El día que se acaben los problemas
Algunos no tienen solución y otros ni siquiera existen; pero todos tienen algo en común que nos asusta
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Tienen una virtud los problemas: nunca se terminan. Desde graves hasta apenas irritantes, jamás escasean. Pruébenlo. Es imposible encontrar una persona que les diga que su problema es que no tiene problemas. Y además, en ese caso, sí tendría un problema.
Soy de la opinión de que llegamos a la madurez cuando aceptamos que ese estado hipotético en el que logramos resolverlo todo, simplemente, no existe. Por eso es un error (y constituye por sí un problema) el esperar las condiciones ideales para poner en marcha algo. Muchas de las obras maestras de las ciencias y las artes fueron creadas en las condiciones más adversas.
Es un hecho, los problemas son parte de la existencia y por lo tanto hay que dedicarle cierto tiempo a diseñar una política al respecto. Un primer gran paso es evitar los personajes conflictivos. Todos conocemos uno. Exacto, el que origina nuevos contratiempos o el que los encuentra por todas partes.
Ocurre que los problemas se comportan como los fractales. Si uno se acerca lo suficiente, toda situación incuba conflictos. De modo que hacer casi cualquier cosa en esta vida significa dar un salto de fe. El paralizador serial de proyectos es el que saca la lupa cuando ya hemos allanado los inconvenientes más relevantes y le busca, como decimos, la quinta pata al gato. Por fortuna –de otro modo todavía estaríamos planteándonos que inventar la rueda es una mala idea porque conduce a los accidentes de tránsito–, esas personalidades son casi universalmente rechazadas. Nadie quiere más problemas. Nadie del todo.
Así que pasemos al núcleo de la cuestión: cómo resolvemos nuestros problemas. Uno pensaría (si el mundo fuera perfecto e ideal) que un problema es algo que necesita una solución. Por supuesto que sí, y por varias razones. Si es verdad que los problemas abundan, al indagar cómo resolverlos, multiplicamos también las soluciones. Algunos de los grandes inventos de la civilización han sido el resultado de una o varias personas buscándole la vuelta a un inconveniente. Cambia nuestra perspectiva, de paso. Pasamos de vivir rodeados de problemas a vivir rodeados de soluciones. No es lo mismo.
¿Pero qué es exactamente una solución? Si es cortoplacista, coyuntural, una mano de barniz aplicada a la que te criaste para que tire un tiempito, parece una solución, pero no lo es, y, peor todavía, a la larga traerá más problemas. ¿Les suena?
Una solución, si me permiten la tautología, soluciona. OK, ¿pero soluciona qué? Aquí se esconde uno de los trucos más viles de los problemas; son difíciles de definir. Soy un obsesivo de las definiciones, y más que nunca en estas situaciones, porque no hay modo de encontrar una solución si no exponemos descarnadamente la naturaleza del problema. Ocurre mucho en los matrimonios. Por la regla que planteé en primer lugar, todos tenemos problemas de pareja; pero no porque sea una relación conyugal, sino porque los problemas crecen como las malas hierbas. Sin embargo, al definir el conflicto hacemos énfasis en el aspecto conyugal, cuando tal vez es solo un momento, un espacio o una circunstancia en la que dos idiosincrasias se sacan chispas, y nada más. Es natural que los temperamentos se saquen chispas. Ahora, intenten tener una relación –conyugal o de cualquier otro tipo– con alguien que carece de idiosincrasia, y después me cuentan.
Sí, exacto: nueve de cada diez veces descubrimos que un problema no es sino una regla de juego o, incluso, una necesidad. La gravitación universal nos juega a favor, hasta que tropezamos en la calle.
Es ingrato analizar un problema. Sumergimos en los errores que cometimos para encontrarnos en esa enojosa situación, identificar las elecciones equivocadas y lamentarnos de los caprichos de la fortuna. Pero solo después de una noche así de oscura y amarga, la solución, como el alba, se vuelve evidente.








