
El español en el mundo
Por Mauricio Alice Para LA NACION
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Miesntras que en la lista mundial de lenguas más habladas figura en tercera o cuarta posición, según la fuente consultada, con casi 450 millones de hablantes nativos, el español es hoy lengua oficial en veintiún países, que cubren una superficie de 11 millones de kilómetros cuadrados, con aproximadamente 100 millones de personas que lo hablan como su segundo idioma. El español es uno de los idiomas oficiales de la Organización de las Naciones Unidas y de sus organismos, así como de otras organizaciones internacionales, tales como la Unión Europea o la Unión Africana. En la Organización de los Estados Americanos, el español es uno de los cuatro idiomas oficiales y el de mayor uso en sus reuniones y documentos de trabajo.
Si bien el español es un idioma de alcance global, dista aún de alcanzar la preeminencia que tiene el inglés. Su expansión, a diferencia de este último idioma, no ha tenido la proyección y el estímulo de una nación y de una cultura que lo ha convertido en dominante en el mundo entero. La distancia entre uno y otro idioma, desde el punto de vista de su uso y proyección, se explica por sí misma. Ninguna de las naciones que hablan español como primer idioma es una potencia mundial. Su peso científico o económico en el mundo es bajo comparado con otras lenguas, como el alemán, el francés o el japonés.
En un estudio publicado en la revista Science se anticipa que en el decenio de 2050 el español, que ha registrado un crecimiento sostenido desde 1950, será hablado por alrededor del 6% de la población mundial, superando al inglés, que del 9% que tiene actualmente caería hasta algo más del 5%, según el mismo estudio.
La expansión del español se explica en gran medida por el desplazamiento y el crecimiento demográfico evidenciado por las comunidades hispanohablantes en el mundo, que se extiende hoy por cinco continentes. Uno de los casos más significativos de esta proyección se da en Estados Unidos, donde en 2000 más de 20 millones de personas hablaban español (10,5%), lo que muestra un incremento del 66% desde 1990. Según el último censo, el español se ha convertido en el segundo idioma, con 35.300.000 hispanohablantes, de un total de 281.000.000 (un 12,6%). Según las estimaciones, esta cifra podría duplicarse hacia 2050.
Con el uso de la tecnología, el español se ha consolidado como uno de los idiomas más importantes dentro de las denominadas "autopistas de la información", convirtiéndose en uno de los más usados en la comunicación internacional. Algunos lo ubican como el tercer idioma oficial en el campo de la política internacional, de la economía y de la cultura. No puede soslayarse la importancia que adquiere la expansión del español en función de su producción económica. Así, según un estudio del que participaron el Instituto Cervantes y la Real Academia de Ciencias, la lengua española genera el 15% del PBI en España. Ello no sorprende si se tienen en cuenta los ingresos que genera su uso en la educación, publicaciones, traducciones o publicidad, para citar algunos ejemplos.
Joseph Nye Jr. escribió un trabajo que se hizo célebre entre los estudiosos de política exterior y relaciones internacionales en el que expuso su teoría de lo que denominó soft power o "poder blando". Dentro de esa elaboración, en clara referencia a los Estados Unidos, el concepto de "poder" tiene dos componentes: el "duro" o hard -que es la expresión del poder militar y económico- y el "blando" o soft, que, a diferencia del anterior, constituye un modo indirecto de ejercer el poder. Según Nye, el poder blando es una fuente de influencia que se apoya en la habilidad de persuadir y atraer. Frente a la coerción del poder duro, surgen la persuasión y la atracción que proyecta el blando. "Si un país puede hacer que su poder aparezca como legítimo ante los ojos de los demás, encontrará menos resistencia a sus deseos. Si su cultura y su ideología son atractivas, los otros lo seguirán voluntariamente", postula Nye.
Claro que Nye no descubrió nada nuevo, pues su postulado ha sido la base de lo que se conoce como "diplomacia pública". Esa expresión fue acuñada por primera vez a mediados de 1960 por el decano de la Fletcher School of Law and Diplomacy, Edmund A. Gullion, que al explicar su sentido escribió: "Incluso más allá del órgano de gobierno establecido para manejar información acerca de los Estados Unidos y para explicar nuestras políticas, lo que es importante hoy es la interacción de grupos, pueblos y culturas más allá de las fronteras nacionales, influyendo la forma en que grupos y pueblos en otros países piensan sobre asuntos externos, reaccionan a nuestras políticas y afectan a su vez las políticas de sus respectivos gobiernos" (1967). Con el tiempo, la diplomacia pública también fue asociada con el término "propaganda", en función de algunos de los objetivos que guiaban su promoción.
La proyección que la cultura de los Estados Unidos, sus valores y principios han tenido a través del tiempo se evidencia en el influjo que ejercen a nivel global en un sinnúmero de países. La denominada "democratización de la tecnología" ha contribuido significativamente a esa proyección, convirtiendo al idioma inglés en un poderoso vehículo de educación y conocimientos, pero también de comunicación y de persuasión. Otros países, como Alemania, Francia o Gran Bretaña, entendieron el significado que la promoción de la cultura nacional tiene como una de las herramientas de que se vale la diplomacia, al establecer o financiar centros destinados a la difusión de aquélla. Dentro de esa labor se incluyen los cursos de idiomas, los intercambios de estudiantes y profesores entre diversos establecimientos educativos y las exposiciones o difusiones más variadas del arte nacional. No se pueden negar los beneficios que esta labor ha traído aparejados para sus difusores a lo largo del tiempo. Para entender cabalmente una cultura y comunicarse con su gente es indispensable conocer primero su idioma.
Teniendo en cuenta la relevancia cada vez mayor que adquiere a nivel global el uso del español, cabría preguntarse acerca de la enorme utilidad que esto tiene a la hora de proyectar una determinada cultura, expandir su utilización y comunicar ideas, conocimiento y, quizás, alguna forma de persuasión. La pregunta que se impone es qué país o grupo de países hispanohablantes sabrán sacar provecho de esa proyección. En otras palabras, qué Estados o asociación de éstos desarrollarán un "poder blando" para proyectar sus intereses, deseos y necesidades, sean éstos individuales o colectivos. Los Estados hispanohablantes deben adoptar esto como una consigna y prepararse para gozar de los beneficios que un liderazgo en el ejercicio de ese "poder blando" puede conseguir.
La noción tradicional y la capacidad del Estado-nación han sido redefinidas por las fuerzas de la globalización. El poder en la era de la información global es hoy menos tangible y se ejerce de manera menos coercitiva. La persuasión es un vehículo y una herramienta de relevancia para ejercer la influencia que todo Estado necesita a la hora de promover la aceptación y el apoyo de sus intereses nacionales en el concierto de naciones.
La reconfiguración del mapa lingüístico mundial, en función de las tendencias demográficas, las modernas tecnologías de la comunicación y su acceso a un número cada vez mayor de personas, podría traer aparejado un replanteo en la importancia y los efectos que la proyección de la cultura conlleva, sobre todo por medio del idioma, como base para el reacomodamiento o surgimiento de nuevos centros de poder, entendiendo éste en la concepción "blanda" que define Nye.




