
El dueño argentino de las Malvinas
El siguiente relato podría engrosar sin inconvenientes la lista de leyendas del sur argentino. Pero, en este caso, hay algo que impide ubicarla en esa categoría: su protagonista, Carlos "Charlie" Rowe, un compatriota de origen británico, conserva todas las fotos y pruebas de una circunstancia doblemente excepcional: era el único argentino que tenía propiedades en las islas cuando casi se convierte en el primer gobernador civil del archipiélago, en 1982, si se aceptaba la solución de las tres banderas y se retiraban todas las tropas militares.
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HUBO muchos malvinenes que compraron tierra en la Argentina a principios de siglo. Pero sólo hay un argentino viviente que llegó a ser propietario en las islas.
Su nombre es Carlos "Charlie" Rowe, tiene hoy 58 años y sólo conserva el recuerdo de sus muchos viajes al Port Stanley de los años 50 y 60, cuando su tío Ernest Rowe -el único otro propietario argentino, ya muerto- lo esperaba para largas vacaciones de verano.
Pero Charlie Rowe, que heredó las propiedades de su tío en 1978 y logró colocarlas a su nombre en 1980 luego de una ardua batalla judicial, no sólo fue el único propietario privado argentino de tierras isleñas. También pudo ser el gobernador civil de las islas si hubiera concluido de otra manera la aventura militar del general Galtieri en 1982.
La historia es extraña pero rigurosamente verídica. Con algunos años más, hasta puede transformarse en una buena leyenda de las que abundan en la Patagonia y de las que poco puede certificarse como auténticamente cierto.
Sin embargo, Rowe puede mostrar fotos y documentos que atestiguan su historia y que lo diferencian totalmente de una fantasía como la de aquel "rey de la Patagonia" venido de Francia.
Rowe es un argentino tradicionalmente radicado en Adrogué y hoy en Ranelagh. Tiene ascendencia escocesa e irlandesa -sus tonalidades pelirrojas lo muestran a las claras- y hasta un destino curiosamente insular: hoy es subsecretario de Inversiones Económicas del gobierno de Tierra del Fuego, tras una larga carrera en la actividad privada en el Banco de Boston.
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Su extraña historia comenzó en 1917, con su tío Ernest Rowe, también nacido en la Argentina pero con doble nacionalidad argentino-británica, quien por entonces trabajaba en Río Gallegos como auditor del Banco Anglo Sudamericano.
Ese año, la dueña de unas propiedades y empresas en las Malvinas se presentó en su oficina de Gallegos para pedirle si podía viajar a las islas para efectuar una auditoría en la admninistración del almacén de ramos generales y el pub The Globe donde, aparentemente, algunos empleados habían traicionado la buena fe de los dueños.
"Mi tío aceptó el trabajo -cuenta hoy Carlos Rowe- y se instaló en las islas. Al cabo de un tiempo dictaminó que, en efecto, había habido una cierta defraudación y dio por terminada su labor. Pero entonces, la dueña de todas esas propiedades, que provenían de 1853, le ofreció que se hiciera cargo de la gerencia general de todo y que se radicara en las Malvinas. Mi tío, soltero y sin otros compromisos, aceptó la idea y se mudó a las Malvinas, donde se quedó para siempre".
Ernest Rowe, un personaje algo excéntrico pero quizá a la medida exacta del mundo aislado de las islas se transformó en el hombre de confianza de la propietaria de esa empresa denominada "Estate Louis Williams", un nombre que recordaba al fundador original que, en realidad se llamaba Luiz Guillermo, un portugués afincado en el lugar y que había adaptado su nombre al inglés.
La empresa había prosperado y se había convertido en el principal agente comercial de las islas. La llegada de Ernest Rowe le dio un nuevo dinamismo y, en pocos años, el gerente argentino se convirtió en una de las figuras principales de la isla. Pocos años después, la muerte de la dueña de la empresa lo transformó en el propietario de todo: sin herederos, la señora había dejado todo a su nombre en el testamento.
Rowe se afincó definitivamente como un isleño más y llevaba una vida propia de los clásicos ciudadanos británicos establecidos por los lugares más distantes del mundo pero que conservaban, aún más que en Londres, las viejas costumbres de la época dorada del imperio.
Según recuerda hoy su sobrino, el elegante tío de las Malvinas "comía invariablemente de smoking todas las noches de la semana, excepto el sábado, donde se vestía de traje azul oscuro porque ése era un día más informal".
Pero si bien apegado a las tradiciones, también estaba en favor de los avances tecnológicos. "El introdujo la primera usina eléctrica de las islas -explica su sobrino-., y en los años 30 el primer auto que circuló en las Malvinas, un Wolseley 1937 que tenía la patente número 1 y que conservó mucho tiempo, pese a que el gobernador de las islas le pedía que cediera esa patente para el auto oficial del gobernador. Mi tío siempre se negó, pero le hicieron una jugada que le molestó hasta el fin de sus días: aprovechando quen en los años 60 decidió llevar el auto a Londres para una revisión general, consideraron que la unidad había cambiado de radicación y debía solicitar una nueva placa del lugar, con lo cual la número 1 pasó al gobernador".
