El cuentapropismo de la era digital plantea nuevos desafíos

Eduardo Levy Yeyati
Eduardo Levy Yeyati PARA LA NACION
En el futuro habrá menos asalariados y más trabajadores a demanda, lo que exige diseñar reformas para evitar la precarización
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26 de julio de 2017  

María tiene 28 años y trabaja medio día en un hotel de Palermo. Para pagar el alquiler, los gastos de transporte y la prepaga, se ofrece como cuidadora de adultos en Zolvers. Como los dos trabajos no alcanzan para mantenerla libre de deudas, los viernes y sábados a la noche hace turnos de cuatro horas como conductora de Uber. Cuando puede, alquila su departamento palermitano en Airbnb y se va a vivir un tiempo a lo de sus padres. Le gustaría volver a la universidad para terminar Sociología, pero no tiene ni el tiempo ni el dinero. Además, a sus compañeros que terminaron la carrera no les va mejor.

María es monotributista y cuando se jubile podrá aspirar a la mínima. Nunca se atrasa con el alquiler, pero la idea de comprar un departamento, incluso uno más pequeño o menos céntrico, es remota. A veces, cuando se enferma o el clima no ayuda, pierde horas de trabajo y no tiene más remedio que pedir prestado a la tarjeta; lleva meses desandar esa deuda. No sale mucho, más allá del ocasional encuentro con su novio, un kinesiólogo que, cuando no está sumando horas con la obra social, complementa sus ingresos como personal trainer. Por lo general, los dos llegan molidos y se duermen temprano. María piensa que deberían juntarse para ahorrar tiempo y expensas.

María está siempre cansada. No se ha tomado vacaciones en su vida adulta. La cansa, también, el temor de caer en cama y entrar en deudas. Podría mudarse más lejos, pero perdería horas en el colectivo y cobraría menos el alquiler temporal, con lo que el ahorro sería escaso. Se siente un poco más pobre cada año, aunque es posible que sea sólo el efecto de la edad. La flexibilidad se da bien con la juventud, pero envejece mal.

Fuente: LA NACION

María trabaja, pero no es una trabajadora en el sentido formal. Para el hotel es costo variable; para los clientes, un nombre y una foto; para Uber, Airbnb y Zolvers, una contratista independiente. Trabaja más horas que un empleado de clase media, pero no cobra extras al 150% ni suma días de enfermedad, vacaciones y aguinaldo, ni tiene indemnización ni seguro de desempleo.

¿Debemos ver al nuevo cuentapropismo como un síntoma de precarización, aceptarlo como parte de nuestro futuro, y adaptar nuestros regímenes tributario y laboral para desprecarizarlo? La repuesta a esta pregunta es hoy el centro de un callado debate.

La economía colaborativa democratiza el capitalismo, dice Chris Lehane, consultor político de Clinton y hoy relacionista de Airbnb. Los jóvenes no quieren ser peones en el juego de la gran industria, dice David Plouffe, que dirigió la campaña de Obama en 2008 y hoy promueve acciones sociales en Facebook, tras un breve paso por Uber. La generación del flower power ya no prende fuego el sistema; se contenta con prender fuego el traje y el reloj.

El nuevo cuentapropismo llegó para quedarse, pero el entusiasmo de sus protagonistas es diverso. Juliet Schor, socióloga del Boston College, entrevistó a jóvenes cuentapropistas de la era digital, trabajadores de Airbnb, Turo o TaskRabbit, y encontró que los que dependían de estas plataformas para ganarse la vida estaban menos satisfechos que los que vivían de empleos tradicionales y usaban la plataforma para completar el sueldo. La economía colaborativa implica acostumbrarse a una vida de menores costos fijos, mayores ahorros y escaso acceso al crédito, dice Diane Mulcahy en su libro La economía gig (la jerga que define la economía a demanda). El gigger no tiene vacaciones ni licencias, y en muchos casos carece de obra social y aportes jubilatorios.

En un informe reciente solicitado por el gobierno conservador de Theresa May, titulado (ironía inglesa) "Buen trabajo", un equipo liderado por Matthew Taylor, ex asesor de Tony Blair, repasa la situación de los cuentapropistas británicos: falta de vacaciones pagas, o de licencias por enfermedad y paternidad, y en muchos casos ingresos por hora inferiores al salario mínimo. El informe recomienda asimilar regímenes (por ejemplo, extender el salario mínimo al trabajo eventual, remunerar al 125% las horas sueltas), aunque elude un tema central: la razón por la que estos cuentapropistas quedan a merced de un régimen presalarial es que son considerados autoempleados, algo así como microemprendedores, trapecistas sin red.

Así, el nuevo cuentrapropismo pone sobre el tapete la tensión, central en la política laboral moderna, entre protección laboral y seguridad del ingreso. Más precisamente, entre la estabilidad de la relación laboral y la fortaleza de la red de seguros, servicios públicos y formación profesional que garantiza que el bienestar del trabajador desplazado no se vea afectado por el despido y que vuelva rápidamente a la actividad. La regla es simple: a mayor flexibilidad laboral, mayor seguridad de ingreso, y viceversa. En este sentido, el nuevo cuentapropismo es una excepción: mucha flexibilidad, poca seguridad.

Fue un error haber cifrado los beneficios sociales al desempeño en el trabajo, ignorando otras formas de trabajo, dice Guy Standing, veterano economista de la OIT, en su libro El precariado. Hay que proteger al trabajador, no el empleo, dice el Nobel de Economía Jean Tirole en una entrevista reciente.

¿De qué protección hablamos? La respuesta inmediata suele ser: capacitación para la reconversión laboral. Los resultados de esta reconversión, sin embargo, son mixtos. Por un lado, el reentrenamiento de adultos no es sencillo en un mundo de tecnología exponencial y demandas cambiantes. Por el otro, la educación no siempre genera su propia demanda, sobre todo si nuestros trabajadores están en su mayoría sobreeducados para su empleo, como revelan tanto un estudio de la oficina de estadísticas porteña para la ciudad de Buenos Aires como estimaciones similares de Martín González Rozada y un servidor para todo el país. Por eso, la protección del trabajador suele incluir varias aristas adicionales: transferencias a los trabajadores de bajos ingresos y subsidios a la educación de los hijos (como nuestras asignaciones por hijo y familiares, o el plan Progresar), generosos seguros de desempleo y políticas laborales activas que reduzcan el costo de buscar trabajo, o la distancia entre el trabajador y la empresa, con información y certificación profesional.

A la lista anterior, válida para un trabajador asalariado, el nuevo cuentapropismo le suma un desafío adicional: extender los beneficios laborales a estos empleados sin empleo, asociando beneficios (obra social, seguro de desempleo y de enfermedad, ahorro estacional en reemplazo de vacaciones y aguinaldo) no al empleo sino al trabajador, por ejemplo, como hoy se hace en sectores de alta rotación, como la construcción o el campo, en línea con el tradicional "modelo austríaco".

Es probable que en el futuro tengamos menos asalariados y más trabajadores a demanda, de tiempo parcial o por proyecto; hoy es momento de pensar las reformas inclusivas necesarias para que las nuevas modalidades no reproduzcan una precariedad preindustrial. Hasta entonces, el cuentapropista seguirá siendo un corredor solitario.

Decano de la escuela de Gobierno de la UTDT

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