
El ascenso y el descenso
Pocas veces en la historia del país, la disconformidad de una mayoría con el gobierno de turno coincidió con una convicción tan generalizada de que el orden constitucional no debe verse quebrantado. Se trata de una lección aprendida. Tal vez la única que todo el arco opositor comparte con una administración cuyo desempeño es perjudicial para la Nación.
Hace poco menos de una década, la indignación de una comunidad que se sintió estafada por su dirigencia exigió a sus representantes que abandonaran la función pública. Hoy ya no es así. Es indiscutible que la calidad de esa dirigencia, considerada como un todo, aún deja mucho que desear. Pero la gente ya no le pide que desaparezca sino que se renueve y aprenda a desempeñarse como es debido. Ya nadie quiere nada fuera del orden constitucional vigente. Ya nadie cree que sin partidos políticos sea posible construir una democracia. Y si, con ellos, tal como son y proceden todavía, avanzar resulta difícil, sin ellos se hace imposible. La mayoría parece haber comprendido que la mejor manera de defender sus intereses cívicos y hacer oír sus reivindicaciones sectoriales -la única, en verdad- es fortaleciendo el sistema en que vivimos. Es así como en la Argentina encontramos dos culturas divergentes y antitéticas. Una que se ha aleccionado en sus fracasos; que ha hecho suyas las enseñanzas aportadas por la conciencia autocrítica. Esa cultura se expresa en la convicción de quienes creen que debe mejorarse la calidad de la acción parlamentaria, promover un centro políticamente abierto, tanto a la derecha como a la izquierda, desalentar el esquematismo ideológico, concebir el disenso como condición de posibilidad de acuerdos perdurables en los órdenes fundamentales. La otra cultura la encarnan quienes quieren frenar la búsqueda de mayor fortaleza democrática. Sus promotores luchan por imponer liderazgos excluyentes, vulnerar las instituciones con su instrumentación autoritaria, utilizar la pobreza para asegurarse un electorado cautivo.
Aun con todos sus vaivenes, la primera es una cultura en ascenso (la expresión pertenece a Alan Clutterbuck). La segunda, ateniéndonos siempre a la predilección popular, es una cultura en repliegue, descendente. Y está en repliegue por el creciente desapego de la ciudadanía a la intolerancia, al menoscabo de la libertad de expresión, a la crispación discursiva engolfada en consignas estentóreas y vacías de pensamiento; por la desesperación que genera la falta de trabajo. Autocrática y conservadora, aunque enmascarada en los enunciados de un presunto progresismo, la cultura descendente instrumenta la ley para hacer prosperar sus negociados.
La cultura en ascenso, en cambio, va aprendiendo a prescindir de los maniqueísmos. Se hartó de la vocinglería mistificadora que impugna la complejidad de los hechos y destruye la producción. Del envilecimiento del Estado, del partido único, de la hipocresía, de la concentración del poder en manos de un iluminado.
La cultura ascendente está abierta al mundo. A la innovación que es aliada del porvenir y no al pasado que es cómplice de la repetición. La cultura en ascenso sabe que puede haber un país alternativo al que extrae sus beneficios de la siembra de hostilidad. Y lo quiere ver crecer. De su parte está el cansancio aportado por tantos desatinos y frustraciones. Un capital que la cultura en descenso, ciega a su propia mediocridad, se empecina en desconocer.







