
El duelo de Barthes
Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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En Francia los libros nutren los días: la gente lee en el subte, en las escalinatas de un museo, en el piso del Pompidou. Las librerías están llenas, los autores son reconocidos... La literatura es una rama de la identidad nacional. Una novela como Las benévolas , de Jonathan Littell (Premio Goncourt 2006), de casi mil páginas, que plantea una relectura del régimen nazi a través de un personaje feroz, es discutida por la sociedad y leída por más de un millón de personas. Y no se trata de un best seller fácil ni de un libro de divulgación ni de una saga mágica. Los libros buenos se instalan por riqueza propia, apoyados por un buen editor que confía en sus hallazgos. Se habla de lo que se escribe porque lo que se escribe importa.
El último libro de Roland Barthes, Journal du deuil , suscitó bastante indignación, sobre todo de su gran amigo, François Wahl, que considera esta publicación un ultraje a la ética del autor. Una vez desatada la polémica, el texto de Barthes cobró vida pública.
Se trata de las anotaciones, en un diario íntimo, de los meses posteriores a la muerte de su madre. Pocas palabras por página, pinceladas minimalistas del desconsuelo. A veces, un párrafo o una sola frase. Por momentos, gana la pena. En otros, la euforia parece desplazarla.
Ejemplos: "Duelo no continuo, inmóvil". O "Duelo: atroz región donde ya ni tengo miedo". O aun: "Duelo, malestar sin chantaje posible." Pero, a la vez: "El verdadero duelo no es susceptible de ninguna dialéctica narrativa".
Su lucidez frente a la ausencia es notable. La insistencia en recorrer ese espacio vacío produce la sensación de estar transitando un territorio desconocido: el de la pérdida. Por eso este libro, si bien es parte de una experiencia íntima, personal, consigue expandir su emotividad, la vuelve palpable, hasta motivo de discusión.
La idea del duelo se muestra más carnal -como suele ser el estilo de Barthes- y, por ende, más comprensible y asimilable. El autor -más allá de la disputa por la publicación del libro- nos lleva del hombro por los pasadizos del dolor para explorar hasta las más mínimas humillaciones, sin descartar posibles salidas transitorias.
Esta indagación, que no alcanza el regodeo, si bien puede resultar agobiante, nos permite cotejar el sufrimiento personal con la condición humana en general. Y esto ocurre, en parte, porque Barthes aparece como observador cautivado por su propia experiencia: "Ahora, en todas partes, en la calle, en el café, tomo a cada individuo bajo la forma del deber morir, ineluctablemente, es decir, exactamente mortales. Con no menos evidencia, los veo como si no lo supieran".
Sin duda, este libro ayuda -sin proponérselo; casi todo lo contrario- a modular la tristeza de los que pasan por un duelo.
Al mismo tiempo, la escritura sobre la muerte en publicación póstuma no deja de ser una nueva paradoja sembrada por el propio Barthes, que ahora cosechan sus nuevos editores.




