
El arte y la felicidad
Por Rodolfo Rabanal
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Hoy es poco habitual que hablemos del arte en términos de felicidad. Los académicos rara vez toman en cuenta las cuestiones de la dicha en la producción y en la recepción de una pieza de música, de un cuadro o de una obra literaria.
Ocurre como si la vida cultural debiera transcurrir casi al margen de las mejores emociones. Posiblemente, los aspectos oscuros del romanticismo prevalecieron sobre los costados luminosos del fervor poético y esas sombras propiciaron tales sentimientos.
Thomas Mann, que era un escritor demasiado atento y circunspecto frente a las exigencias del arte, siempre lamentó que su Doctor Faustus le hubiese salido "tristemente serio y no artísticamente feliz". Y estaba en lo cierto. Thomas Mann era una persona acaso demasiado grave, del mismo modo que lo fue Lugones entre nosotros, gente, me parece, que le temía a la liviandad por no considerarla seriamente estética.
En esta misma columna, hace unos días, mencioné un libro del príncipe de Lampedusa que me resultó muy grato.
Lo mencioné pero no hablé de él, me refiero a su Stendhal , un breve ensayo donde se revela la razón por la cual las novelas y, en general, los escritos de Stendhal están siempre tan cerca de la dicha que nos infunden un particular entusiasmo. ¿Por qué este milagroso efecto? Recuerdo que, siendo joven, yo leía La Cartuja de Parma y Rojo y Negro sin que las peripecias de la trama, sin que sus respectivas aventuras plagadas de acontecimientos infaustos, me sumieran en un espíritu de tristeza o de consternación, sino precisamente todo lo contrario.
Lampedusa, gran conocedor de Stendhal, opina que, en que tanto las batallas atrozmente confusas de Tolstoi "son los geniales recuerdos de un auténtico combatiente", la batalla de Waterloo contada por Stendhal en La Cartuja de Parma "es tal como la percibe el joven Frabrizio, al que la dichosa y superficial naturaleza le prohíbe comprender las cosas graves".
Uno de los grandes secretos del "arte feliz" -uno de los grandes secretos del arte narrativo de Stendhal y del propio Giuseppe Tomasi de Lampedusa- es acumular frescas palabras ligeras para narrar argumentos de indudable violencia.
Pero naturalmente hay algo más. Stendhal creía en la existencia de la felicidad y trataba de entenderla y encarnarla por todos los medios. El, como diría Primo Levi cien años más tarde, podía asegurar que si no existe la felicidad total, tampoco existe la desdicha absoluta: en algún momento también nos distraemos del dolor.
Y Lampedusa, que nos dejó este libro estupendo junto a otros igualmente maravillosos, comenta que el trabajo de Stendahl fue verdaderamente grande, porque debió ver el mundo desde la piel de sus personajes, así "a través de un alma que no posee el sentido de lo trágico -como la de Fabrizio-, todo aparece como una comedia".
Y esa ligereza impalpable nos permite sentir y respirar el bien que pueden proporcionarnos las letras.





