
¿El algoritmo ya eligió a los candidatos para la próxima elección presidencial?
Polymarket redujo la carrera presidencial argentina a dos nombres; el autor destaca estudios propios sobre la posibilidad real de una tercera vía, aunque nadie hasta ahora logra representarla

Cuando empezamos a seguir semana a semana el mercado presidencial argentino de Polymarket, a comienzos de mayo, Javier Milei concentraba el 65% de las probabilidades de triunfo y Axel Kicillof rondaba el 25%. Los demás candidatos reunían, sumandos, entre 10 y 12 puntos.
Doce semanas después, Milei bajó al 54% y Kicillof subió al 43%. Los demás quedaron en el 3%. Lo llamativo es que Kicillof absorbió, casi punto por punto, todo lo que Milei perdió. La competencia se cerró.
Conviene entender qué mide realmente ese número antes de sacar conclusiones apresuradas. Polymarket es una bolsa de futuros políticos: ahí nadie vota a quien prefiere, sino a quien cree que va a ganar, e invierte dinero real detrás de esa apuesta. Mide expectativa de poder.

Esa expectativa, en las elecciones más ajustadas de los últimos años, funcionó mejor que las encuestas. En Estados Unidos se inclinó por Trump cuando los modelos más serios todavía la daban empatada. En Colombia sostuvo a Abelardo de la Espriella mientras buena parte de las encuestas se inclinaba por Iván Cepeda; la diferencia final fue de apenas 250.000 votos. En Perú sostuvo, con mucha anticipación, a Keiko Fujimori en una carrera que terminó de definirse un mes después de la elección, por 0,27 puntos.
No es un oráculo y puede equivocarse como cualquier otra herramienta. Pero acertó donde las encuestas veían empate, y a veces donde directamente se equivocaron. Sobre la Argentina de hoy dice algo puntual: el mercado dejó de encontrarle a una tercera alternativa una posibilidad real de acceder al poder.
Eso no significa precisamente entusiasmo. En el último estudio de Methodo, Milei y Kicillof registran niveles de rechazo que superan la mitad del electorado: 61% en el caso de Milei, 55% en el de Kicillof. Los dos cargan con mayorías negativas y, aun así, son los únicos a los que hoy el mercado les reconoce viabilidad presidencial.

La política argentina sigue organizada por dos minorías intensas -un núcleo de La Libertad Avanza cercano al 24%, un electorado kirchnerista próximo al 19%- y entre ambos aparece un 57% al que definimos como “electorado en modo avión”.
Los tres números -61, 55 y 57- no miden lo mismo, pero se acercan demasiado como para ser casualidad. El rechazo a Milei, el rechazo a Kicillof y el tamaño de lo que queda afuera de los dos núcleos duros describen la misma escena: una mayoría que no se siente representada por ninguno de los dos, y que tampoco encuentra dónde más mirar.

“Modo avión” no es indiferencia, sino desconexión deliberada. La misma que elige un pasajero antes de despegar. Ese electorado no vive adentro de la conversación política. Aparece cuando algo lo afecta directamente -el sueldo, el trabajo, la seguridad, la familia- y apenas ese algo se acomoda vuelve a apagar el teléfono.
No es necesariamente moderado. Tampoco es apolítico. Puede tolerar a Milei si siente mejora y rumbo, castigarlo si huele abuso, corrupción o cansancio; puede mirar a Kicillof si busca protección, o esperar a alguien nuevo si concluye que ninguno de los dos le resuelve nada. Lo único constante es que no lo va a buscar. Hay que ir a buscarlo a él.
Para transformar ese descontento en candidatura hace falta llegar hasta alguien que no busca política y tampoco quiere que lo encuentren.
Hoy una persona recibe alrededor de 20.000 estímulos por día: el logo de una remera, un cartel en la calle, una notificación en X, el siguiente reel en Instagram. El celular es el principal distribuidor. Los algoritmos registran qué miramos, qué salteamos, dónde nos quedamos quietos, y con eso arman, cada vez de manera más afinada, una versión de lo que ya saben que nos interesa.
Si alguien dejó de prestarle atención a la política, la plataforma empieza a mostrarle menos política. Si no busca dirigentes nuevos, el algoritmo se encarga de que no le aparezcan. Y si algo desconocido no logra colarse en la secuencia que ya armó para esa persona, puede quedar afuera de su campo visual durante años.
Antes, hasta el que no buscaba política terminaba encontrándola en la tapa del diario, en la radio del taxi, en la sobremesa. Hoy cada uno recibe una edición distinta del mundo, armada a su medida, y una candidatura nueva ya no compite solo contra Milei y Kicillof. Compite contra esos 20.000 estímulos diarios y contra un sistema diseñado, sobre todas las cosas, para mostrarnos lo que ya conocemos.
Milei no necesita atravesar esa barrera. Antes de llegar a la Casa Rosada ya era un personaje, un lenguaje, una máquina de atención. Kicillof tampoco necesita que lo descubran: fue ministro de Economía, diputado nacional, hoy gobierna la provincia más poblada del país y ocupa el principal lugar institucional de la oposición. Los dos están, desde hace tiempo, en el campo visual de los argentinos. Los demás, todavía no.
Milei mismo es la prueba de que esa puerta se puede forzar desde afuera. El duopolio de hoy puede compararse con el que sostuvieron el macrismo y el kirchnerismo, apoyados en estructura partidaria y en los medios tradicionales. Milei lo rompió sin esa estructura, hackeando este mismo mecanismo. Se convirtió, él solo, en más ruido digital que los dos aparatos juntos. Es, hasta hoy, el único método conocido para cruzar ese umbral desde afuera. Y nadie muestra el mismo apetito por intentarlo.
Lo que hace Polymarket es detectar esta escena. No dice que la sociedad esté entusiasmada con Milei y Kicillof: dice que son los únicos dos que ya cruzaron el umbral de visibilidad presidencial. Ese umbral es dinámico -11 puntos perdió Milei, 18 ganó Kicillof, en 12 doce semanas- pero se mueve puertas adentro. Por ahora, nadie desde afuera parece tener la llave.
Del malestar al poder hay una brecha. Nadie, todavía, logra cruzarla.






