
Durkheim y Le Bon derrotan a Perón
Como se ha observado, los resultados de la elección presidencial del 25 de octubre encierran una notable contradicción. Al cabo del escrutinio, el efecto político prevaleció sobre el recuento numérico, dando lugar a la paradoja. El que ganó según los números se sintió, y fue percibido, como perdedor; y el que perdió emergió triunfante. Lo notable del caso es que esa sensación de éxito se está convirtiendo, con el paso de los días, en una poderosa corriente social -en la jerga vernácula se la llama "ola"- que provoca un completo cambio de expectativas respecto a lo que se creía y sostenía hasta antes de la elección. Si en aquel momento la mayoría estimaba que ganaría el oficialismo, hoy cree que triunfará la oposición. Si entonces los pronósticos de ballottage favorecían a Scioli, ahora se inclinan por Macri.
¿Qué explica semejante transformación? ¿Por qué no fue prevista por los analistas y los encuestadores? La primera pregunta tiene una respuesta ardua, que aún se está buscando. La segunda, en cambio, es tal vez más fácil de contestar. Como analizó con rapidez y certeza Claudio Jacquelin en este diario, apenas un millón y medio de votos –con precisión estadística, casi un millón seiscientos mil- provocaron el cambio de tendencia. En verdad, se trata de una cifra pequeña: representa el 6% de los veinticinco millones de votantes que participaron en la elección. Si a esto se agrega que esa módica cantidad optó por Cambiemos a último momento, se puede ser más indulgente con los sondeos. Ellos fueron capaces de anticipar el ballottage –que era claro pocos días antes de la elección- y el orden de llegada de los candidatos. Lo que no lograron es precisar la diferencia entre las principales fuerzas, que desconcertó a todos: solo tres puntos. A partir de allí empezó a contarse otra historia.
Ante la sorpresa, la mayor parte de los comentarios se centraron en dilucidar el fenómeno y sus consecuencias. Se habló de caída de mitos, de flujos de opinión subterráneos, de errores inadvertidos y demandas no escuchadas, de cansancio y hartazgo con un estilo político. Se profetizó una nueva era. Esas descripciones también rescataron los reflejos de una sociedad cuya apatía no le impidió, sin embargo, fijar límites a la prepotencia del poder, acaso simbolizada por Aníbal Fernández. Los resultados del 25 de octubre, hay que reconocerlo, fueron una lección para los analistas escépticos, que subestimaron los motivos que llevarían a los votantes a no conformarse con la mediocre gestión oficial de los últimos cuatro años. Se ratificó con amplitud lo que se había manifestado en las PASO, sin que se le otorgara la debida importancia: más de 6 de cada 10 argentinos prefirieron a la oposición.
Todo esto no da cuenta, sin embargo, del fenómeno sociológico en sí, que consiste en el cambio súbito de expectativas y conductas, y en la sorpresa que éste provocó. Una primera hipótesis es que el asombro se debe a la derrota de una fuerza considerada prácticamente invencible: el peronismo. Ya había ocurrido en 1997 con el triunfo de Graciela Fernández Meijide sobre Chiche Duhalde. Se dijo entonces que el aparato político bonaerense no podía perder. Y menos por obra de una mujer nueva en la política. Esta naturalización del poder peronista recuerda la definición de "hecho social" de Emile Durkheim. Para el célebre exponente de la sociología clásica estos hechos consisten en modos de actuar, de sentir y de pensar que se imponen a los individuos desde el exterior, más allá de su voluntad, con fuerza imperativa y apremiante. Son un producto de las costumbres y de la educación, objetivado en forma de creencias y prácticas arraigadas. En cierta manera, setenta años de peronismo dominante terminaron provocando ese efecto en los argentinos, incapaces de concebir que las cosas puedan suceder de otro modo.
No obstante, Durkheim previó otros hechos, a los que denominó "corrientes sociales", que aproximan una explicación del prodigio de Cambiemos. Estas corrientes equivalen a la "ola", que Pro aguardó, al borde de la desesperación, durante largos meses. El fenómeno semeja un torbellino informe, tan coercitivo e imponente como los hechos sociales cristalizados. Un contemporáneo de Durkheim, Gustave Le Bon, aportó también argumentos para comprender la ola. Afirmó que las multitudes actúan por sugestión, desvinculando el significado de las palabras de las imágenes que éstas les suscitan. En este caso, el "cambio" se impone, bajo la apariencia de rostros, colores y estilos alternativos, pero sigue siendo tan impreciso como a lo largo de toda la campaña.
Ernesto Laclau supo ver con lucidez que Le Bon anticipaba el "significante vacío" de Lacan, que él utilizó para reivindicar al populismo. Hoy ese significante es el cambio, porque nadie acierta a definirlo. Una dura paradoja para el kirchnerismo: terminar ajusticiado por términos vacíos, a los que recurrió en su momento para conquistar el poder. El "cambio" vence ahora al "modelo de inclusión". En el fondo, se trata de mutaciones del humor social. De admiraciones repentinas y de sugestiones volátiles, aunque suficientes para doblegar a la principal fuerza política del país. Jugando con las palabras, Durkheim y Le Bon están derrotando a Perón.






