
El capitalismo puritano
En Las condiciones culturales del desarrollo económico (Ariel-Planeta), Mariano Grondona expone las conclusiones de su extensa actividad académica en Buenos Aires y en Harvard. Describe las causas profundas del estancamiento económico, que define como el camino paradójico del des-desarrollo .
1 minuto de lectura'
ME han habitado tres pasiones: la familia, el trabajo y el desarrollo. El desarrollo irrumpió en mi vida como una preocupación central, casi obsesiva, a medida que la Argentina lo perdía. De chico, se me decía que la Argentina era un país rico y privilegiado. Efectivamente, aún lo era. Todavía en la segunda mitad de los años cincuenta, cuando nos casamos con Elena y nos fuimos a vivir y a estudiar por dos años a España, el nivel de vida argentino era claramente superior al español. Pero la Argentina ya estaba perdiendo posiciones en el concierto de las naciones. Había dejado de ser una democracia en 1930, dos años antes de que yo naciera. De 1945 en adelante, había empezado a rendirse ante la inflación y el estancamiento económico.
Cuando volvimos de España en 1958, el subdesarrollo de la Argentina se había convertido en un problema notorio; tanto así que había pasado a ser el tema político dominante. Acababa de nacer el "desarrollismo". Mi generación, de una manera o de la otra, lo siguió.
Mi preocupación por el desarrollo se fue acentuando a medida que la Argentina no encontraba una salida a su inestabilidad política y económica. ¿Por qué Europa se nos distanciaba cada vez más? ¿Por qué los asiáticos, por quienes de chicos hacíamos colectas en el colegio, nos estaban superando? Hacia la década del cincuenta, América latina parecía la región más avanzada del Tercer Mundo, a punto de ingresar en el Primer Mundo. Según transcurrían los años, el anunciado ingreso se demoraba, en tanto otras zonas, como el sur de Europa y el este de Asia, avanzaban vertiginosamente.
La preocupación por el desarrollo me sigue acompañando. Es verdad que en los años ochenta los argentinos recuperamos la democracia y que en los noventa volvieron la estabilidad monetaria y el crecimiento económico, pero aún nos falta mucho para ser, otra vez, una nación desarrollada. Aun si la Argentina siguiera creciendo al intenso ritmo de los noventa, llegaría a recuperar la posición de producto por habitante que tenía en el mundo en 1928 -dos años antes de que la catástrofe se abatiera sobre ella- en el año 2023. Casi un siglo más tarde.
He sido bendecido con tres amores. El amor a mi mujer y a mi familia. El amor a mi trabajo. El amor a la Argentina y, a través de ella, a América latina. Pero el tercer amor adoptó una forma dominante: la preocupación por el desarrollo que los argentinos tuvimos, perdimos y queremos recuperar.
Si bien mi preocupación por el desarrollo ha sido constante, fui explorando sucesivas estrategias de desarrollo a medida que aprendía las lecciones de la experiencia.
Primero fui, como decía, "desarrollista". La consigna del desarrollismo era "buscad primero el desarrollo económico y lo demás vendrá por añadidura". Ese fue mi artículo de fe, y el de muchos otros argentinos, durante los años sesenta.
Lo primero debía ser el desarrollo económico. Cuando lo hubiere, la democracia, la justicia social, la educación, todo lo demás, vendrían por añadidura. Mientras no lo hubiera, las conquistas políticas, culturales y sociales sin base económica serían sólo una dulce fantasía. Fiel a la fe desarrollista, en 1966 apoyé la incipiente dictadura cuya meta era atravesar primero "el tiempo económico", después "el tiempo social" y finalmente "el tiempo político" de la democracia.
El fracaso de Onganía, sin embargo, obligaba a pensar. En 1969 -el año del Cordobazo- el politicólogo norteamericano Robert Dahl dictó un seminario en Buenos Aires cuya enseñanza era exactamente inversa a mi creencia. Según Dahl, países líderes como los Estados Unidos y Gran Bretaña no empezaron por el desarrollo económico, sino por el desarrollo político. Comenzaron por tener instituciones firmes, de orientación liberal y, finalmente, democrática. En el marco de la seguridad jurídica que ellas ofrecían, la confianza de los inversores impulsó el desarrollo económico.
¿No fue similar, después de todo, la historia del progreso argentino de 1853 a 1930? En 1853, cuando se dio su primera Constitución moderna, la Argentina era un desierto. Sólo después, ya en posesión de instituciones confiables, empezó a crecer económicamente a un ritmo alucinante. Pero a partir de 1930, cuando sustituyó la Constitución por la asonadas militares, entró en la espiral del retroceso político y económico.
