
Educación para la libertad
Por Gregorio Badeni Para La Nación
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Los hechos producidos en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde un grupo de alumnos incurrió en actos de salvajismo al dañar y destruir bienes que la comunidad afectó a la enseñanza, configuran una práctica deplorable que se instauró en ciertos establecimientos educativos bajo el manto protector de la actitud benevolente de algunas autoridades y la complicidad de los padres.
El papel de la educación en un sistema democrático constitucional es fundamental, porque su perdurabilidad está condicionada por la capacidad de raciocinio de las personas en función del bien común. Esa educación les brinda la capacitación necesaria para el ejercicio de sus derechos, el conocimiento de sus límites, el principio de autoridad y el cumplimiento de los deberes que impone una convivencia social armónica y justa. Fomenta el desarrollo espiritual del individuo para que sea artífice y beneficiario del progreso intelectual.
Sacrificio de la sociedad
Sin embargo, nuestro sistema educacional está en crisis en todos sus niveles y desde hace varias décadas. Así lo revelan aquellos hechos, muestras elocuentes de la barbarie forjada por una endeble educación, no solamente en los claustros sino también en el seno familiar. En efecto, muchos no comprenden que la educación para la libertad no es sinónimo de caos, anarquía y facilismo, sino que exalta axiológicamente la inteligencia, la responsabilidad, la excelencia y el esfuerzo. El respeto y la solidaridad que permiten al educando comprender que, sin ella, la libertad degenera en el libertinaje.
Uno de los pilares de la educación pública es la enseñanza total o parcialmente gratuita para los educandos. No lo es para la sociedad que pretende capacitarlos como seres libres y responsables que perfeccionarán a las futuras generaciones con un legado cultural. La sociedad aspira a que los educandos estudien, a que se les enseñe a convivir en libertad y a que respeten y reconozcan su sacrificio en una auténtica solidaridad social para el progreso cultural.
Para eso la sociedad acepta ofrecer, a su costo y por vía impositiva, la enseñanza y los bienes necesarios. No para que sean objeto de juegos agraviantes, sino para la capacitación que permita elevar el nivel cultural y una convivencia basada en la libertad responsable. La barbarie destructiva de un establecimiento educacional o de sus bienes configura un delito sancionado por la ley penal, cuya comisión revela en sus autores una endeble educación para los fines de un sistema democrático. Es una muestra de egoísmo y de despreocupación frente a la ciudadanía que contribuyó para suministrarlos, y frente aquellos para los que están destinados en un futuro próximo a fin de que disfruten de los beneficios de la enseñanza.
A ello se añade la preocupante complacencia que frente a estos lastimosos episodios adoptan algunos padres. Probablemente, no los tolerarían si sus hijos desplegaran actos de vandalismo en sus domicilios, dañando bienes de su pertenencia. Esto también es una muestra de irresponsabilidad y egoísmo: resulta inaceptable dañar los bienes propios, pero se acepta y justifica el daño a los bienes comunes de la sociedad. Esta actitud patológica sólo es compatible con los resabios del autoritarismo forjados por una educación deficiente.
Convivencia democrática
Esos padres no conocen las enseñanzas de Sarmiento, cuando predicaba que la instrucción, en todos sus niveles, determina el grado de instrucción que tiene un pueblo culto para desempeñar debidamente las múltiples funciones de la vida civilizada. O de Estrada, cuando decía que "pueblo mal educado es un pueblo esclavo de los tiranos, o de las cábalas, o de la anarquía, o de la pereza". O de Joaquín V. González, cuando señalaba que la educación y el desarrollo de las facultades intelectuales elevan el espíritu de la sociedad, consolidan su organización política, desechando la fuerza bruta y las conductas irracionales que fomentan los despotismos. O de Linares Quintana, cuando nos enseña que si los ciudadanos no son educados para convivir en una libertad responsable, "serán siempre masa y nunca pueblo; rebaño que seguirá ciegamente a cualquier mal pastor que sacie sus bajos apetitos".
Esperemos que la firme y valiente actitud del rector Horacio Sanguinetti no sea desautorizada por el rectorado de la Universidad de Buenos Aires como lo fue, hace un lustro, la decisión similar dispuesta por el entonces rector del Instituto Libre de Segunda Enseñanza, Roberto Repetto, que determinó su renuncia al igual que la del presidente del Consejo Superior del Colegio, Alberto Spota.
La tolerancia frente al ímpetu, la bulla y la sana rebeldía de la juventud no es incompatible con el orden y la disciplina razonables, porque estas últimas, lejos de tener carácter autoritario, configuran los contenidos básicos de la responsabilidad, sin la cual no puede existir una educación para la libertad. Y sin una política educacional para la libertad queda desvirtuada la capacitación intelectual y ética de la juventud para ejercer sus derechos y cumplir sus deberes en una convivencia democrática. Es coadyuvar a forjar comportamientos regresivos confundiendo, con ignorancia y sofisticados argumentos, la libertad con el libertinaje.





