
El euro y los fantasmas de la inflación
Por Sebastián Alvarez Murena Para LA NACION
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ROMA
Hace unos veinte años, el pedido tradicional de los argentinos que se habían mudado a Roma a los que venían de visita era que trajeran yerba. Cansados del delicioso pero instantáneo placer del caffé ristretto , nuestros compatriotas anhelaban la prolongada y tranquilizadora (es un decir) caricia de nuestra infusión nacional. Los más golosos o los que, deprimidos por la lejanía, necesitaban ahogar sus angustias pedían también dulce de leche. Los abusadores llegaban hasta a pedir dulce de membrillo y tapas para empanadas.
La cuestión era que los argentinos recién llegados desconocían la existencia de un negocio en la Via Cola di Rienzo, donde se venden todos estos preciados productos nacionales, junto a las perlas de la corona culinaria de otros países igualmente exóticos, como las Filipinas, Corea, México y los Estados Unidos.
El negocio, auténtico almacén de ultramarinos, también brillaba como tienda de Delikatessen en el agradable y provincial ambiente culinario romano, una suerte de Fauchon de la Urbe. La cornucopia de especialidades ofrecida por el establecimiento es sin duda una colección de magdalenas de Proust para todos los extranjeros que, saturados de pasta y cordero al horno, desean recordar el terruño y la infancia, feliz por definición, a través de los sabores.
El único problema de esta operación eran los costos. El que entraba en la tienda se exponía al riesgo de gastarse todos los fondos para las compras de la semana en sabrosos recuerdos de su tierra natal. Por esto, era interesante ver cómo cada pueblo compraba lo exclusivamente esencial para su supervivencia cultural: arroz para sushi los japoneses, ardientes chipotles y oscuro huitlacoche los mexicanos, ambarino jarabe de arce los norteamericanos y, como decíamos, honesta yerba mate los argentinos, tratando de no dejarse tentar demasiado por otras cosas, cuestión de no volver a casa totalmente arruinados.
Hoy en día, este revelador fenómeno ha cambiado. Los precios de la tienda de ultramarinos, antaño de lujo, poco difieren de los de un normal almacén de barrio, aunque la selección de productos sigue igual de variada y tentadora. Y ahora, finalmente, pueden verse felices hordas de rostros pálidos, amarillos, café con leche, marrones y azules hacer sus compras de la semana sin el timorato respeto del pasado.
¿Maravillas de la globalización, que hace que todo sea barato y asequible? Nada de eso: se trata de algo mucho más simple y a la vez misterioso. La relativa democratización de los productos importados se debe a la inflación en la Italia del euro.
De eso no se habla
"Vamos -podría pensar el lector argentino-, si para nuestra tradición la inflación de Europa es un chiste." Pues bien, el lector se equivocaría, pues estaría pensando en la inflación oficial, la que se declara, y no en la oleada de aumentos que ha habido en la mayor parte de Europa desde la introducción del euro como moneda corriente, a principios de este año.
Lo que pasó con la tienda de ultramarinos fue un efecto secundario. Sus precios no bajaron: fueron todos los demás los que subieron desvergonzadamente. Por motivos de mercado, se imagina uno, los productos que en su momento ya eran caros no pudieron aumentar demasiado. Así, no sólo los alimentos exóticos, sino también los suéteres de cachemira, los zapatos hechos a mano y los viajes en avión irónicamente parecen baratos al lado de los nuevos precios de la vida cotidiana.
Oficialmente no se habla de este fenómeno. La inflación se calcula según el precio promedio de más de quinientos productos, incluidos algunos bienes de lujo. Hasta hace no demasiado tiempo, la "canasta familiar" oficial de Italia incluía cosas que ya no reflejaban las costumbres de los italianos: vermut (que ya nadie toma), acordeones y máquinas de coser. Los parámetros de medida se corrigieron hace poco, pero esto no bastó para dar una imagen certera del costo de la vida y la composición de la canasta sigue dando que hablar.
