
El estigma de ser turco
Los inmigrantes que llegaron de Turquía y sus descendientes forman una comunidad de tres millones de personas en la Alemania unificada. Sin embargo, la integración está lejos de ser una realidad: los atentados racistas que sufren periódicamente acentúan el aislamiento y fomentan en los jóvenes un mayor acercamiento al islam.
1 minuto de lectura'
Berlín.- CABEZA DE TURCO fue el libro que, en 1985, causó el mayor escándalo en una Alemania todavía dividida por el muro de Berlín.
Llevaba la firma de un reputado iconoclasta, el periodista Gunther Wallraff, que vivió durante un año camuflado como inmigrante turco ilegal utilizando lentes de contacto oscuros, tiznándose la piel y hablando un alemán entrecortado. Las desventuras del indefenso Alí, su nombre de batalla, se iban convirtiendo, con el correr de las páginas, en un lento descenso al infierno de la sociedad industrial. Y los lectores alemanes descubrían que la explotación y el racismo no eran patrimonio del pasado.
El libro, trece años más tarde, ha envejecido irremediablemente. Pero la actualidad y el futuro de la comunidad turca siguen siendo los temas más candentes de la Alemania reunificada. Tres millones de turcos viven actualmente en su territorio, según las últimas estimaciones oficiales. Sin embargo, la integración está lejos de ser una realidad.
Las razones son muchas. Por un lado, el acrecentamiento de la comunidad turca ha tenido como consecuencia el surgimiento de una verdadera economía dentro de la economía nacional.
Por otro, pesa la desconfianza oficial. No es casual que el gobierno de Helmut Kohl le haya bajado el pulgar a Turquía como potencial candidato a formar parte de la Unión Europea (UE). Alemania teme una invasión de inmigrantes de ese país tras un hipotético ingreso en la UE.
Las medidas para adoptar la nacionalidad del país europeo, para sumar otro grano de arena, siguen siendo restrictivas. Sólo el cuatro por ciento de aquellos hijos de turcos nacidos en Alemania ha podido adquirirla. En Berlín, el cincuenta y nueve por ciento de ellos se dice dispuesto a solicitarla, pero los partidos políticos no se ponen de acuerdo: la doble nacionalidad es un tema básico que está en discusión desde hace años. Incluso después de las concesiones hechas por Turquía, a principios de año, como la eliminación de la ley que obligaba a renunciar para siempre a la nacionalidad turca si se adoptaba otra. Por el momento, Alemania sigue admitiendo como principal criterio de naturalización el derecho de sangre.
Hace algunos años, Theo Sommer, periodista del diario Die Zeit, hizo un cálculo futurológico todavía válido: "Cada mes, catorce mil personas presentan un pedido de naturalización. Sólo una ínfima minoría lo obtiene. Si todo continuara al ritmo del período 1977-1990, serían necesarios doscientos treinta años para que todo el mundo obtuviera un pasaporte alemán. E incluso teniendo en cuenta los progresos logrados en los últimos tiempos, se necesitarían unos ciento diez años".
Trabajadores invitados
La historia de la inmigración turca en Alemania tiene antecedentes en los comienzos de siglo; pero fue sólo después de la Segunda Guerra Mundial que comenzó a tomar volumen real. En esos años en que el país gozaba de un inesperado boom económico se hizo obligatoria la mano de obra extranjera para ayudar a reconstruir -literalmente- el país.
Alemania firmó tratados especiales con distintos Estados para invitar a trabajar a ciudadanos de otras naciones por períodos determinados que alcanzaban hasta los cinco años. Turcos en su gran mayoría, pero también españoles, italianos y portugueses. Las familias de inmigrantes temporarios, atraídos por las mejores condiciones de vida, terminaron quedándose, poco a poco. El país que los había acogido, que carecía aún de una legislación clara al respecto, no tenía tampoco instrumentos para hacerlos volver a sus lugares de origen.
