
El corazón en la última encíclica
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Finalmente el impalpable amor ha encontrado su eficiente palabra y su órgano, nombrándolo y a la vez incluyéndolo: en verdad él es más que el corazón que lo dice. Aun en el mundo atravesado por el dolor, la muerte y la maldad, sigue siendo presente, a pesar de todo, el amor que todo lo sostiene y a todo da sentido. Quien ama sabe que “tú no morirás” (G. Marcel): en ti el amor es vida sin fin. Necesitamos algo palpable, el corazón, que a la vez, tratando de “ubicar” el amor, desaparece.
No se puede negar que el amor, en su corazón, dice y hace todo en la vida cristiana. Una parcialización lo hizo solo un casi acompañante de la fe. Pero esta y la esperanza solo subsisten –si son diferentes– en el amor, la caridad cristiana. Un recordado teólogo argentino, el difunto P. Heriberto Rivas, decía que la fe cristiana no es una “religión del libro”. Significa que por debajo de la parábola de los textos bíblicos es necesario dejarse arrastrar por la corriente silente del amor divino que “todo lo hace”.
En su desarrollo histórico, la fe de los primeros cristianos fue desplegándose en su riqueza de amor eficiente, hasta encontrarse con distintas culturas ya existentes. Un encuentro decisivo fue con la cultura y el pensamiento helenísticos. Allí aceptó en su seno y transformó en cierto modo el pensamiento, en especial filosófico, trayéndolo al pensamiento de la fe. Así nació una en principio prudente teología que no pudo, sin embargo, sustraerse a la atmósfera platónica de dos mundos, el terreno y el celestial. Y todo ello con la impronta del claro concepto. Así se presentó cierta dualidad entre cielo y tierra y, lo que es igualmente grave, la parcelación antropológica entre inteligencia y voluntad, esta como sede de la afectividad suprasensible, espiritual y, allí, del amor. En esa parcelación, pudo definirse la fe como “acto del entendimiento que asiente a la verdad divina, movido por la voluntad movida por la gracia”. Un verdadero mecanismo del espíritu.
La parcelación continuó en beneficio de la antigua razón, el intelecto de la mencionada definición de la fe. Así nacieron las precisas, calculadas definiciones dogmáticas y las estrictas normas morales en los correspondientes catecismos, junto con las también correspondientes condenas. Y de allí entonces el formato de la vida cristiana que aún muchos, estoicamente, padecen. Para algunos todo esto da seguridad personal y ahorra la infinita, íntima meditación personal y su propio adecuado lenguaje.
Hoy el redescubrimiento del amor, constitutivo de la vida de la fe, obliga a escuchar la correspondiente lucidez del corazón y sus siempre amorosas, temblorosas palabras, que abren hacia un discurso sin fin. Con todo ello ya no se puede cerrar los oídos a toda palabra cordial humana sea cual fuere el lugar de donde provenga. Ha nacido ya –y hace ya algún tiempo– la posibilidad de un renovado decir y actuar cristianos.
Profesor emérito de la UCA





