demás, es de fin de semana y sus clientes pagan unos 35 pesos por pastilla, impresas con nombres como "Adán", "Eva" "VW".
Hasta ahora, los toxicólogos no se han topado con accidentes como en Europa, ni los policías dieron con redes o laboratorios locales, pese a que los componentes químicos necesarios son de fácil acceso.