La tesis de Dahl me conmovió. El desarrollismo, sin embargo, tenía a su favor la experiencia reciente de las naciones. Aquellos países que han cruzado la frontera entre el subdesarrollo y el desarrollo económico, o que se han encaminado resueltamente hacia ella entre los años sesenta y noventa, lo han logrado sin excepciones a partir de una autocracia, de un "despotismo ilustrado" desarrollista. Naciones en rápido crecimiento económico como Corea, Taiwán, España, Chile, China, respondieron a la prioridad desarrollista.
Hasta los años noventa, no había ningún ejemplo reciente de que el arduo camino hacia el desarrollo económico se hubiese iniciado en democracia. La más vieja y estable de las democracias del Tercer Mundo, la India, parecía corroborar con su largo estancamiento y su empecinada pobreza, la tesis desarrollista.
Las cosas empezaron a cambiar hacia los años noventa. Primero en Bolivia, después en la Argentina, lograron instalar desde la democracia el duro ajuste que precede a los procesos de desarrollo económico.
¿Era posible oponer al desarrollismo, entonces, la prioridad democrática, no ya como una fantasía, sino como un camino viable de progreso económico? En tanto el desarrollismo supone que sólo un "hombre fuerte" es capaz de actuar a contrapelo de las mayorías populares para poner las bases del desarrollo económico, el éxito económico de algunas democracias empezó a mostrar que, si se les da suficiente tiempo a los pronunciamientos populares, el estrepitoso fracaso del estatismo paternalista que lo atrae en un principio termina por enseñarle al pueblo que no encontrará en él la ansiada fórmula del progreso.
Esto es lo que demostraron los años noventa: que la democracia contiene en su seno la posibilidad del aprendizaje económico de las mayorías. En la Argentina, el aprendizaje se concretó gracias a la hiperinflación de 1989-1990. A partir de él, democracia y desarrollo económico ya no fueron incompatibles entre nosotros. Cuando ganaron las elecciones de 1991, 1993 y 1995, Menem-Cavallo probaron que los votantes argentinos habían comprendido.
Pero ¿cuál debería ser la sustancia del aprendizaje democrático? ¿Qué debería cambiar en las mayorías populares de los países subdesarrollados para que, al igual que en los países desarrollados, empezaran a apoyar las recetas necesarias aunque desagradables de la racionalidad económica?
En una primera etapa, supuse que tendría que producirse una revolución en el campo de las ideas. Fue por entonces, en la primera parte de los años ochenta, cuando volví a estudiar con más atención que nunca la doctrina liberal.
He sido profesor de teoría política desde 1960. Enseñé por décadas la historia de las ideas políticas. Pero esta vez me concentré con renovada pasión en los grandes pensadores liberales, suponiendo que en ellos latían los principios del desarrollo económico. Volví a pensadores clásicos. Trabajé sus libros. Estudié a los grandes pensadores liberales de nuestra época. Dicté una serie de cursos sobre todos ellos. Finalmente publiqué Los pensadores de la libertad , el libro donde sintetizaba el pensamiento de todos ellos.
En esa etapa supuse que el desarrollo económico tenía un trasfondo ideológico. Contra la centroizquierda que pregonaba la justicia y promovía el Estado benefactor, me incliné por la centroderecha, que, dándole primacía a la libertad, optaba por el dinamismo del mercado.
Sorpresa en Belmont
Mi búsqueda, sin embargo, no había terminado. El paso por la Universidad de Harvard me abriría un nuevo horizonte.
Si bien ya había tenido contactos con Harvard, en 1985 fui invitado a participar por un semestre de su vida académica. Fui nombrado académico visitante ( vissiting scholar ). Sin obligarme a dictar sino breves seminarios, esta invitación me permitió recorrer a mis anchas la universidad. Asistí a clases y conversé con profesores. Pero recibí además un impacto que afectaría decisivamente mi orientación frente al problema del desarrollo.
El impacto tuvo lugar en un barrio residencial de Boston cuyo nombre es Belmont.Como otros pueblos de Nueva Inglaterra, Belmont celebra asambleas, una costumbre iniciada en los tiempos de la colonia. Se las llama town meetings : reuniones del pueblo.
Es una forma de democracia directa. Periódicamente, se convoca a las town meetings (en las islas Malvinas, dicho sea de paso, los isleños también las tienen y debí hablar en una de ellas durante mi visita en octubre de 1998) para que los ciudadanos, que en esas reuniones tiene voz y voto como si estuvieran en la ecclesia o asamblea popular ateniense, discutan y resuelvan problemas locales.
