
El cine y la "cuota de pantalla"
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La reglamentación que impone a los exhibidores cinematográficos la obligación de programar una proporción determinada de películas de origen nacional o de mantenerlas en pantalla cuando hayan reunido un cupo mínimo semanal de espectadores -dictada por el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa)- reactualiza un viejo debate: ¿qué sistema de fomento o apoyo a la industria fílmica local es el más eficiente y el que mejor contempla los intereses generales?
El establecimiento del llamado sistema de "cuota de pantalla" implica el retorno a un régimen de proteccionismo industrial que fue adoptado en los ya lejanos tiempos del primer gobierno peronista y que, en rigor, nunca dio los frutos esperados. Por eso, en los años posteriores a 1955 se buscaron otras metodologías para promover el cine nacional.
La necesidad de un sistema de fomento a la industria cinematográfica nacional surge de una realidad histórica y económica que sería irracional desconocer. La Argentina es uno de los pocos países que han contado y cuentan con una cinematografía propia, de vigorosa tradición cultural y de base industrial relativamente sólida. En otro tiempo lideró de manera indiscutible el mercado del film iberoamericano.
Ahora bien, el predominio apabullante del cine norteamericano crea, actualmente, en los hechos, una desproporción abrumadora, al punto de que todas las restantes industrias fílmicas del mundo -no sólo la nuestra- se han visto obligadas a establecer algún sistema de sostenimiento o protección industrial. Lo que hay que discutir es qué sistema de fomento resulta el más aconsejable, dada la naturaleza de los intereses económicos y culturales que están en juego. La experiencia indica que el mejor régimen es aquel que no busca crear una antinomia u oposición entre el cine nacional y el cine extranjero -como lo hace el método de la "cuota de pantalla"-, sino aquel que, por el contrario, trata de asociar a nuestra cinematografía con la de los grandes países productores. Por eso, cuando se creó, en 1957, el Instituto Nacional de Cinematografía -el actual Incaa- no se recurrió al establecimiento de cupos obligatorios de exhibición, sino que se optó por crear un fondo económico de fomento a la industria fílmica local con recursos provenientes de un impuesto general a la venta de localidades, gravamen que no hacía distinciones entre las películas argentinas y las extranjeras.
Al optar por ese sistema se tuvo en cuenta, especialmente, que en materia de cine -a diferencia de lo que ocurre con otras industrias- no es aceptable un proteccionismo que limite o reduzca el ingreso de productos extranjeros, dado que el film es un vehículo de cultura y nadie puede desear que los argentinos seamos llevados a una situación de aislamiento o marginación respecto de los procesos mundiales de intercambio cultural.
El apoyo al cine nacional debe darse a través de una eficaz administración de los fondos destinados al financiamiento de películas y, en general, a la promoción del film argentino, libre de los injustificables obstáculos que en distintas épocas trabaron el acceso del Incaa al manejo de los recursos financieros que le asigna la ley. Los éxitos -de público y de reconocimiento artístico- que obtuvo en estos últimos años la cinematografía argentina demuestran con mucha claridad que, con una conducción equilibrada de la política crediticia del Estado en beneficio del film local, es posible conciliar la buena calidad con la satisfacción de los gustos masivos. No se trata de que nuestro cine se enfrente con el de las otras latitudes, sino de que ambos marchen juntos hacia su consolidación industrial y su dignificación artística.




