El difícil arte de seguir enamorado
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A poco de cumplir 85 años, Bob Dylan está de gira. No toca en grandes estadios, como Springsteen o los Rolling Stones, sino en salas para 3000 o 4000 personas de ciudades chicas que las grandes celebridades suelen ignorar, según leo en The New York Times. Empecé a escuchar a Dylan a los 14 o 15 años. No soy de ceder al fanatismo, pero puedo decir que es el único ídolo de mi adolescencia que sigue haciendo lo que hacía entonces. El mundo cambió, es otro, pero Dylan sigue ahí, on the road.
Vuelvo, movido por esta noticia, a una frase que anoté hace tiempo en la libreta que siempre llevo conmigo: “Quiero que las cosas sigan siendo como cuando me enamoré de ellas de joven”. La dice, como al pasar, la actriz Elizabeth McGovern en una entrevista que este diario publicó en diciembre. Sí, la Cora Crawley de la serie Downton Abbey, la de mirada color cielo. La anoté porque yo muchas veces me sorprendo queriendo lo mismo. Enunciada así, de forma tan simple y clara, la frase tiene un dejo de resignación, de anhelo imposible de cumplir, pero al mismo tiempo refleja la vitalidad de una mujer que quiere seguir estando enamorada, como si la juventud que en el fondo añora no la hubiera abandonado del todo.
McGovern, nacida en 1961, dice que extraña las historias con un principio, un desarrollo y un final. La entiendo. El ecosistema digital al que hemos migrado fragmenta la realidad en estímulos inconexos que minan nuestra capacidad de abordarla en términos narrativos, y eso nos escamotea el sentido. Yo también extraño la posibilidad de concentrarme en una cosa y olvidarme del resto. En el largo desarrollo de una novela o una película, por ejemplo. Y extraño además el tiempo en que el valor de la literatura o la música se medía más por su calidad que por su popularidad, en que los debates apuntaban alto y no se dirimían a los gritos, en que el teléfono se quedaba en la repisa de la cocina cuando salíamos de casa y en que perder una tarde al sol no era un crimen contra la productividad.
Acaso sea la ley de la vida, o saldo del paciente trabajo del tiempo, pasar de rebelde a conservador
Las cosas, por supuesto, no siguen siendo como cuando me enamoré de ellas de joven, y cada año son menos así. No podemos parar el mundo, aunque no nos guste el rumbo que ha tomado. Y rechazar el cambio sería la muerte. Por más que tenga mis razones para hacerlo, cada vez que reniego del presente, y lo hago seguido, me queda un regusto amargo. Me pregunto hasta qué punto mi mirada crítica hacia cosas que otros celebran responde en verdad a una cuestión de perspectiva. A lo mejor soy yo. Veo las cosas como las veo porque ya no tengo veinte años. Como sea, me resisto a creer que hoy, a pesar del estado de las cosas -hay muchas que andan mal-, el mundo no representa para mis hijas y las nuevas generaciones la promesa abierta que representó para mí a esa edad.
Cuanto más firme mantiene los puntos de referencia de su universo cultural, más se aparta el viejo de su propia época, dice Norberto Bobbio en De Senectute. Algo de eso me ha de estar pasando, aunque para viejo me falte andar un rato. Llevamos encima, como un tatuaje invisible, el sistema de principios y valores que sin saberlo fuimos adoptando en nuestra juventud. Esos principios, en mi caso, son los de la estela de la contracultura de los 60, asimilados en la segunda mitad de los 70, entre lecturas de los beats y conciertos de Invisible o Crucis. Por cierto, tuve mis disputas y entreveros con el orden o el sistema de creencias previo, que se solapaba con el nuevo. Acaso sea la ley de la vida, o saldo del paciente trabajo del tiempo, pasar de rebelde a conservador. En términos de Bobbio, yo sería un superador superado.
De cualquier modo, no hay duda de que pertenezco a la generación de la gran transición. Nos tocó una muy brava. El cambio que nos envuelve hoy no es gradual, sino cuántico. La tecnología ha hecho estallar el curso del tiempo y nos enfrenta a un cambio de estado civilizatorio. Nacimos en una era, moriremos en otra. En el medio, el extrañamiento es grande. Y se extraña lo que había, lo que nos vio crecer, aquello que estamos perdiendo y nos había enamorado.
Pero ese anhelo imposible que Elizabeth McGovern expresa en su frase, pienso ahora, quizá iba menos dirigido a cosas concretas desdibujadas por el paso de las décadas que a mantener o recuperar la aptitud de enamorarnos -así, en general- que tenemos de jóvenes. La nostalgia, entonces, daría paso a otra cosa. Así al menos abrimos la puerta que nos lleva del exterior al interior, lo que nos coloca en una posición en la que no estamos inermes. El secreto está en la mirada. Aunque el mundo se vaya al diablo, la lucha contra el desencanto es tarea íntima, en la que acaso hasta vengan en nuestro auxilio aquellas fidelidades que establecimos de jóvenes con ciertos principios o ciertas figuras tutelares bajo cuyo amparo salimos a hacernos un lugar en la vida.
Yo cambié, eso espero. Dylan también. Pero ahí está, aún de pie en el escenario, y lo sigo escuchando. Ya no es aquel que seguía a mis 15, es otro (Dylan siempre es otro), pero sigue siendo el hombre inescrutable que desgrana su poesía detrás de una guitarra o un piano, fiel a su arte. Nos ha tocado, a los de mi generación, asistir a una transformación fenomenal. Un mundo muere, nace uno nuevo. Cambiaremos, es inevitable, y no está mal. Lo importante es qué llevamos con nosotros de un mundo al otro. Ojalá no dejemos en el camino lo esencial, eso que nos hace humanos.


