
El arte de ser Tú
Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Jaled Bentounes es un sheikh sufí, lo que traducido significa que es un maestro de esa escuela de humildad, tolerancia y solidaridad llamada sufismo, a la que no resulta nada fácil definir. En términos generales, el sufismo es el misticismo del islam, pero se puede ser sufí sin ser musulmán, y musulmán sin ser sufí. La palabra proviene de tasawuf , que quiere decir místico. También parece provenir de suf , lana, porque los seguidores de Mahoma, que lo habían dejado todo para vivir junto a él, practicaban la pobreza y se vestían con túnicas de lana blanca. El sufismo nació, pues, junto con el Profeta, del que se dice que impartió enseñanzas exotéricas, aptas para todos, y esotéricas, sólo para iniciados: los sufíes. Las dos grandes ramas en las que se divide el islam, los sunnitas y los chiitas, pueden albergar el sufismo en su seno, aunque las dos desconfíen de su fervor descontrolado.
No existe una ortodoxia ni un centro religioso ni una organización ni una jerarquía sufíes, sino una multitud de prácticas secretas y de ritos de iniciación variables según los maestros o sheikhs , que los enseñan en sus cofradías, difundidas en todos los países musulmanes pero también en Occidente. La enseñanza está basada en danzas y cantos, en el estudio de las cifras, similar al de la Cábala, en la repetición de los nombres de Dios y en las historias. El personaje de esos cuentos es el legendario mullah Nasrudin. Una vez Nasrudin va por una carretera solitaria, se encuentra con unos jinetes, huye y se esconde detrás de una tumba. Los jinetes lo alcanzan y le preguntan sorprendidos por qué se ha escapado. "Es más complicado de lo que ustedes suponen -contesta Nasrudin comprendiendo su error-. Yo estoy detrás de esta tumba por causa de ustedes, y ustedes, por causa mía." El sentido del cuento es muy aplicable al momento actual: no hay mayor peligro que la imaginación negativa.
Aunque Jaled Bentounés tiene su escuela en la ciudad argelina de Mostagenem, pasa su vida entre dos aviones. Cuando el diario Le Monde lo entrevistó el año pasado en Mostagenem, entre aromas de té a la menta y de masitas de almendra, hacía rato que los fundamentalistas argelinos habían decidido aterrorizar a la población degollando a mujeres y niños. "El que vierte una gota de sangre es como si matara a la humanidad entera", dijo Jaled. "¿Y la jihad ?", preguntó el periodista. "Es un término mal traducido. No significa guerra santa sino combate interior."
La palabra "interior" bastaría para dar una idea de esta corriente mística desarrollada en Irán, en Irak o en Turquía, pero también en la península ibérica: Ibn Arabi de Ronda, muerto en 1240, cantó la "noche oscura del alma" antes que San Juan de la Cruz. Ibn Arabi, cuyo universalismo se expresaba así: "Mi corazón se ha vuelto capaz de adoptar todas las formas. Es un convento para los monjes cristianos, un templo para los ídolos, es la Torá y el libro del Sagrado Corán. Yo sigo la religión del amor, sea cual fuere el camino que tome su caravana". Jaled debe de haberlo recordado cuando le dijo al periodista francés: "La tienda de Abraham siempre ha estado abierta para el extranjero".
Para el sufismo hay grados de espiritualidad. El paso previo es respetar la ley del Corán, aunque sólo para llegar a ese microcosmos que es el hombre, vía de acceso al conocimiento del mundo: "El hombre es un espejo; cuando se lo limpia, refleja a Dios". De ahí sus diferencias con el islam político y jurídico, religión de Estado apegada a la letra coránica. De ahí la discreción de que debió dar muestras el sufismo a partir de cierto momento de su historia, para no ser considerado, como en efecto lo ha sido, herético. En todas las religiones, el espacio que separa al místico ebrio de amor divino y considerado santo del místico igualmente embriagado, pero quemado en la hoguera, suele ser mínimo.
