
Economía y política en horas inciertas
¿Por qué el asombro? Javier Milei había crecido en la consideración pública durante dos años. En los días previos a la competencia electoral la impresión de los observadores más experimentados, e incluso de los encuestadores, indicaba que su imagen crecía aún más, pero con escepticismo sobre cómo haría Milei para efectivizar al final en las urnas ese fortalecimiento.
Tal vez fuera más lógico comenzar por un pensamiento lateral: las generadoras de encuestas en la Argentina son sociedades creadas para hacer negocios empresarios: trasmitir a las gentes, en este capítulo en especial de sus actividades, la posición de candidatos y partidos desde que se alistan en la liza competitiva y hasta que se ordena la partida. Sus directores son invitados a los programas de radio y televisión para que amplíen los resultados de sus trabajos de sondeo de la opinión pública.
Ni uno solo de los consultores informó, hasta donde se sabe, que el partido de Milei ganaría en las PASO y su candidato presidencial sería el más votado entre todos los competidores.
Conclusión: la elaboración de encuestas en la Argentina constituye una actividad profesional y, en última instancia, los informes derivan en un negocio como cualquier otro que no está necesariamente vinculado con la realidad más estricta -muchas encuestas jamás llegan al conocimiento público-, sino con la retribución que naturalmente reciben de quienes les han encargado los trabajos.
Todo eso es la pormenorización de una verdad que raras veces se comenta en voz alta y muchas veces se amortigua en voz deliberadamente baja.
Ahora tratemos de analizar sucintamente qué sucedió el domingo. Hagámoslo pensando en las elecciones de octubre, primera vuelta de lo que seguramente termine en un ballotage, pues el fenómeno del domingo no ha sido, desde el punto de vista técnico, más que parte de la vida de los partidos y de las coaliciones electorales, aunque con el voto, curiosamente obligatorio, de todos los ciudadanos inscriptos en los padrones electorales, salvo los que están exceptuados por motivos específicos.
Primero, ganó un hombre sin partido, sin estructura y sin historia. Lo que se sabía es que contaba, según opinión de calificados economistas, con una muy buena formación económica, al margen de los elementos estéticos que resolvió conferir a su campaña de manera absolutamente inusual, por decir lo menos.
Segundo, el peronismo quedó relegado a la tercera posición después de haber ganado o ser segundo en las elecciones habidas en los últimos cuarenta años de democracia, para no ir más atrás en nuestra historia política. No ha sido una noticia menor. Debería representar para los peronistas una señal de gravísima alarma. La victoria, como la vida, no es eterna, pero por una situación como esta nunca había atravesado la fuerza política gestada por Juan Perón durante la revolución militar de 1943.
Tercero, anida en la opinión pública una enorme incertidumbre sobre lo que pueda sobrevenir en la Argentina, y afectar en consecuencia a sus habitantes, en los próximos dos meses. Nadie puede estar seguro de nada, solo de que mañana será otro día.
¿Vale la pena extender las consideraciones precedentes en el análisis de lo sucedido el domingo último? Sí, una última aserción de carácter general: al cuadro de catástrofe de la situación económica y social del país, preexistente a los comicios y agravada por los resultados de los escrutinios, se ha agregado un signo de interrogación sobre la gobernabilidad de las instituciones.
Ajustemos los cinturones. Vivamos todos los días manejando la realidad sin soñar en demasía, pero también sin depresiones excesivas. La Argentina ha pasado por otras situaciones de incertidumbre memorable, y aquí estamos.
Exdiputado nacional por la ciudad de Buenos Aires (Pro)