-¿Cuándo lo conoció usted a su tío?
-El venía con cierta frecuencia a Buenos Aires y mi padre lo eligió como padrino de bautismo cuando yo nací. De modo que yo era su sobrino y ahijado. Pero en mi recuerdo, la primera vez que lo ví fue cuando yo tenía 11 años y mi padre organizó un viaje de vacaciones a las Malvinas. Fuimos en barco desde Montevideo y nos quedamos todo el verano. Yo me pasaba el día andando a caballo y disfrutando del campo. Tanto me gustó que a partir de entonces ibamos casi todos los años. Un día, mi tío me anunció que iba a nombrarme su heredero y quería que me radicara en las islas para hacerme cargo de todo. Pero yo le respondí que no podía dejar mis estudios y eso lo puso de muy mal humor. Durante los quince años siguientes prácticamente no volvimos a hablar.
Hombre de convenciones familiares, sin embargo, el señor Rowe de las Malvinas decidió que había que reparar ese malentendido en 1973, cuando Carlos Rowe pasó de la condición de soltero a la de recién casado y se encontraba en viaje de luna de miel por Europa.
El encuentro familiar se produjo en Londres en un entorno tan tradicional como si fuera el de la casa de las Malvinas. "Mi tío me invitó a comer al exclusivo club Canning, del cual era socio, y allí me dio una copia de su testamento en el cual dejaba todo a nombre mío", detalla hoy Rowe.
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El argentino-británico-malvinense tenía ya 82 años, y se sentía próximo al final.
Murió en 1975, y allí comenzó la historia que transformó a su sobrino en el segundo argentino que logró tener un título de propiedad en las islas.
La tarea no fue fácil, sin embargo. "Cuando fui a las islas a hacerme cargo de la herencia, en 1975, me presenté naturalmente con mi pasaporte argentino e inicié los trámites. A los pocos días, el gobernador de entonces se presentó en mi casa, vale decir la que era de mi tío, y me dijo que, lamentablemente, no podía convalidar el traspaso de la propiedad porque yo tenía nacionalidad argentina".
-¿Cuál fue su respuesta?
-Le dije que también tenía un pasaporte británico, por mi ascendencia familiar, pero entonces me contestó que "lamentablemente, yo he visto ya que usted tiene un pasaporte argentino y no puedo evitar informar de esa circunstancia".
Carlos Rowe volvió a Buenos Aires y decidió actuar judicialmente. "Contraté a un abogado argentino de origen inglés, Vernon Dougall, y a otros en Londres. Se inició el reclamo formal y el trámite prometía ser prolongado. Yo seguí yendo periódicamente a las Malvinas y dejé allí a una persona encargada del negocio. Hasta que en 1980 me informaron que un juez de la Suprema Corte de Londres, Sir Peter Walker, iría a las islas para dictar sentencia. Y así fue: el 30 de abril de 1980, el juez falló, en la casa de gobierno de las islas, argumentando que se trataba de una cuestión de derecho privado y que nadie podía cuestionar la validez de mi propiedad, debidamente cedida en testamento por mi tío. Se cerró el asunto y yo quedé a cargo, como había querido mi tío desde siempre.
-¿Qué hizo entonces?
-Continuar con la marcha del almacén y del pub The Globe. Incluso le vendí al gobernador, que ya era Rex Hunt, un pequeño Mini en su versión Wolseley -mi tío había seguido fiel a la marca- que pasó a ser el auto de su esposa.
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Un encargado local quedó a cargo de los negocios. Pero la situación se hizo difícil para un propietario instalado en Buenos Aires y Rowe tuvo que malvender lo que tenía a una empresa de instalación reciente en el lugar que prosperó atendiendo las nuevas actividades pesqueras.
Pero también había perdido buena parte de la propiedad. Una gran casa de piedra que era la base de operaciones del negocio terminó incendiada y totalmente destruida al final de la guerra de 1982.
La casa había servido de alojamiento para soldados argentinos y, aparentemente, los isleños o las fuerzas militares británicas decidieron eliminar ese mal recuerdo visual.
Rowe protestó ante el gobierno de Londres, solicitando una compensación como en el caso de otros isleños damnificados por la guerra. Pero, esta vez, la Justicia no estuvo de su lado.
"No había pruebas sobre el origen del incendio", cuenta hoy Rowe con nostalgia.
De todo eso sólo quedan las fotos y los documentos.
Lo suficiente para hacer una pequeña gran historia privada.