Una noche, Jorge Domínguez nos invitó a Elena y a mí a una town meeting en Belmont. El orden del día incluía un tema social. El Estado de Massachusetts había donado una importante suma de dinero destinada a la construcción de viviendas para los ancianos sin recursos de Belmont, que no llegaban a cuarenta. Lo único que tenían que escoger los vecinos de Belmont era el terreno baldío o la plaza que cederían para la construcción de las viviendas.
Con mi cultura argentina y latina a cuestas supuse dos cosas. Primero, que el asunto ya estaba "cocinado"; que la asignación del lote municipal sería sólo una cuestión de rutina. Segundo, que la comunidad de Belmont sería naturalmente sensible a la penuria social de sus ancianos. Esto era ideológicamente previsible, además, porque el ambiente de Massachusetts, de su capital Boston y de la Universidad de Harvard es de centroizquierda: lo que ellos llaman liberal , con acento en la "i", y nosotros llamaríamos progresista.
Mi sorpresa fue mayúscula, empero, cuando, a medida que el debate nocturno entre los ciudadanos de Belmont avanzaba, empezó a cobrar fuerza un argumento contrario a la propuesta del Estado de Massachusetts: que los ancianos sin recursos no debían su indigencia a alguna injusticia de la que habrían sido víctimas, sino a su propia imprevisión, a su desidia o incapacidad para aprovechar esa tierra de las oportunidades que es América. ¿Por qué habrían de ayudarlos ahora los ciudadanos de Belmont, que trabajaban arduamente y pagaban sus impuestos, tolerando que las casas que ellos habían adquirido con tanto esfuerzo se depreciaran por quedar cerca del proyectado "asilo de ancianos"?.
Uno tras otro, los vecinos del lugar donde se proponía establecer el "asilo" rechazaban la consiguiente depreciación de sus viviendas. Lo notable era que los otros vecinos, los que no quedaban cerca del emplazamiento, simpatizaban con ellos.
Ceder el terreno cuando ninguna ley los obligaba a hacerlo, sugerían uno tras otro los oradores del town meeting , sería una lección contraproducente para las nuevas generaciones. Si se le decía que no a la generosa oferta del Estado de Massachusetts, en cambio, los jóvenes sabrían desde el vamos que, si no preparaban su propia vejez, nadie se sentiría obligado a hacerlo por ellos.
Al fin, ésta fue la tesis que prevaleció. Belmont rechazó la oferta de Massachusetts. Los jóvenes se quedaron con su lección. Los ancianos, sin sus viviendas.
Mi confusión ideológica era total. Aun sintiéndome por entonces de centroderecha, lo que podría llamarse un liberal-conservador (un liberal a la argentina, con acento en la "a"), yo era sensible al padecimiento de los ancianos. Cualquier argentino, sea cual fuere su inclinación ideológica, también lo habría sido. Pero he aquí que Belmont, donde prevalecía la centroizquierda, escogió darles la espalda a sus ancianos en desgracia.
A partir de aquí, ya no me sirvieron las distinciones ideológicas. Entonces advertí que en Boston tanto la centroizquierda como la centroderecha tenían una mentalidad severa, favorable al desarrollo económico. Y reflexioné que entre nosotros ocurría exactamente lo contrario. Que, fuera liberal o progresista, todo argentino albergaba una mentalidad complaciente y permisiva, reñida con la rigurosa disciplina del desarrollo económico.
Pero ¿qué alimentaba la estricta mentalidad de los bostonianos? En el campo de las ideas, un liberal-conservador argentino se aproxima a un liberal-conservador ( conservative ) norteamericano; lo mismo le pasa a un progresista argentino respecto de un progresista ( liberal ) norteamericano. ¿Cómo explicar entonces que, en tanto los norteamericanos de izquierda y de derecha aceptaban la lógica inexorable del desarrollo económico, esa lógica les parecía inhumana tanto a los argentinos de derecha como a los de izquierda?
Había que bucear más abajo, en busca de la diferencia. Creí encontrarla en un contenido mental más profundo que el de las ideas: el de los valores. Los norteamericanos de Boston, cualesquiera fueran sus ideas o su práctica religiosa, comulgaban con una tradición cultural puritana que favorecía una ética del ahorro y el trabajo. Los argentinos, todos los argentinos de cualquier inclinación religiosa, con una tradición cultural católica que privilegiaba el ocio y la limosna.





