
El azar, lo inverosímil y un loro adicto a la electricidad
Imaginé una taza de auto que rebana una cabez, un accidente idiota e imprevisible, y en cómo utilizarían esa escena ciertos escritores
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Ayer a las once de la mañana estaba parado en el cruce de la avenida 9 de Julio con Bartolomé Mitre, esperando a que el semáforo cambiara, viendo los autos pasar a toda velocidad a centímetros de mi nariz. De repente, de la nada, sentí un fuerte golpe en la pierna, como si alguien me hubiera pegado con un martillo, y enseguida un dolor vibrante y agudo. No sé qué vi primero, si la taza del Mercedes Benz que se había desprendido de la rueda y había ido como un disco loco a impactar contra mi pierna derecha, o la suciedad y los dos cortes sangrantes que el golpe había dejado a la altura de la rodilla. Pensé, sin sorpresa, que el conductor no iba a detenerse, y no lo hizo. Pensé en que si a mi lado hubiera habido un chico la taza lo podría haber golpeado en la cara o en el cuello, pensé en mis dos hijas que todavía no caminan y en los automóviles como eficientes máquinas de matar. Pero la verdad es que miento. Porque confieso, con cierta vergüenza, que lo primero en lo que pensé, mientras dos mujeres y un amable señor me preguntaban si estaba bien, y yo veía la sangre bajar por la pierna, fue en lo absurdo de la situación, y en cómo quedaría convertida en ficción. ¿Sería verosímil? Enseguida me imaginé una taza de auto que rebana una cabeza o un brazo, un accidente idiota e imprevisible que destruye una vida y una familia, y en cómo utilizarían esa escena ciertos escritores para comenzar un relato o una novela. Así piensa una mente enferma de literatura. Lo digo sin ningún orgullo.
Bizzio es un caso raro entre los escritores argentinos
Cuando más tarde se lo conté a algunos amigos me recordaron que con una anécdota parecida comienza la novela ¡Minga!, de Jorge Di Paola, en el que un personaje es decapitado en la playa por una teja voladora. Pero cosas así pasan también en las novelas de Ian McEwan o de Martin Amis todo el tiempo: el momento en que el azar o lo imprevisto rasgan el velo de lo cotidiano y transforman a la realidad en una verdadera pesadilla. Pasan cosas así también en la literatura argentina, por ejemplo en las novelas de Sergio Bizzio (Ramallo, Buenos Aires, 1956). Hace poco, en una entrevista pública, un lector le señaló que muchos de sus libros comienzan con escenas de una violencia física o simbólica inusitada. Y le recordó el principio de Realidad, donde un comando islámico entra a tiros a los estudios de televisión donde se desarrolla el último avatar del reality Gran Hermano. O el inicio de Era el cielo, cuando el protagonista llega a su casa y antes de entrar ve por una de las ventanas que dos ladrones están violando a su mujer. ¿Qué hacer frente a una situación así? El personaje tiene miedo de que su intervención empeore las cosas, y también teme por su propia vida, así que espera, y decide no hacer nada.
La última novela de Bizzio, Borgestein, también comienza de forma violenta e inesperada: un psiquiatra es atacado por un paciente con un cuchillo en plena calle, y eso lo decide a mudarse a una casa en la montaña. A partir de entonces, su mayor obsesión será reducir el ruido de la cascada que hay cerca de aquella casa, que tapa todo con su estruendo y no lo deja disfrutar en paz de su retiro. Al promediar la historia, como pasa con la gran escena de los tiburones dentro de una piscina en Era el cielo, lo inverosímil vuelve a surgir, instalando en la mente del lector a un personaje inolvidable: a la casa de la cascada llega un loro que será llamado desde entonces Gualicho, y que luego de un pequeño accidente doméstico (mete los dedos en el enchufe) se volverá adicto a la electricidad. Si hubiera querido (y Bizzio confesó haberse tentado con la idea) podría haber escrito una novela entera acerca de la relación de Gualicho y su nuevo dueño.
Que no suela figurar en las listas de más vendidos, o que para algunos lectores su nombre todavía sea poco conocido, no modifica el peso que su obra va cobrando con el correr de los años
Después de Borgestein y hace muy poco, Bizzio publicó el libro de relatos En el bosque del sonambulismo sexual, donde lleva lo inverosímil al límite del nonsense, en un abierto homenaje al surrealismo y a la escritura automática. Los relatos comienzan y terminan en cualquier momento, hay diálogos que nunca se completan y los personajes pueden cambiar de sexo en mitad de la trama. Es un libro extremo, y a diferencia de sus últimas novelas (las mencionadas pero también Rabia, Aiwa o El escritor comido) no para cualquiera, lo que convierte a su lectura en un verdadero desafío.
Bizzio es un caso raro entre los escritores argentinos: cuando no escribe se dedica a filmar películas (la última se llamó Bomba) y algunos de sus guiones fueron llevados a la pantalla grande por otros directores, entre ellos su mujer Lucía Puenzo. Cada tanto pinta. O toca la guitarra (hasta hace poco era parte de la banda Súper Siempre, que integraba junto a su editor Francisco Garamona, el pintor Alfredo Prior y el músico Alan Courtis). Pero, sobre todo, Bizzio es el autor de una de las mejores novelas de la literatura argentina contemporánea, y también de uno de los mejores libros de cuentos. Que no suela figurar en las listas de más vendidos, o que para algunos lectores su nombre todavía sea poco conocido, no modifica el peso que su obra va cobrando con el correr de los años.





