
El combate entre las apariencias y la realidad
Maquiavelo escribió que los hombres se guían por las apariencias, no por la realidad. Frente a su audiencia, el político tiene por ello dos opciones. Si es un estadista, tratará de mostrarle la realidad aunque ella se apegue a las apariencias. En tal caso, el estadista sufrirá un alto costo político hasta que su audiencia termine por darle la razón. Sólo en ese momento el estadista se convertirá en un líder capaz de conducir a su pueblo hacia nuevas alturas. Con esfuerzo, con dilaciones, lo habrá educado. A la manera de Sarmiento el estadista es, en definitiva, un educador .
Durante años, Winston Churchill les advirtió a los ingleses que Hitler era un peligro. Durante años, los ingleses, apegados a la ilusión de la paz, no le creyeron. Pero en los albores de la Segunda Guerra Mundial, cuando el nazismo se había despojado de su último antifaz, le dieron finalmente la razón. Desde ese momento, cuando ya no podía ofrecerles más que "sangre, sudor y lágrimas", Churchill condujo a los ingleses hasta la victoria.
Los estadistas como Sarmiento y como Churchill, sin embargo, son excepcionales. A la inversa que ellos, los políticos del montón sólo aspiran a manejarse con astucia en el mundo de las apariencias para despertar la ovación de la tribuna. Maquiavelo, que era un descarnado realista, no se hacía ilusiones sobre la envergadura moral de los príncipes y los políticos que trataban con el pueblo. Por eso suponía que casi todos ellos estarían dispuestos a disfrazar la realidad. Antes y después de Maquiavelo el arte de la política se ha acercado peligrosamente, por eso, al arte de la simulación.
Cuestión de distancia
En las plazas políticas pequeñas, ya fueran el ágora ateniense, el foro romano o los reducidos ambientes de repúblicas italianas del Renacimiento como Florencia, la ciudad de Maquiavelo, el arte de la simulación tenía que ejercitarse cara a cara, frente a una realidad inmediatamente perceptible. Cuando un príncipe decidía engañar a sus interlocutores como lo hizo César Borgia, a quien Maquiavelo presentó como un eximio cultor del arte de la simulación, su tarea no era fácil porque los engañados eran, en el fondo, sus propios pares. Aun así, aun cuando el príncipe debía actuar como una persona frente a otras personas, el disimulo ya formaba parte del arte político. No olvidemos que la palabra persona significó en su origen "máscara": la máscara que se ponían los actores.
Otra es la situación actual. Entre el político que busca engañar y las masas a quienes se dirige, hoy existe un abismo de información. Los ciudadanos, esta vez, ya no están en la presencia directa de los políticos porque entre unos y otros media una inmensa distancia, porque lo que ve el pueblo ya no es a una "persona" en carne viva, sino una trama compleja de mensajes desplegados en los medios masivos de comunicación con la ayuda de los encuestadores. De ahí que entre los receptores del mensaje político impere, hoy, una aguda sensación de desconfianza.
La economía, ¿marcha en realidad como dice el Gobierno? ¿O se acercan más a la verdad los mensajes de la oposición? En medio del choque de los argumentos en conflicto, los ciudadanos no saben, en principio, a qué atenerse. Por eso, para que el pueblo recupere la perdida confianza, se han inventado los indicadores . Cuando un político envía entonces sus mensajes, necesita apoyarlos en indicadores económicos o sociales avalados por instituciones cuya imparcialidad le sirva de paraguas.
El Instituto Nacional de Estadística y Censos, el Indec, ha sido una de estas instituciones. A él han acudido una y otra vez los políticos de todos los bandos para fundar sus afirmaciones. Si el Indec decía que el producto bruto crecía un 9 por ciento anual, los argentinos le creían. Si medía la pobreza, el desempleo o la inflación, sus cifras no eran rebatidas. Las estadísticas oficiales funcionaban como un templo cívico donde podían refugiarse todos aquellos que quisieran conocer la verdad. Eran como un faro que guiaba la azarosa navegación de los que asistían al debate público, para que el pueblo soberano, cuando debiera decidir mediante el voto el rumbo de la nación, pudiera cumplir su cometido.
Engaño y consenso
No ha habido gobierno que haya sido indiferente a las estadísticas oficiales o que no haya soñado con influir en ellas. Fue por eso que, en una sociedad infectada de sospechas como la nuestra, la gente dudaba a veces hasta de las cifras del Indec cuando ellas parecían chocar con sus experiencias cotidianas. La inflación anual, por ejemplo, ¿era sólo de un dígito como decía el Indec o dos veces más alta, como la vivía el ciudadano en el supermercado? El Gobierno controla, además, los precios. El Indec, ¿reflejaba entonces la realidad o sólo los precios controlados? Aun así, los indicadores del organismo eran lo único que teníamos, a falta de otras estadísticas de comparable nivel.
Cuando el Indec estaba por comunicar la evolución de los precios de enero en medio de una preocupación general por la inflación, el Gobierno ya no aceptó ni siquiera la imperfecta medición que ése ofrecía. Atacó entonces a la atribulada institución, echando a varios de sus funcionarios y poniendo en su lugar a militantes políticos. En los hechos el Indec está, ahora, intervenido. Ya no ofrecerá por lo tanto lo que su metodología tradicional ofrecía a los argentinos. Es que, intervenido, ha dejado de ser un organismo del Estado , situado por encima del Gobierno , para convertirse en un instrumento del propio Gobierno. ¿Adónde podrán mirar de ahora en más los argentinos para juzgar lo que les dice el Gobierno?
El Gobierno por su parte, ¿no ha medido acaso el deterioro que sufrirá de ahora en adelante su credibilidad tanto dentro como fuera de la Argentina? Pero Maquiavelo escribió también que "aquel que quiera engañar, siempre encontrará a quienes desean ser engañados". Las cosas nos van mucho mejor a los argentinos que hace cinco años, cuando nos debatíamos en la peor de las crisis. Si aparecen nubes sobre la sensación de conformidad que esta mejora produce, ¿nos inclinaremos a tomarlas en cuenta o preferiremos que nos engañen al menos por un tiempo?
Acosados como hemos sido por una crisis tras otra, quizás hemos contraído el hábito de encerrarnos en burbujas si ésta es la condición para seguir ilusionados. Así obramos hace poco, cuando ya se sospechaba que la convertibilidad del uno por uno tambaleaba. Hablar de devaluación fue tabú hasta que la burbuja estalló, y por eso Duhalde perdió las elecciones de 1999 ante un De la Rúa que se aferraba al uno por uno. ¿Es éste el estado de ánimo colectivo al que hemos vuelto ahora? La negación de la realidad desemboca a veces en "sinceramientos", en estallidos, pero mientras esto no ocurra, ¿quién nos quitará el optimismo que ahora nos embarga? ¿Quién votará de aquí a octubre contra los que alimentan este optimismo desde el Gobierno?
Quizá la actitud de quienes destruyeron la credibilidad del Indec se funde en la creencia de que la mayoría de los argentinos preferimos seguir engañados después de haber sufrido tanto. ¿Es ésta nuestra enfermedad? Será difícil conocer en todo caso el verdadero estado de nuestra salud colectiva, porque nos han dejado sin termómetro.