Wrangelstrasse, en el berlinés barrio de Kreuzeberg, es considerada la calle turca por antonomasia de la futura capital alemana. En los últimos años la zona ha sido elegida también por artistas de vanguardia y bohemios para instalar sus lofts . Pero hasta 1989 era el barrio de la mayoría de las familias turcas de Berlín. Por la simple razón de su buen precio: quedaba a un costado del Muro.
Hoy, los bares, con sus grandes carteles en turco que recuerdan esquinas de Estambul o Ankara, también se han extendido a Schönebeck, Wedding o Spandau. En ellos, a partir de la tarde, empiezan a mezclarse las distintas generaciones de turcos-alemanes. La vieja guardia habla todavía un alemán defectuoso, más apegada a sus costumbres tradicionales. También la segunda y la tercera generación que, en cambio, dividen su tiempo entre estos lugares típicos y las discotecas donde se escucha música tecno... en árabe.
Los jóvenes se diferencian ligeramente en la vestimenta de cualquiera de sus pares alemanes de su edad, pero gustan portar insignias o símbolos que resaltan su diferencia. El setenta por ciento habla un alemán impecable, salpicado de palabras de origen turco que dieron origen a un nuevo argot. Viviendo en ese limbo geográfico y lingüístico no dudan, sin embargo, sobre su origen. Ser turco es hoy para ellos un orgullo. "¿Alemán? No, soy turco de la cabeza a los pies", dice Hamet, detrás de la barra del bar que atiende, más con gestos que con palabras.
Pero cuando estos jóvenes vuelven al país de donde provienen sus padres -un rito entre las familias más acomodadas- se produce un cortocircuito. "Disfruto mucho cuando voy a Turquía, pero sin duda no podría vivir allá", afirma Perin, una muchacha, hija de madre turca y padre macedonio.
La tentación musulmana
Para el alemán medio, sin embargo, el rasgo que distingue a los tres millones de turcos que habitan hoy su país (trescientos mil de los cuales se encuentran en Berlín) es la religión. A pesar de todo -y si bien el islam se ha convertido en el segundo credo tomando el cristianismo en conjunto-, nada indica que haya que reducir todo a la ecuación: turco=devoto religioso. Especialmente en Berlín y entre las nuevas generaciones. Según una encuesta efectuada por la Auslanderbeauftragte del Senado de Berlín, el órgano oficial encargado de la protección de los extranjeros, el 50,7 por ciento de los turcos menores de 25 años se considera distanciado de la religión, mientras que el 11,2 por ciento solamente confiesa seguir de cerca los preceptos del Corán o hacer sus plegarias cotidianas.
El estudio contradijo duramente un mito extendido en Alemania, basado en otros informes especiales. En particular, uno del Ministerio del Interior que aseguraba, hace un año, que el fundamentalismo musulmán gana adeptos rápidamente en la diáspora turca y que el cincuenta por ciento de los turcos consideraba que "el islam es incompatible con la Constitución alemana". Iba aún más allá al afirmar que el islamismo era la amenaza número uno para el futuro de Alemania. En caso de un conflicto con un Estado árabe, esa "quinta columna" interna haría correr graves riesgos a la nación.
Después de Solingen
Si la comunidad turca, a principios de esta década, parecía en vías de una integración gradual, hubo un hecho clave que invirtió el proceso. El sentimiento de pertenencia a la comunidad volvió a reforzarse después de 1993. Ese año el criminal atentado racista de Solingen, durante el cual murieron en las llamas dos mujeres y tres niñas turcas, marcó a fuego la conciencia de los turcos alemanes.
Entre los no practicantes, el sentimiento de descubrir que, después de tanto tiempo aún no eran aceptados por ciertos grupos violentos, provocó un respeto más profundo hacia el islam.
Feridun forma parte del once por ciento de los jóvenes turcos berlineses que ha vuelto a las fuentes. "La mejor manera de reafirmar ese sentimiento es no olvidar, como pasa con mucha gente, que nuestra religión es nuestra fuerza", afirma.