Si el exoterismo y el esoterismo eran uno en vida del Profeta, el divorcio se fue consumando hasta que, en 922, tuvo lugar la ejecución de Al Hallaj, acusado de haber dicho "yo soy Dios". En realidad Al Hallaj dijo cosas bastante más sutiles. Por ejemplo: "Tu espíritu se ha mezclado con el mío, como el ámbar al almizcle oloroso. Si Te tocan, me tocan. Tú eres yo, no hay más separación. Me he convertido en Aquel al que amo. ¿Soy yo, eres Tú? De ser así seríamos dos dioses". Tras la muerte del maestro, los sufíes se volvieron prudentes, tratando de no escandalizar con sus declaraciones a quienes no podían entenderlos. "La verdad no es para todos", comprendieron al fin.
Hasta el éxtasis
La otra gran figura del sufismo fue Jalaluddin Rumi, nacido en 1207 en lo que hoy es Afganistán. Dictaba sus versos en estado de trance, cantaba, bailaba, se hacía uno con las cuerdas de su laúd y estuvo en el origen de esos derviches que bailan girando sobre sí mismos hasta alcanzar el éxtasis. Su poesía es un equilibrio entre la experiencia de los sentidos y la del amor divino: del sabor de un fruto terrenal al gusto de Dios. Por eso se lo considera panteísta. Su influencia fue grande en la corte otomana, y las fiestas en su honor se desarrollan en la ciudad turca de Konya, el 17 de diciembre.
Yo me enteré de la existencia del sufismo en los años sesenta, gracias a mi profesor Vicente Fatone. Tenía veinte años y había empapelado mi habitación con poemas de Hafiz, de Al Gazhali, de Sehabi. Años después, en París, conocí al grupo sufí. Su maestro, Idriesh Sha, nacido en Afganistán, vivía en Londres. El sheikh de la cofradía parisiense era argentino, cordobés para más datos. Pero, al menos hasta los años noventa, todo Occidente estaba lleno de cofradías sufíes originadas en la del francés René Guénon. El cordobés me hizo girar como los derviches, al oscuro, al ritmo de una música obsesionante y en una habitación con perfume de nardos. A mí me agarró un mareo, así que no fui más. Sin embargo, conservé intacto mi amor por esos locos extáticos que me recordaban al San Francisco juvenil, el que se arrancó las vestiduras para irse por los montes adorando a Dios en los pajaritos y en los lobos.
Hasta que el otro día leí que Osama ben Laden, sunnita wahhabista, había lanzado la guerra para exportar al Afganistán, sometido a la influencia de los sufíes, su religión puritana y literalista nacida en Arabia en el siglo XVII. Ahí fue cuando lo llamé a Víctor Massuh, que en esas lejanas épocas era profesor adjunto en la cátedra de Fatone. ¿Podía ser que Ben Laden se molestara en armar semejante lío para sacarse del medio a un grupo de místicos danzarines?
"Pero por supuesto que no -me contestó mi antiguo profesor-. Los sunnitas están contra los chiitas, no contra los sufíes. El sufismo es un movimiento poético; los surrealistas lo amaban, ¿quién se tomaría el trabajo de luchar contra él?" Ya que estábamos, aproveché para preguntarle por el wahabbismo. "Es una tendencia islámica purista y principista que implica un retorno a la pureza ética. Algo similar al pietismo de los protestantes, al que pertenecía Kant." Massuh lanzó un suspiro y agregó: "El ataque a las Torres Gemelas asesinó al islam. Otras dos Torres Gemelas fueron alcanzadas por el impacto: Averroes, fuente del racionalismo occidental, e Ibn Khaldun, fundador de la filosofía de la historia".
Cada cual llora a los suyos, que cambian según las edades. A mis años no es improbable que opte por llorar a un filósofo racionalista, dado que van quedando pocos. Sin embargo, por fidelidad a viejas fascinaciones -y así Ben Laden no se las tome con el sufismo de manera directa, sino por el solo hecho de existir con esa cara de pocos amigos que Ibn Arabi y Hafiz sin duda no tuvieron, y Jaled Bentounés tampoco porque vi su sonrisa-, lo que lloro desde el fondo del alma es la belleza de esta historia, la más característica del sufismo, la que proclama, como Rumi, la fusión con Dios. El amante llama a la puerta del Amado. "¿Quién eres?", le pregunta el Amado. "Soy yo." Y la puerta no se abre. El Amado repite la pregunta y el amante sigue contestando "soy yo". La puerta no se abrirá hasta que el amante no responda: "Soy Tú".





