
El emblema de Cromagnon
La foto de las zapatillas abandonadas en la tragedia de Cromagnon es la imagen misma de la tristeza, como lo son los zapatos que sobrevivieron a sus dueños, expuestos en el Museo del Holocausto en Washington, y como lo es, más lejanamente, el zapato solitario de Van Gogh. Son zapatos que han perdido su sentido, zapatos a los que algo les faltará para siempre. Eso es tal vez lo más importante, pero a la vez algo hay de emblemático en el caso Cromagnon. Se trata del símbolo de la negligencia y de la corrupción, del conglomerado de situaciones que sólo esperan, para desatarse, una pequeña bengala. De esas situaciones hay miles en la Argentina, escondidas en cada esquina. Las coimas extendidas a toda escala permiten la violación de las reglas elementales de convivencia, minan nuestra calidad de vida en forma transitoriamente invisible y nos exponen a todo tipo de riesgos latentes de los que ni siquiera somos conscientes. La conciencia despierta sólo cuando una bengala pone súbitamente al desnudo la precariedad a la que estamos expuestos.
Cromagnon podría ser también un emblema del país, si pensamos en el cierre de las puertas de la democracia con candado, jugando a que se dialoga, o en la obturación de las salidas de la libertad de expresión, como advierte una reciente solicitada que firma Adepa junto con otras entidades, en las que se exhorta a la comunidad a permanecer alerta ante los gobiernos autocráticos de la región. Mientras tanto, adentro del boliche, se libera el humo de la lucha de clases, gesto verdaderamente risible, si no patético, viniendo de quienes compran terrenos fiscales a centavos y los venden a miles poco tiempo después. Adentro, los individuos pujan por defender el propio lugar, pero son indiferentes a las condiciones generales que verdaderamente, a la larga, influirán en sus vidas y, a veces, en sus muertes. Dolidos con el fallo judicial, los familiares la emprenderán a los golpes. Los productores golpearán las vallas del Congreso y cortarán las calles descontentos por la extensión de las facultades del Ejecutivo. Ferocidad para defender un lugar propio dentro de un sitio cuyas condiciones de peligrosidad crecen y pasan desapercibidas.
Una sociedad que se indigna ante lo puntual y que se deja habitualmente violar en lo genérico. Una población que se ha convertido en una suma de barrabravas a la hora de defender lo propio, pero que permanece inmunodeficiente frente a lo que daña la vida colectiva. El país está empezando a sentir que los costos de ignorar lo colectivo se han hecho ya más altos que aquellos que inciden sólo en la vida individual. Ahora bien, el ambiente de la Argentina, este siempre potencial Cromagnon, se ha espesado notoriamente después del 28 de Junio. El kirchnerismo está promoviendo que el país se fragmente, a la vez que siembra cizaña entre sus habitantes. Su violencia semántica y metafórica -descuidada, como se ha visto en la equiparación del secuestro del fútbol con el secuestro de los desaparecidos- puede operar como el encendido de nuevas bengalas, en un contexto crecientemente propicio para un incendio. Tenemos ya en la memoria no pocos zapatos abandonados como para permitir que eso ocurra.
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