
El castellano y la castellana
Por Pablo Mendelevich Para LA NACION
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Bien temprano, casi durante el desayuno de la Historia, se descubrió que el hombre es el único animal racional que existe. Pero quien hoy evoque esa certeza correrá el riesgo de ser amonestado con el cargo de ser un provocador testicular, un retrógrado, en fin, un vulgar machista: debería aclarar que el hombre y la mujer forman la especie de los únicos animales racionales.
No trajo el siglo XXI, entiéndase bien, un súbito derramamiento de racionalidad de los unos sobre las otras. El reparto más o menos parejo de seso entre sexos es todavía más viejo que la solución cavernícola del déficit inmobiliario (si es que desde el arranque no hubo alguna leve ventaja de racionalidad -ya que no de masa encefálica- a favor del sexo más curvilíneo).
La novedad no es biológica, sino, podría decirse, notarial, y viene con sesgo revanchista. Se ha descubierto, hace poco, que el castellano ha sido sexista más o menos desde la época de los cantares de gesta (huelga aclarar, con favor masculino). Y para reparar tan añeja iniquidad, una fogosa militancia semántica, aún más pertinaz y obtusa que la de los luchadores antitabaco dados a emular al senador Joseph Mc Carthy, exige hablar de "ellos y ellas" cada vez que se pretende introducir un sujeto genérico en la oración. "Los y las deportistas ", engolan, por ejemplo, mientras Cervantes se golpea la cabeza en la tumba. "Los y las miembros de esta asociación ".
No hablan, hacen inventario de género (algunos dirán que, para colmo, incompleto). En síntesis, mentalidad PC, lo cual ya no alude a una sacrificada tertulia sobre el cine soviético en un subsuelo de la avenida Corrientes. Ahora significa "políticamente correcto".
Nada tan políticamente correcto como el Senado de la Nación. Obsérvese que cada vez que uno de sus miembros necesita referirse a los demás, gasta siete palabras. Con vista al horizonte, espeta: "Los señores senadores y las señoras senadoras ". No es un opcional que viene con la banca junto con la llave del voto electrónico. Esa forma de hablar, la de pasar lista de los géneros cada diez minutos, se ha vuelto allí obligatoria, la estipula el artículo 228 del nuevo reglamento de la Cámara, lo que explica que el Diario de Sesiones traiga más páginas.
La palabra todos no es precisamente discriminatoria. Lo dice el diccionario, todos quiere decir todos, pero además lo refrendan Perogrullo y el sentido común. Sin embargo, lo políticamente correcto es dirigirse "a todos y a todas" (si hubiera niños, ¿habrá que agregar "toditos y toditas"?).
Pero aclarar algo que para la mayoría de los mortales estaba claro supone crear un equívoco. Es una imposición binaria. Quienes insisten en hablar como siempre, con sujeto genérico (inevitablemente masculino), corren el riesgo de quedar bajo sospecha de ser machistas irreductibles, personas que se oponen a que las mujeres ganen igual salario que los hombres, a que ellas vayan a la cancha, conduzcan cosechadoras o presidan una fábrica de bujías. Hasta podrá inferirse que si un ingeniero dice que calculó las horas hombre que demanda la construcción de un puente es evidente que el tipo es de los que no quieren que las mujeres voten.
En este tren, ya no deberá decirse que el perro es el mejor amigo del hombre. El perro y la perra, son, en verdad, sus mejores amigos, pero no del hombre sólo, sino también de la mujer. La frase quedaría, pues, de este modo: el perro y la perra son los mejores amigos del hombre y de la mujer. Pero al coexistir cuatro seres en el vínculo, repartidos, por especies, en dos grupos, deberá aclararse que la correspondencia es aleatoria. Quedaría entonces: el perro y la perra son los mejores amigos del hombre y de la mujer, aunque no necesariamente mediante alineación por género. Se gasta más tinta pero nadie se siente excluido del círculo social bípedo-cuadrúpedo. Eso sí, se sobreentiende que si hubiera otro accidente morfológico, por ejemplo de número, la amistad permanecería incólume.
Y así sucesivamente. Otro tanto ocurriría con la expresión "hombres de a caballo", que merecerá incluir, entre sus cuatro variantes, "mujeres de a yegua". La abolición del sujeto genérico ya no nos permitirá decir que en 1969 el hombre llegó a la Luna. Deberán corregirse las enciclopedias. En 1969 sólo el hombre llegó a la Luna. La mujer aún no fue.
Si se continúa el razonamiento de vengar de una vez tantos siglos de castellano sexista habrá que profundizar la revolución semántica y crear siete notas musicales femeninas, inyectarle progesterona a la palabra verano para que haya empate sexual -dos a dos- en las cuatro estaciones y corregir esos miles de bronces que en parques y cementerios honran a los mártires; culpa de malditos varones que evaluaron que ellas, las mártires, no merecían que se gaste el cincel.
La vida cotidiana está repleta de asimetrías idiomáticas, pero no deja de ser curioso que para mitigarlas se quieran forzar oraciones hasta transformarlas en panfletos, o cuando menos en estructuras gramaticales tensas desde el punto de vista léxico y sintáctico, en lugar de repudiarse que una mujer a cargo de las azafatas en la cabina de un avión se llame a sí misma, por reglamento, "la comisario de a bordo", sin respeto ni por su femineidad ni por la concordancia, cuando en realidad es a todas luces una comisaria, con a. ¿No sería más eficaz para paliar la herencia sexista que movileros, locutores, abogados y taxistas aprendan a llamar jueza, y no la juez, a María Servini de Cubría? ¿No habría que nombrar siempre a las señoras Nilda Garré y Felisa Miceli sin tergiversar lo que enhorabuena son, ministras, en lugar de extenderles a préstamo el rótulo de ministros que con acierto portan sus velludos compañeros de gabinete, los de nuez de Adán, zapatos 44 y ocasionales frases de compadrito?
Suficiente tributo le hizo ya la burocracia oficial a la corrección política con el nombre del Plan Jefes y Jefas de Hogar. O con aquella perlita subrayada por Lucila Castro, el Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, una muestra condensada de cómo la reivindicación ligera puede estrellarse contra la complejidad del castellano: se desdobló allí heroicamente el sustantivo genérico niños, una epopeya en la lucha por la igualdad de los sexos, pero nadie advirtió, quizás, que el plural de adolescente perseveraba, indomable, como masculino.
Hay cosas todavía peores. Algunos usuarios del idioma, al que por lo visto le tienen poco afecto, proponen colocar una arroba en lugar de la última vocal de los sustantivos para integrar en un combo el masculino y el femenino. No necesitaron pasar del Día del Niñ@ -tal el artificio- para ventilar su incongruencia, ya que pretendían decir que ese también era el día del niña.
Estamos a tiempo de que los y las (sic) hablantes indignados e indignadas (sic) con el castellano sexista que nos dejó España exploren caminos prácticos menos torpes que los esbozados en estos primeros arrebatos, por qué no exigiendo que se aplique el femenino a los nombres de los oficios y profesiones antes sólo ejercidos por varones, para que no terminemos como la hija del Che Guevara, a quien en Cuba llaman la doctor Aleida Guevara. Por cierto, ella es médico.
La concordancia, la economía expresiva, no merecen canjearse por un cupo femenino de la lengua ni por ninguna otra cosa. Ojalá no tengamos que recordar que el hombre y la mujer son el único animal (sic) que tropieza dos veces con la misma piedra.





