
El desafío de un realismo educativo
Por Horacio C. Reggini Para LA NACION
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La posibilidad de aprehender el mundo en su complejidad a través de una visión no fragmentaria es objetivo de la educación. Arriesgada empresa, ya que exige una actitud de confrontación e intercambio a partir del compromiso.
Pensamos que criticar en abstracto, arguyendo que las cosas están mal, no es ser inteligente. En consecuencia, no compartimos la idea de que es posible construir una sociedad nueva sobre la eliminación del pasado. La crítica tiene que ser constructiva. Creer, por ejemplo, que el uso indiscriminado de las nuevas tecnologías puede brindar una vida distinta, sin reparar en la dimensión moral y en las exigencias de la reflexión, nos parece el camino más directo hacia la pérdida del ser humano. Otras son las posiciones que nos atraen.
El 16 de marzo, la Fundación LA NACION realizó, en el Museo Mitre, un seminario sobre educación. Allí se leyó y se debatió la idea que el fundador del movimiento Comunión y Liberación, monseñor Luigi Giussani, despliega en su libro El riesgo educativo. Ese texto fue redactado en los años 60 y editado por primera vez en Milán, en 1977. Resulta notable cómo en esa jornada en Buenos Aires, varias décadas después, se pudo verificar la tremenda actualidad de la obra y su convocante amplitud de miras.
Giussani propicia un "realismo pedagógico" que, en consonancia con los principios de la naturaleza, parte de la noción de Dios como "misterio" y del hombre como "portador del misterio". La posibilidad de educar se basa en las convicciones de que existe una instancia trascendente en el origen de toda realidad y de que el ser humano logra su plenitud en la medida en que asume su condición de portador de esa trascendencia. Está, entonces, según Giussani, el misterio que nos aloja (nos brinda hospitalidad) y está la posibilidad en nosotros de comprender que somos huéspedes del misterio, "construyendo" en el curso de tal comprensión nuestra humanidad.
¿Cómo educar al niño y al adolescente desde esta perspectiva? La cuestión es de primera magnitud y remite a la pregunta central: ¿qué es el hombre? Para nuestro autor, el hombre es una totalidad de posibilidades en relación con la totalidad de la realidad. La realización de estas posibilidades por obra de la educación constituye un movimiento continuo: lo opuesto a un estado quieto. Y es condición de esa dinámica el bagaje de la tradición con que todo niño llega al mundo.
Desde el vamos, la dote o tradición se presenta como modelo por seguir o meta; sus reguladores, en un primer momento, son los padres; después, la escuela.
Este modelo, que nos equipa por el mero hecho de ser humanos, tiene rostro provocador: nos desafía a crecer. Así, la realización de lo que desafía o provoca -el ideal- de ninguna manera implica sumisión o pasividad, sino actividad, actitud constructiva, capacidad de superación. Cobra, entonces, fuerza imponente la relación maestro-alumno.
Efectivamente, el maestro será factor indispensable en el proceso de "introducción a la realidad total" o de concreción de las posibilidades, que la educación configura. El maestro es auctoritas (autoridad), en la acepción de "hacer crecer". Es decir, permite evolucionar. Gracias a este privilegiado vínculo, el ideal que desafía "deviene en fascinación". El maestro -dice Giussani- suscita novedad, estupor y respeto. No existen mecanismos no humanos que puedan sustituir la relación profesor-discípulo.
El contacto con el maestro vuelve progresivamente más claras las nociones de comunidad y de ser con el otro. A partir del propio compromiso (la tradición), el niño aprende a ser con el otro. Porque sólo si la convicción personal coincide con una actitud de apertura y diálogo, la educación logra liberar la flexibilidad en cada uno -su capacidad de integrar un " nosotros"- y desbloquea, por consiguiente, el umbral del sentido de la historia. Justamente aquí descansa la construcción del futuro.
Construir la sociedad del porvenir no significa impugnar la sociedad anterior o el pasado. Giussani dice que semejante empresa exige coherencia con el "método decisivo" de la educación, en cuanto instrumento para "ayudar a que se experimente lo que se ha recibido, poniéndolo a prueba". El método decisivo, por lo tanto, es de importancia fundamental para no desarrollarse unilateral y esquemáticamente; permite la evolución y se diferencia de una crítica restringida al puro rechazo. De ahí que el "realismo pedagógico" de Giussani conlleve riesgo y espíritu temerario, al respetar la libertad humana, y que entienda por "crítica" la exigencia de comparar, mejorar y cambiar, sin negar, lisa y llanamente, lo anterior.
Desde tiempo atrás, venimos profesando una idea de la educación muy afín a la expuesta. En nuestra época, el problema educacional se ha vuelto particularmente contradictorio. Así, por ejemplo, es cosa común el pregonado recurso de las nuevas tecnologías como fármaco universal para lograr lo que se entiende por felicidad: estar siempre comunicados por las máquinas, en posesión de objetos innecesarios y atiborrados de informaciones inútiles. Desde la fragmentación del ser humano a que ha llevado el racionalismo a ultranza y la consecutiva especialización excluyente, se apura la pócima mágica del desatino tecnológico. El resultado es una realidad prefabricada e inhóspita.
Claro que, si bien justificada, la queja no conduce a ninguna parte y la denuncia perpetua consagra finalmente un voto de adhesión. Coincidimos con monseñor Giussani en el desafío que supone el proceso educativo, en exaltar la relación maestro-alumno y considerarla insustituible por mecanismos tecnológicos, en la importancia de una comunidad que sustente el intercambio y el diálogo, en la emboscada de una erudición abstracta que impide aprehender la complejidad de lo real, en la actitud constructiva que debe imperar en toda crítica y en que enseñar es confrontar y estar abiertos al cambio.
Nunca más acertada la famosa frase "No se echa vino nuevo en odres viejos". Es decir: si, gracias a la crítica constructiva, el ser humano es flexible y acepta el mensaje nuevo, si hay evolución, entonces hay construcción.
Todo esto puede trasladarse al campo de las nuevas tecnologías y su aplicación fructífera, cuando la novedad no signifique abolir de un plumazo lo viejo, sino reformularlo a la luz de los descubrimientos recientes. El vino nuevo no se arruina porque el odre ha sido resignificado. La negación absoluta es rigidez y vacío, mientras que la reformulación de lo pasado entraña movilidad y vida.
Nuestra coincidencia con la propuesta de Giussani tiene también muy en cuenta una respuesta del fundador del movimiento Comunión y Liberación en una entrevista ubicada al final de El riesgo educativo: "Un no cristiano puede ser educador exactamente igual a como puede serlo un cristiano si, rescatando de su tradición una visión de las cosas, se compromete con ella como trama de propuestas para su propia búsqueda humana y lo hace de acuerdo con lo que esa visión le exige en cuanto hipótesis de trabajo".
Frente al nihilismo contemporáneo y al escepticismo del que nuestra sufrida comunidad no está exenta, afirmamos la necesidad de entrega a la construcción de la sociedad futura sobre convicciones sedimentadas. Estamos por la evolución, sustentada en el compromiso, el diálogo, la apertura y la tradición como claves para la bóveda del edificio que proyectamos.





