El Dueño de la Verdad cae en falacias peligrosas
Está clarísimo que el creciente malestar social con el gobierno de Javier Milei es una mera “sensación” y que esta no fue generada por la política económica ni por los sucesivos escándalos, sino por la acción perversa del periodismo independiente: nos habían convencido de que ya no teníamos esos superpoderes, pero ahora parece que somos capaces hasta de implantar en el inconsciente colectivo la insólita idea de que la mayoría de los argentinos está sufriendo irritación y mishiadura. Qué curiosa revelación. También revelaron, el Gordo Dan lo hizo, que “Twitter es la vida real”. Y lo es porque allí “se expresa lo que cientos de miles de personas físicas, reales, de carne y hueso piensan desde lo más profundo de su ser. Es más real que las opiniones que las personas dan en persona, donde suelen mentir o maquillar su pensamiento verdadero para no tener quilombo”. El concepto desdeña, de paso y sin querer, el funcionamiento de la democracia occidental, que se basa precisamente en todo lo contrario: la autorregulación, la prudencia y la diplomacia (esa necesaria hipocresía controlada); el diálogo, la cortesía y la urbanidad; las cuidadosas formas (ay) que han permitido históricamente la convivencia y sin las cuales la nación sería una carnicería callejera entre caníbales. Hablar sin filtro, decir lo primero que te sube al tanque: en un joven streamer, garpa; en boca o pluma de un funcionario es un acto de irresponsabilidad supina, un fogoneo del rencor y un peligroso gesto incivil.
Hablar sin filtro, decir lo primero que te sube al tanque: en un joven streamer, garpa; en boca o pluma de un funcionario es un acto de irresponsabilidad supina, un fogoneo del rencor y un peligroso gesto incivil
El Presidente pernocta en su única “vida real”, que es Twitter, y a veces también en Instagram: esa patria del autobombo y del insulto le evita tener que leer en profundidad o ver notas completas y quedarse así con simples recortes manipulados por sus empleados y fanáticos. Para el León gobernar es tuitear, y es por eso que se pasa tantas horas webeando, mientras les cede el timón verdadero a personajes sin experiencia ni pericia ni sensatez. Un periodista (con perdón de la palabra) que cambió la historia de este país, y que hoy mismo estaría escudriñando sin piedad los enjuagues de esta administración, resultó clarividente: “Milei fue una ambulancia que llevó heridos de todos los partidos: no son los mejores sino los más lúmpenes. Desconfiaría de la gente que lo rodea” —dijo Jorge Lanata alguna vez—. Milei es hijo de la casta". Tiene lógica que ese hijo quiera desacreditar a quienes le señalan errores macroeconómicos y a quienes están llevando a cabo pesquisas sobre su entorno y su gabinete. En Milei hay, no obstante, algo más: una asociación entre el deber y el placer, que daría para un tratado sobre obsesión malsana. También anida en esa cabeza tupida la necesidad imperiosa de ser incuestionable: Cristina se ofrecía como la Salvadora de la Patria; Javier como el Dueño de la Verdad.
Para el León gobernar es tuitear, y es por eso que se pasa tantas horas webeando, mientras les cede el timón verdadero a personajes sin experiencia ni pericia ni sensatez
Cuando basurea literalmente al periodismo, cuando lo ataca y estigmatiza en bloque y con consignas de odio, y dice que el 95% es “delincuente”, “malparido” o “ensobrado”, y cuando resuelve clausurar —con una excusa baladí— la Sala de Prensa de la Casa Rosada, no solo está demostrando el pánico que provoca la intimidad del poder —¿qué esconde?—, sino que está levantándose contra un pilar de la institución democrática, en concordancia con esta novedosa “amistad” que teje por estos días con el tecnopopulista de derecha Peter Thiel, quien sostiene —Orban pensaba lo mismo— que “la democracia es incompatible con la libertad”. Pablo Gerchunoff respondió: “Hombre viejo ya, sucede que incurro en antigüedades intolerables. Por ejemplo, estoy a favor de la república democrática con división de poderes, que es la que manda la Constitución, y lo contrario de lo que piensa el tecnólogo que visita al Presidente”.
Esta misma semana, el gran sociólogo Juan Carlos Torre le explicó a Seúl que “el pantano de la impotencia” ha llevado siempre a personas inteligentes a abandonar la parsimonia y a decir “vamos por todo”: en lugar de una conversión de la sociedad, buscan transformarla de un día para otro sin pensar en las secuelas. En lugar de “pastelear” (negociar, contemporizar), aparece la pulsión mesiánica. “Y los mesías tarde o temprano terminan en el cementerio de las ambiciones hegemónicas —advirtió—. El gobierno de Milei tiene mucho de eso”. Dentro de la cultura Twitter, donde mandan las tribus, “pastelear” es traicionar sin remedio ni perdón. Vicente Palermo aportó otra observación lúcida: el Presidente “pide a la gente que tenga paciencia (con la economía, con la ética)... Recordemos que fue el propio Milei quien procuró mantener encendida la llama de las expectativas desmesuradas y los plazos cortos, porque él mismo creía en ellas”. Y apuntó: “Milei, impaciente, nos pide paciencia y tiempo. No nos da tiempo, pero nos lo exige. Obediencia y pasividad, reclama fastidiado”.
El intenso temor a las denuncias de los medios y a la razón de los disidentes, y la frustración por la persistencia del estancamiento, redoblan una agresividad patética
El intenso temor a las denuncias de los medios y a la razón de los disidentes, y la frustración por la persistencia del estancamiento, redoblan una agresividad patética. Gerchunoff, ya instalado en la economía, no se anduvo con chiquitas: “Este tipo de cambio no funciona —dijo en Cenital—. Milei no tiene equilibrio fiscal, tiene gasto reprimido. Y sin un sostén productivo no se puede”. Hablaba en la estela del brillante académico Roberto Frenkel, estudioso de los procesos de estabilización: “Esto no es sostenible ni duradero”. Afirma Frenkel que “en la siguiente etapa siempre aumenta la incertidumbre y las tasas de interés deben subir para sostener la financiación externa, lo que finalmente desencadena una contracción económica”. Tanto para Torre como para Ricardo Arriazu, “la destrucción es más rápida que la creación” y el modelo deja afuera al conurbano —“algo gravísimo”—, convirtiéndolo en el gran Talón de Aquiles del proyecto libertario.
Hubo otros pronunciamientos en el liberalismo de izquierda y de derecha, y casi todos sugieren que Milei debería revisar algunos de sus dogmas. La respuesta tácita del Dueño de la Verdad es el desprecio y la altivez, y la idea de un falso Ulises: insistir sin escuchar a nadie y, si la cosa “nos sale mal, no pasa nada: nos iremos a casa”. No pasará nada para el capitán del barco, porque tendrá una lancha rápida a su disposición, pero no hay botes suficientes para todos. Y no fue votado para amarrarse a una teoría de navegación, sino para evitar un naufragio y llevarnos a buen puerto. Es más fácil ampararse en los deseos del rey Salomón y hablarnos de cómo divide todo entre el bien y el mal. Más difícil es dominar la logorrea, matizar un poco y aceptar sus proverbios: “Donde hay soberbia, allí habrá ignorancia —decía también Salomón—. Porque quien mucho habla, mucho yerra; el sabio, en cambio, refrena su lengua”.










