
El donante que nadie recuerda
La historia de la iglesia del Pilar y su generoso constructor
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El templo del Pilar cumplirá el próximo 12 de octubre 270 años desde que fue oficialmente inaugurado aunque, al parecer, ya era capilla en 1708, entonces con sólo cuatro celdas ocupadas por franciscanos en reclusión. Hoy constituye uno de los tesoros religiosos más curiosos y bien conservados de Buenos Aires -al que se acude menos que a los restaurantes de la zona- y que vale la pena recorrer. Junto al tercer altar lateral de la izquierda está el acceso al Museo Claustros del Pilar, tres niveles monacales y sorprendentes que recorren 3500 visitantes por mes, la mitad extranjeros. Se trata de una muestra de ornamentos, platería, lujosos misales y hasta las reliquias de Santa Cristina y Santa Bernardita.
Antes se pasa por las lápidas de dos damas ilustres allí enterradas: la de la madre del general Juan Lavalle (Mercedes González de La Valle), en la entrada de la capilla de San Pedro Alcántara, y al pie del primer altar lateral izquierdo, la de la viuda del virrey del Pino (Rafaela de Vera y Mujica). Esta fue enterrada el 2 de julio de 1816 como vecina de alcurnia y por tener su quinta de descanso frente al templo (hoy confitería La Biela), adonde llegaba con un carruaje Dumont arrastrado "por cuatro yuntas de mulas negras" y que rodaba desde su casona de Perú y Belgrano, demolida en 1913.
El gran relicario
A la derecha, apenas se ingresa al templo, luce la capilla de las Reliquias, un legado que se atribuye al rey Carlos III, para el destino en el que permanece. La donación se concretó en 1777 al padre Francisco Altolaguirre cuando éste viajó a España. Las reliquias se despacharon en "dos cajoncitos toscos" que "contienen treinta y cinco relicarios para el convento de Recoletos de Nuestro P . San Francisco de la Ciudad de Buenos Aires". Un ligero pero reverente inventario enumera decenas de reliquias, entre las que están el cráneo de San Severino Mártir, los fémures de San Constancio y de uno de los mártires de Zaragoza (de donde partió Juan Narbona a América, el donante y constructor del templo), todos los huesos de San Víctor, y de muchos santos y santas, entre los que no faltan los de San Cayetano, San Francisco Solano y Santo Tomás de Aquino.
Como el convento funcionó abierto para la reclusión y penitencia en tiempos del virreinato y la media legua que entonces se medía desde la Plaza Mayor suponía una breve peregrinación que predisponía devotamente a los feligreses, éstos llegaban dispuestos al sosiego. Así lo hizo en 1774 quien iba a ser 38 años más tarde suegro del capitán José de San Martín, don Antonio José de Escalada, flamante viudo de su primera esposa, que pasó entre los recoletos cuatro años de reclusión. Como se sabe, Escalada salió del convento del Pilar para casarse con Tomasa de la Quintana y Aoiz, madre de Remedios.
El historiador Ricardo de Lafuente Machain sostiene que el cónsul norteamericano en Buenos Aires, David Curtis de Forest, pasó en 1802 cinco meses en el convento para aprender castellano. Santiago de Liniers, según Paul Groussac, antes de viajar a la Banda Oriental para preparar la Reconquista, pasó toda una devota noche en el Pilar.
En 1815, el padre Francisco de Paula Castañeda fundó en un local del atrio del convento una academia de dibujo. Fue hospital de clínicas donde murió (1829) el coronel Juan Ramón Estomba. También fue asilo.
Para los tiempos en que el general Hilario Lagos sitió Buenos Aires, un balazo hirió la frente de Bartolomé Mitre (el 2 de junio de 1853, cuando salvó milagrosamente la vida, pasó a usar chambergo, pero el disparo marcó la herida para inspiración de varios retratistas y hasta quedó en el billete de dos pesos en circulación).
Pero en el año de su inauguración (1732), la iglesia lucía intacta, tal cual fue erigida según proyecto atribuido al hermano Juan Krauss y al jesuita Juan Wolff -ambos de origen alemán, aunque la fachada fue diseño del arquitecto italiano y jesuita Andrés Blanqui o Bianchi-, todo por donación e ímpetu de Juan Narbona, un zaragozano devoto, alarife afortunado, al parecer soltero empedernido hasta 1740, para algunos sospechado de contrabandista y, en los papeles, un simple mercader tratante. Así se definió el propio Narbona en el protocolo notarial por el que donó 20.000 pesos "y las demás limosnas" destinadas al templo no totalmente concluido y alhajado cuando suscribió esa acta del 7 de mayo de 1717. No firmó porque dijo no saber y lo rubricó Domingo Lazcano, escribano público del Cabildo. Narbona, que también donó el templo de Catalinas -otra reliquia arquitectónica de la ciudad- no figura, sin embargo, en varios diccionarios biográficos nativos y goza de un olvido inversamente proporcional a su aporte a "esta ciudad y puerto de Buenos Aires", como dictó ser la de su residencia.
