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ANÁLISISDIEGO GARAZZI

El conocimiento fragmentado

La formación del pensamiento propio requiere de tiempo para aprender, para profundizar en los temas de interés; es un puente que conecta dos instancias del hombre que lo definen: su ignorancia previa con la ilustración posterior, y que hoy se encuentra dinamitado por las plataformas de internet y, fundamentalmente, por las redes sociales

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Niños juegan en línea entre sí en teléfonos inteligentes y tabletas en un callejón de Yakarta el 26 de marzo de 2026. YouTube, TikTok, Facebook, Instagram, Threads, X, Bigo Live y Roblox, consideradas plataformas de "alto riesgo" por las autoridades de la nación del sudeste asiático, comenzarán a desactivar las cuentas de menores de edad a partir del 28 de marzo de 2026. (Foto de YASUYOSHI CHIBA / AFP)
Niños juegan en línea entre sí en teléfonos inteligentes y tabletas en un callejón de Yakarta el 26 de marzo de 2026. YouTube, TikTok, Facebook, Instagram, Threads, X, Bigo Live y Roblox, consideradas plataformas de "alto riesgo" por las autoridades de la nación del sudeste asiático, comenzarán a desactivar las cuentas de menores de edad a partir del 28 de marzo de 2026. (Foto de YASUYOSHI CHIBA / AFP)YASUYOSHI CHIBA
Diego Garazzi
Por Diego GarazziLA NACION
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La obra del artista Banksy A Man Blinded by a Flag (Un hombre cegado por una bandera), una escultura aparecida a finales de abril de 2026 en Waterloo Place, Londres, reprocha directamente el patriotismo ciego, el nacionalismo chauvinista y el seguimiento acrítico de ciertos caudillos políticos.

Esta masificación del individuo detrás de líderes mesiánicos o simplemente de aquellos con la habilidad de manipular muchedumbres no es nueva. Sobran ejemplos en la historia. Sin embargo, las sociedades habían encontrado un antídoto no siempre efectivo, pero el único a la mano: la educación, no como transmisión de conocimientos institucionalmente programados, sino como el entrenamiento de los individuos para pensar, para desarrollar un espíritu crítico que les permitiera observar la realidad desde sus zapatos, aceptando nutrirse de la mirada de los otros y gestando su propia opinión a partir del análisis racional, con pizcas de la emocionalidad particular de cada uno.

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Existe un problema acuciante: las generaciones “digitales” (los Z, los millennials, los centennials) han nacido y crecido entre pantallas y redes sociales, con dosis magras de ese antídoto racional y emocional contra el mesianismo y el liderazgo autoritario. La formación del pensamiento propio requiere de tiempo para adquirir conocimiento, para profundizar en los temas de interés; es un puente que conecta dos instancias del hombre que lo definen: su ignorancia previa con la ilustración posterior. Ese puente hoy se encuentra dinamitado por las plataformas de internet y fundamentalmente por las redes sociales, y las esquirlas de la explosión han fragmentado el tiempo de observación, interacción, estudio y reflexión: el proceso del conocimiento.

El daño aplica en dos dimensiones, la del contenido y la de la atención. Las redes sociales están diseñadas para confirmar nuestro propio sesgo, para formar nuestra opinión exclusivamente con nuestras propias pobres ideas, ofreciéndonos contenido a medida de nuestras percepciones y orientaciones políticas, religiosas y demás. En cuanto a la captación y manipulación de la atención, un reciente fallo en Estados Unidos (“Caso Kay”) concluyó que estas plataformas fueron diseñadas para generar adicción y dependencia en adolescentes a los microestímulos y que ese diseño produjo daño psicológico concreto. Detrás de ese diagnóstico jurídico se esconden mecanismos que terminan moldeando hábitos mentales, desplazando la capacidad de sostener procesos largos por la necesidad constante de satisfacción inmediata.

El conocimiento dejó de ser un proceso de desarrollo intelectual y humano para ser un producto a consumir dentro de la llamada “economía de la atención”. La puja competitiva dentro de ese mercado es la atención de los usuarios a través de la hiperfragmentación dirigida. Las plataformas de internet y las redes sociales diseñan algoritmos para segmentar el interés de los usuarios y captar su atención con fines comerciales, más allá del contenido propuesto.

