
El diálogo político
Por Juan Cianciardo Para LA NACION
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La palabra "diálogo" proviene de las raíces griegas "dia" y "logos". "Logos" puede ser entendido, en este contexto, como "el significado de la palabra" y "dia" significa "a través de". La etimología sugiere, entonces, que el diálogo busca la verdad por el intercambio de palabras.
Desde una perspectiva paralela, la filosofía clásica explicó, hace siglos, que existen verdades (las aporéticas u opinativas, las verdades prácticas) que sólo pueden buscarse por esa vía.
Para que ese camino arduo que va desde la opinión parcial hasta la verdad común pueda ser transitado deben reunirse algunas condiciones.
Dos de ellas son básicas, elementales: reconocimiento del otro en cuanto otro y disposición para aprender. La violación de cualquiera de estos requisitos, la exclusión o la cerrazón implican, de algún modo, la muerte del diálogo. En el primer caso, en realidad, el diálogo ni siquiera alcanzó a entablarse; en el segundo, comenzó, pero acabó frustrado. En ambos, uno de los interlocutores recurrió a la violencia, al tratamiento del otro no como alguien, sino como algo.
Un reconocimiento auténtico del otro en cuanto otro exige la prescindencia de condicionamientos. Pretender sujetar ese reconocimiento a caracteres que vayan más allá de la mera condición de ser humano equivale fatalmente a instrumentalización, a manipulación, a tratamiento indigno. Dicho de otro modo: el ser humano es digno, y por eso un fin en sí mismo, con independencia de su raza, de su religión o de lo que piense. Cualquiera sea su raza, su religión o sus ideas políticas, su mera humanidad lo hace merecedor de respeto (y, por eso, dicho sea de paso, titular de derechos).
De allí a la segunda de las condiciones mencionadas no hay más que un paso: reconocimiento y autoconocimiento son dos caras de una misma moneda. Tiene razón Alvira cuando afirma que el diálogo, en cierto sentido, "tiene su origen en el esfuerzo de autonegación y en el esfuerzo de dejarse maravillar por la realidad del otro ser". Sólo a partir de la autonegación es posible reconocer la dignidad del otro y, luego, la diferencia que el otro tiene para aportarme. La disposición a aprender implica, por eso, experiencia de los propios límites y percepción de la diversidad como posibilidad de crecimiento personal.
Partiendo del carácter no apodíctico de lo político, la democracia como forma de gobierno que pretende ser una alternativa a la imposición violenta del poderoso es una apuesta colectiva por el diálogo, por un diálogo institucional en el que el resultado de las urnas es sólo punto de partida. Una democracia sin humildad colectiva y personal de gobernantes y gobernados frustra ese desiderátum y acaba siendo, más pronto que tarde, una caricatura escuálida y desmedrada de sí misma, en la que tras actuaciones formalmente democráticas se esconden procederes reales vergonzosos.