Sueños bajo un árbol
Se dice que Narbona tuvo un viaje a América complicado. Desembarcó muy joven y carecía de fortuna. Dormía bajo un espeso árbol debajo de la barranca que hoy se echa entre puestos de artesanos hacia la Avenida del Libertador, pero la prosperidad lo llevó a devolver las gracias recibidas y embellecer ese lugar. Finalmente tuvo casa con 14 habitaciones junto al convento y hasta necesitó terrenos vecinos de María de Herrera y Hurtado, que hoy importan parte del cementerio y el barrio anexo. Allí estableció (desde antes de 1716) dos hornos donde se cocieron más de dos millones de grandes ladrillos para el templo y el convento, y también erigió dos cuartos, un galpón y cavó un "pozo de balde" que, escritura mediante, quedarían para la propietaria.
Su mejor biografía es parte en una edición uruguaya que detalla los orígenes de la estancia Narbona, cerca de Nueva Palmira, cuyo casco es uno de los edificios en pie más viejos de Uruguay, que construyó y habitó el zaragozano en tiempos prósperos.
La documentación que guardaba la iglesia del Pilar -parroquia desde el 12 de marzo de 1830- está en buena parte desaparecida luego de la expulsión de los franciscanos en tiempos de Rivadavia, pero mucho de su pasado fue recopilado por el infatigable historiador Enrique Udaondo, que publicó su reseña histórica del templo en 1918, de manera que pudo hurgar en el archivo eclesiástico de la Curia Metropolitana (que funcionó junto a la iglesia Catedral), yacimiento documental también desaparecido en el vandálico incendio provocado contra los templos históricos del radio céntrico en la noche del 16 de junio de 1955. Udaondo logró reconstruir la mejor huella del Pilar. En el estreno de la iglesia de hace casi tres siglos (1732) no estuvo presente el obispo de la ciudad, franciscano Juan de Arregui, porque estaba en Asunción abocado al problema de los "comuneros". Pero no faltaron alcaldes y regidores ni el depositario general y provincial de la Santa Hermandad, José Ruiz de Arellano, nada menos que el donante para la construcción de la Catedral al Norte o iglesia de la Merced, también donante de las tierras para una capilla y población que hoy es San Antonio de Areco.
El enclave religioso permaneció en acumulación de historias sin grandes modificaciones hasta que en su fachada el color morado del tiempo de Rosas ganó las franjas frontales. Tuvo reformas en 1866 y en 1902, pero la verdadera restauración se decidió en 1930, emprendida por el ingeniero español Andrés Millé (también diseñó la capilla de la Santa Unión de los Sagrados Corazones frente a plaza Irlanda). Fue autor de libros sobre las iglesias del Pilar y de Santa Catalina de Siena y quien restauró la fachada del Pilar y le devolvió tonos claros ( Buenos Aires nos cuenta , publicación de Elisa Casella de Calderón, que resume mucho de lo escrito sobre estas historias de Recoleta).
Ultimos años de don Juan
Juan Narbona recibió en 1732, como gratificación por sus donaciones, una merced en la Banda Oriental cerca del arroyo Las Víboras (y de la hoy población de Nueva Palmira). Allí hurgaba las caleras con que abasteció muchas de sus obras de Buenos Aires y la merced sería una concesión posterior, si es cierto que erigió el casco que hoy se visita, en 1728 -no muy bien mantenido- y es monumento histórico uruguayo. Por allí pasó Charles Darwin en 1833 y apuntó que su propietario era un norteamericano (en realidad tres: Quinfield, English y Sutton). Por un camino de balasto desde el kilómetro 263 de la ruta 21 que pasa por Carmelo hacia el norte, el casco de la estancia Narbona mantiene los cuartos de servicios, cocina y nueve habitaciones, además de una torre de tres plantas y la capilla. Esta tiene un sótano del que se dice, partían túneles. También se habló de túneles en el predio de los recoletos.
En 1740, Narbona se casó con María Teresa Robles, pero sólo vivió una década más: murió el 12 de abril de 1750. Su hija Juana María heredó la casona de Recoleta junto al convento y la dibujó Pedro Benoit en 1821.




