
El enigmático almirante Cristoforo Colombo
Por Néstor Tirri Para LA NACION
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GENOVA
EN el Vico di Ponticello, en el centro de esta antigua ciudad, de cuyo puerto partieron los antepasados de tantos argentinos, hay una casa a la que, en 1455, vino a vivir Domenico Colombo con sus cinco hijos; uno de ellos, Cristoforo, por entonces tenía cuatro años. Este niño, al llegar a la adolescencia, abandonó el hogar paterno movido por su vocación de marino y cartógrafo. La posteridad conocería las fabulosas expediciones de este genovés que, asumido en almirante al servicio de España y allí rebautizado Cristóbal Colón, consumó el prodigio de descubrir un continente.
Proeza que se convirtió en un hecho controvertido, en distintas épocas, por razones de diversa índole. En los últimos años viene circulando una versión que pone en duda el carácter de descubrimiento del viaje de 1492: se afirma que el temerario genovés conocía la ruta para llegar a aquel mondo nuovo porque ya había estado allí algunos años antes.
La hipótesis suena tan alucinante como una novela de ciencia ficción, porque revierte una noción histórica asentada y transmitida durante cinco siglos. Pero hay documentos, rescatados en tiempos recientes y cuestionadores de la historia oficial, que no son fantasías y que inducen sugerentemente a la sospecha.
No es la primera vez que se insinúan ambigüedades en la trayectoria del almirante, pero esta vuelta de tuerca (que no es tan nueva) despierta interrogantes en los que Colón se perfila como un personaje que desafía a los historiadores con una personalidad decididamente enigmática. Recorrer las diminutas habitaciones de la que fue su vivienda familiar, en Génova (de la que quedan sólo dos plantas, ya que las superiores fueron destruidas por bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial), estimula la tentación de actualizar tales enigmas.
La versión oficial hace referencia a la transacción del almirante genovés con los reinos de Castilla y Aragón por medio de las denominadas Capitulaciones de Santa Fe, el contrato firmado por Colón y los reyes católicos para rastrear y conquistar el Quersoneso Dorado, suerte de península agregada a Asia en los mapas de la época, que ostentaba un diseño difusamente parecido a los que después adoptarían los mapas de América del Sur. Hacia allí, pues, se encamina la expedición de las legendarias carabelas, pero a cierta altura del trayecto hacia el hipotético apéndice asiático Colón contradice las indicaciones del instrumental de a bordo y cambia la orientación hacia el Sudoeste. Según ciertos historiadores, éste es uno de los misterios de aquel presunto primer viaje (otra versión consigna que fue Martín Alonso Pinzón quien sugirió el desvío, al que Colón, en un primer momento, se resistió).
Una hipótesis difundida en los albores de este nuevo siglo insinúa una explicación de ese inesperado viraje. El historiador y periodista Ruggero Marino barrunta que el almirante sabía adónde quería llegar, esto es, a unas costas que había descubierto tiempo atrás, en una fecha imprecisa, entre 1485 y 1486, y en las que exitosamente volvió a desembarcar años después, en aquel memorable 12 de octubre. La hipótesis de Marino se basa en dos documentos nada desdeñables: un mapa conservado en el Museo Topkapi de Estambul y una inscripción en la tumba del papa Inocencio III, en la basílica de San Pedro, en Roma.
El célebre mapa de Estambul es el del almirante de la flota turca Piri Reis, quien, en 1513, trazó una cartografía del mundo hasta entonces conocido; se conserva sólo el pliego de las tierras situadas al este y al oeste del Atlántico, en el que se observa la costa oriental de la América meridional. Pero lo que interesa no es el diseño, sino las notas marginales, en las que el cartógrafo declara qué documentos había consultado para trazar el mapa, con una referencia a otro mapa, perteneciente a Colón. Y allí apunta Reis: “Estas costas se denominaron Litoral de Antilya. Fueron descubiertas en el año 890 de la era árabe [1485 del calendario gregoriano]. Y se cuenta que un infiel (sic) de Génova, llamado Colombo, descubrió estos parajes”. El escrito consigna, además, el fracaso de una primera tentativa de Colón de obtener las naves de los reyes de España para consumar la expedición.
El otro documento, más contundente, invocado por Marino para sostener su atrevida revisión, es la lápida de la tumba de Inocencio III, en la que reza esta inscripción: Novi orbis suo aevo inventi gloria, con lo que afirma que, bajo su pontificado, se consumó “la gloria del descubrimiento del nuevo mundo”. El almirante Colombo habría tomado contacto con un continente desconocido mediante uno o más viajes promovidos por Inocencio III, en su origen Giovanni Battista Cybo (nacido en Génova), y financiados por Lorenzo de Medici, llamado El Magnífico, pariente de Cybo.
Inocencio III murió a fines de julio de 1492 y no llegó a enterarse de que su otrora protegido preparaba las naves para volver a zarpar, esta vez desde un puerto español, el de Palos de la Frontera, en Andalucía, del que efectivamente partió el 3 de agosto. Cuando Colón ya se había hecho a la mar asumió el pontificado un Borgia, el papa Alejandro VI; se dice que, con su ayuda (esto es, su consentimiento de guardar silencio), los reyes de España “se apropiaron” del mérito del Descubrimiento: hicieron desaparecer los documentos precedentes y así condenaron al olvido las expediciones anteriores del almirante. A algunas de éstas se alude, de modo genérico, pero significativamente, en el encabezamiento de las Capitulaciones firmadas en Santa Fe: “Las cosas suplicadas y que vuestras altezas dan y otorgan a don Cristóbal de Colón, en alguna satisfacción de lo que ha descubierto en las mares Océanas y del viaje que ahora, con la ayuda de Dios, ha de hacer por ellas...”
Es difícil que estas argumentaciones se impongan –al menos, en el breve plazo– por sobre la versión oficial. En todo caso, la discusión en torno de la validez de documentaciones que van saliendo a la luz pone sobre el tapete la vidriosa elección de la información previa sobre la que se construye el discurso histórico, esto es, sobre qué bases se consignan para la posteridad (aunque a veces no para siempre) acontecimientos fundamentales de la historia de la civilización.
Y, además, incrementa el carácter enigmático del legendario almirante, de quien –por lo demás– se ignora la fecha exacta de su nacimiento y todavía no se sabe si sus restos yacen en Sevilla o si, en cambio, están sepultados en Santo Domingo. El señor Domenico Colombo estaba lejos de sospechar que, medio milenio después del día en que vino a habitar esta casa genovesa –en un lejano 1455–, se seguiría discutiendo acerca de las funambulescas andanzas de su hijo Cristoforo.