"A diferencia de otros gastarbeiter que decidieron permanecer, como los españoles, los portugueses o los italianos, los turcos no tenían aquí una religión que los ayudara. Estaban solos, sin protección ni nadie a quien recurrir. En un comienzo, el islam ha sido para ellos una manera de reafirmar su identidad. Ahora, después de aquellos ataques, la historia vuelve a repetirse para parte de las nuevas generaciones que quieren reafirmar su valor. Aunque eso no se traduce, como a veces se cree, en fanatismo religioso", comenta Udo Steinbach, director del prestigioso Deutsches Orient-Institut, en Hamburgo, y uno de los especialistas más consultados en Alemania sobre el tema.
A diferencia de lo que ocurre en Berlín, el acercamiento a la religión como refugio es, en cambio, más fuerte y pronunciado en otras regiones. Es el caso, por ejemplo, de zonas industriales que han sufrido una merma en los puestos de trabajo en las fábricas automotrices o en las minas, como Duisbourg o Colonia, donde se encuentra una amplia colonia turca y que es sede de los cuarteles de las distintas organizaciones de la comunidad. Allí, más que en ningún otro lado, los jóvenes se sienten amenazados por la precariedad de la existencia y por el desempleo, que alcanza en su comunidad el veinticinco por ciento, un diez por ciento más que el que se registra entre los alemanes.
"No hay que dejar que se formen guetos. Esa es la prioridad -subraya Steinbach-. Es una tendencia que se observa cada vez más en esas regiones. Hay que evitar ese acto reflejo que puede volver frágiles y vulnerables a las comunidades turcas, y, en algún sentido, también peligrosas."
La integración real, estiman los especialistas, sólo será posible dentro de dos o tres generaciones. Sin embargo, existen personas más optimistas. Es el caso de Cem Ozdemir. Diputado por el Partido Verde alemán, este joven pedagogo de 28 años es el primer hijo de turcos en llegar al Parlamento y alguien que afirma estar convencido de que su trabajo en función de la integración rendirá sus frutos en un futuro mucho más cercano. "Aquí hay políticos que se llaman Lafontaine o Wishnewski. A la larga, en Alemania nos acostumbraremos también a que haya nombres que hoy suenan tan extraños, como Ozdemir".
Por Pedro B. Rey
La organización
EL poderío de la comunidad turca en Alemania se refleja hoy no sólo en la proliferación de cadenas televisivas y diarios en su idioma, sino también en la multiplicación de sus organizaciones, tanto religiosas como sociales. Inexistentes en las primeras décadas de inmigración, estos grupos se desarrollaron prodigiosamente a partir de los comienzos de la década de los ochenta. La mayoría tiene sus cuarteles generales en la ciudad de Colonia, en el oeste de Alemania, pero sus sucursales se extienden por todo el territorio de la antigua Alemania Federal.
Frente a distintas organizaciones que trabajan codo a codo con pares alemanes, se encuentran aquellas que tienen intereses religiosos o políticos, verdadero símil de las existentes en el país de origen.
La Ditib es el organismo religioso que depende directamente de la embajada turca. Su imán, que no habla una palabra de alemán, es importado directamente desde Ankara y su papel, según distintos especialistas, es sólo uno: velar por la ortodoxia de la comunidad.
En el otro ángulo se encuentran grupúsculos ambiguos, como Milli Gorus, sospechado de fundamentalista y de mantener estrechos lazos con la agrupación política de Necmettin Erbakatan, antiguo primer ministro turco y cuyo partido fue declarado ilegal a principios de año. Milli Gorus es la organización islámica más militante y cuenta con veintiséis mil adherentes declarados. Una cifra proporcionalmente importante, si se toma en cuenta que en toda Alemania hay 32.000 militantes musulmanes.
Copyright © 1998 La Nación | Todos los derechos reservados



