
El enigma del comandante Piedra Buena
Por Fernando Sánchez Zinny Para La Nación
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Luis Piedra Buena era un criollo de Carmen de Patagones, o sea, un maragato, aunque en su tiempo era más frecuente utilizar el hoy inusual gentilicio de patagonés. Nació en 1833, época en que el paraje constituía una remota colonia porteña a la que se llegaba por vía marítima. Enclavada en país hostil, a ratos era lugar de destierro y a ratos dominio de aventureros.
A unas leguas, río Negro arriba, se alzaban tolderías. En buena medida, la población vivía del trato con el aborigen o en función de éste, desde el proveedor que cambiaba yerba y aguardiente por plumas de ñandú hasta el misionero que procuraba evangelizar. Los barcos se reunían en el cercano fondeadero de San Blas y a veces remontaban el río y echaban anclas frente mismo al caserío.
Pocos iban por el reducido intercambio que la colonia generaba; casi todos eran balleneros y loberos provenientes de los mares del norte que hacían escala en su trayecto hacia la región antártica, o si no, buques de la carrera del Pacífico. Un niño atisbaba las arboladuras desde la barranca y se acercaba luego a escuchar la conversación de los marineros. A los nueve años, Luis ya no entraba en su pago y sus padres lo dieron en tutela a un capitán norteamericano que lo llevó a su país.
Estudió allá, allá se hizo marino y en buques tripulados casi exclusivamente por sajones navegó hasta pasados los veinticinco años. En ese lapso volvió algunas veces a Patagones y conoció de pasada Buenos Aires. Entretanto, fue ballenero, lobero, oficial subalterno en el Golfo de México y en las Antillas, náufrago y salvador de náufragos, comerciante y explorador. Frecuentó las Malvinas, la Isla de los Estados, los canales fueguinos y hasta la Tierra de Graham, donde su nave se vio atrapada durante un mes por los hielos (1).
En 1859, juvenil capitán de la goleta Nancy, llegó a la ría del Santa Cruz y contra la corriente subió cinco leguas hasta una pequeña isla que más tarde denominó Pavón. Erigió allí tres casuchas con el designio de dedicarse al mercadeo con los indios, tal como lo había visto en su infancia maragata. Armó un mástil e izó la bandera argentina.
Una opción concluyente
Nada más natural: era argentino y buscaba el amparo del pabellón al que tenía derecho. Pero decir esta obviedad es eludir la sustancia: Piedra Buena estaba haciendo, en aquel momento, una opción concluyente a la que en adelante serviría con abnegación ejemplar, a despecho de ser escasamente comprensible para muchos. A partir de ella, su figura hazañosa evade la mera crónica naval y entra en la historia de la mano del patriotismo que no requiere explicación.
No obstante, el enigma ronda. Para empezar, el lugar era y no era argentino, según fuesen los documentos y las reclamaciones a que se atendiese. Chile estaba en Punta Arenas, y la Argentina, algo más lejos, en Carmen de Patagones. Pero, de nuestro lado, para todo había que recurrir a Buenos Aires, donde muy poca atención se prestaba a cuanto no tuviese que ver con las enconadas luchas en que entonces vivíamos.
En rigor, se pensó que la elección de Piedra Buena había sido un simple ardid para quedar ajeno a cualquier control gubernamental, seguramente con intenciones non sanctas. Acaso -decían- quería explotar a los indios, o vender permisos fraguados de caza de lobos, o abordar los barcos que los temporales arrojaban sobre la costa. Todo esto se dijo y se repitió por años, y todo fue siendo desmentido una y otra vez por los hechos, con machacona insistencia.
El recordado historiador Raúl Entraigas, sacerdote salesiano y medio paisano de Piedra Buena, narra la vida de éste en un libro de sugerente y extraña lectura (2). Por ahí, de pronto, parece una hagiografía, sólo que en la página siguiente está la constancia documental. No, no explotaba a los indios y, por el contrario, buscaba paliar las desgracias de la aculturación que padecían. Paupérrimo vigilante anglófono, cuidaba que los loberos contasen con permisos expedidos en Buenos Aires. Y los sobrevivientes de catástrofes, los extraviados en el páramo o en el fragor de las tribus, recibían la ayuda posible.
Vista con ojos actuales, su situación era bastante absurda: Piedra Buena estaba avecindado en Punta Arenas y gozaba de buen concepto en esa población donde tenía sus bienes, consistentes en un almacén y una fábrica de aceite. Molestaba sobremanera su adhesión a la Argentina, sin perjuicio de que constantemente se le pidiese colaboración. A su turno, Buenos Aires lo consideraba no más que un agente, alguien útil a falta de otro mejor y más formal. En 1868 sus servicios son recompensados -en gesto que equivalía a un desplante- con la entrega en propiedad de la Isla de los Estados, que no era reconocida como argentina por Chile. Piedra Buena cazaba allí lobos marinos y pájaros niño (3) que procesaba en Punta Arenas, sin que nunca la autoridad trasandina le hiciera cuestión. Si su presencia sobre el río Santa Cruz fijó allí el límite norte de las reclamaciones chilenas, su asumida condición de propietario trajo la primera tácita aceptación del principio general de que las costas atlánticas corresponden a nuestro país.
Hasta el Cabo de Hornos
Durante diecinueve años -hasta que en 1878 llegó a Santa Cruz la llamada escuadra de Sarmiento-, la Argentina austral fue Piedra Buena, y únicamente él. Su noción de lo que debía hacer era clarísima, y es evidente que no provenía de indicación gubernamental alguna. Para él eran argentinas toda la extensión entre el litoral y los Andes, y la mitad del Estrecho de Magallanes y de Tierra del Fuego hasta el Cabo de Hornos. Sin instrucciones precisas, sin intemperancias, sin fuerzas para sustentarlas, sin conocer los designios de los negociadores, lo hizo todo y lo hizo bien.
Cuando el ilustre Félix Frías arribó a Santiago de Chile como enviado de nuestro gobierno, lo creía un pirata, un inescrupuloso, un espía chileno, un tendero desesperado por juntar dinero, un patán frecuentador de tolderías... Entretanto, Piedra Buena, que ni sabía de esas injurias, hilaba fino, y un día conseguía la amistad de una tribu, otro levantaba una cartografía que indicaba que por ahí navegábamos, o enviaba gente a hacer recorridas y mejorar el mapa.
Murió a los cincuenta años, en pleno trance de reconocimientos y menciones, con un despacho de teniente coronel honorario de Marina y muy escasos bienes, lo que demuestra lo fantasioso de tantas imputaciones. Queda de él profusión de datos, de historias verdaderas y comprobadas, de anécdotas edificantes, y también una sombra de misterio adherida a su silencio esencial, no ya de marino sino de marino mitológico.
Nunca explicó nada, sin duda porque no creyó necesario hacerlo. Sin mengua, pudo haber sido norteamericano; pudo, asimismo, haber sido chileno y nadie hubiera osado reprochárselo. Pero quiso ser argentino, y lo fue -casi a contrapelo de su vida- de un modo tan absoluto y sacrificado que parece cuento.
(1) De tal manera, Piedra Buena fue el primer argentino que puso pie en la Antártida.
(2) Piedra Buena, caballero del mar , Buenos Aires, Editorial El Elefante Blanco, 2000.
(3) Se llamaba así a los pingüinos.