Los algoritmos no solo recortan la realidad: tienden a erosionar el deseo de profundidad, promoviendo el dinamismo del consumo breve y constante, con el objetivo declarado de maximizar la estadía del usuario en los ecosistemas virtuales de las redes y plataformas. Construyen estímulos mínimos –títulos, frases, imágenes, videos breves– pensados para golpear en los resquicios de la mente humana y capturar una atención fugaz, creando una realidad virtual compuesta por retazos y fragmentos ordenados de manera invisible según los propios sesgos del usuario en una narrativa diseñada para una mente cada vez más entrenada en la gratificación inmediata y cada vez menos dispuesta a desarrollar una idea en el tiempo.

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YouTube Shorts, Instagram Reels y X no son simples pasatiempos; son los grandes arquitectos de esta –no tan nueva– forma de competencia por la atención de las personas y de la construcción de otra realidad. En contenidos de pocos segundos o contados caracteres se instala una idea teñida de la emoción identitaria del consumidor que ratifica su interpretación del mundo. Y lo hace con tal intensidad y repetición que cuando esos fragmentos se encadenan como microcertezas empiezan a percibirse como el todo y generan la ilusión de conocimiento.

Pareciera que la vieja ambición humana de la teletransportación inmediata de la materia física –imposible por ahora– encontró su atajo en el ámbito de la materia intelectual. La experiencia de la formación del conocimiento deja de ser un trayecto para convertirse en una sucesión de llegadas instantáneas. Como si el valor estuviera únicamente en el destino –en el dato, en la conclusión, en la reacción– y no en el recorrido que le da sentido y sustento, que le impone al humano el desafío de buscar, de pensar y de entender.

El declive empieza a ser medible. Distintos estudios internacionales –como relevamientos del Pew Research Center y reportes de la OECD– vienen señalando una caída sostenida en los hábitos de lectura prolongada, especialmente en los segmentos más jóvenes. En paralelo, evaluaciones educativas globales como PISA muestran un deterioro en la capacidad de comprensión de lectura profunda. En la Argentina, informes de la Secretaría de Cultura de la Nación y de la Conabip reflejan la misma tendencia: menos tiempo dedicado a la lectura de libros, mayor consumo de contenidos breves y digitales, y una progresiva pérdida de la lectura como práctica sostenida.

El resultado no es solo una disminución en la capacidad de concentración, sino una reconfiguración más profunda: el desplazamiento del placer de entender hacia el placer de encontrar. El cerebro, expuesto de manera constante a este régimen de microimpactos, empieza a adaptarse. Aprende a desechar lo complejo, a evitar lo denso, a desconfiar de lo que exige tiempo. La lectura profunda deja de ser un hábito y pasa a ser una fricción, algo incómodo, prescindible.

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Los algoritmos identifican reacciones de los usuarios a sus ininterrumpidas propuestas y les sirven fragmentos de realidad a ritmo de metralla, a cada uno su dosis diaria. Vamos formando nuestras opiniones sobre los temas más diversos con cuatro imágenes y veinte palabras que nos ofrecieron las redes y plataformas, y que obtuvimos sobre la base de scrolling. Condenamos acciones o defendemos ideas –y muchas veces a líderes mesiánicos o a corruptos de poca monta– con esas herramientas endebles y precarias, formadas sobre la base de sesgos bien alimentados y de opiniones mal engendradas.

Como en la figura del hombre cegado por una bandera de Banksy, la saturación de estímulos termina reemplazando la mirada propia por símbolos predigeridos. Tal vez ese sea el verdadero problema de este tiempo. Una mente que ya no profundiza y una sociedad que reemplaza el pensamiento por pretendidas certezas sesgadas e inmediatas.

Lo resume bien el investigador inglés Leonard Levinson: “La fragmentación del conocimiento no solo cambia lo que sabemos; cambia cómo pensamos y cuánto estamos dispuestos a pensar”.

Lo vi en TikTok.

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Diego Garazzi
Por Diego GarazziLA NACION

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