Pero, entonces, ¿qué pasó?
Lo que realmente pasó fue que debido al valor de casi 2000 liras que se le adjudicó al euro en el momento de su creación (y es legítimo preguntarse cómo se hizo ese cálculo, y basándose en qué datos), la unidad de base de la moneda que se usa todos los días, las mille lire , pasó a valer el doble. Antes, el pedido clásico de los adolescentes necesitados de dinero para cigarrillos u otros menesteres era: C´hai mille lire? Ahora es: C´hai un euro? , casi el doble.
En el momento de la salida a la calle de la moneda única, el consejo de los "expertos" italianos era que cuanto antes había que dejar de hacer cálculos pasando por la lira, para llegar rápidamente a pensar en euros.
Podemos pensar que el experimento salió bien, pues en algunos casos extremos parecería que los comerciantes, para no provocarles demasiados traumas a los consumidores, simplemente hicieron una conversión cercana al uno a uno: mil liras igual a un euro.
Sabemos que los costos inmediatos de la vida cotidiana son el hacer las compras, pagar el alquiler y los servicios. Pero también hay toda una serie de pequeños gastos "escondidos" o de alguna manera obligatorios, como la comisión que se paga para sacar efectivo de un cajero automático, o la nueva "necesidad" de tener un teléfono móvil. Y también hay algunos modestos lujos que hacen parte de la vida normal, como ir al cine, salir a comer por ahí o tomar un taxi de vez en cuando. Es en estos dos tipos de actividades "esenciales" donde se puede notar la real inflación de Italia. Cuando antes se salía a hacer las compras con cincuenta mil liras, ahora se sale con cincuenta euros, casi el doble, y, por cierto, se gasta una buena parte de ellos en comprar lo mismo. Si antes una comida en una trattoria modesta salía unas veinticinco mil liras, ahora puede salir unos veinte euros, a veces veinticinco.
Quejas del hombre de la calle
Seguramente las fuentes oficiales podrían contradecir estas afirmaciones con estadísticas. Pero la verdad es que, según la voz de la calle, la vida cotidiana en varios países de la Unión Europea ha pasado a costar al menos un 20 por ciento más. Y hay quien habla de números más altos, como cierto cajero de banco aficionado a las estadísticas, que elaboró su propio cálculo de la inflación basándose en su experiencia diaria: según lo que le dicen sus clientes, el costo de la vida en Roma aumentó un 30 por ciento en lo que va del año.
Estas consideraciones son fruto de la experiencia personal, y de muchas conversaciones al respecto con italianos, franceses y españoles. Aun no pudiendo probar lo verídico de estas afirmaciones con el resultado de una auténtica encuesta, queda el hecho de que si el rabioso aumento del costo de la vida se ha vuelto un tema común de conversación, alguna fondo de verdad tiene que haber.
Se decía que una de las ventajas del euro iba a ser la mayor competitividad que iba a generar. Finalmente los consumidores iban a poder comparar fácilmente los precios en Europa y, digamos, constatar que una computadora costaba menos en Francia que en Italia, cosa que llevaría a los comerciantes a uniformar sus precios con los más bajos. Simple y eficaz, ¿verdad? Pues nada de eso, porque lo que parece haber sucedido es que los precios sí se uniformaron, pero en el nivel de los más altos.
Repito que lo que escribo es fruto de la experiencia personal y posiblemente, cuentas oficiales en mano, pueda demostrarse que me equivoco. Lo que sí es verdad es que el costo de la vida en Italia parece haber subido a un poco menos que el doble, y para comprobar que esto no es sólo una sensación, basta interpelar al bien conocido hombre de la calle. O, por diferencia, ir a hacer las compras a la Via Cola di Rienzo y organizar una comida exótica. Eso ya no sale tan caro.
El autor, un argentino radicado en Roma, se especializa en entrevistas y notas de viajes.





