El fandango de la discordia
4 minutos de lectura'


Hay, entre otros, dos fenómenos universales que se establecieron en Buenos Aires con una raigambre sólida. El primero es el teatro. Ni falta hace decir la cantidad de escenarios, obras y actores que se multiplican en la urbe porteña. El segundo, y lo digo aprovechando que casi estamos en febrero, es el carnaval.
Pues bien, estas dos instituciones culturales tienen una condición en común: ambas son milenarias. Y, como no podía ser de otra manera, las funciones teatrales y las carnestolendas también estuvieron presentes desde los primeros años de este poblado perdido en el sur del mundo, a la vera de un río color de león.
Si bien existieron representaciones dramáticas en la Buenos Aires de siglo XVI y comienzos del XVII, especialmente en colegios y misiones dirigidas por jesuitas, el primer teatro de la ciudad fue el llamado de La Ranchería. Se estableció en la esquina de San Carlos y San José, hoy Alsina y Perú y su construcción fue encargada al empresario Francisco Velarde por el Virrey Juan José de Vértiz y Salcedo.
La sala se inauguró en 1783, el 30 de noviembre (hoy ese es el día Nacional del Teatro) y recibió pronto ese nombre pues se trataba de un gran galpón de paredes de madera y techos de paja, de aspecto nada ostentoso. El historiador Enrique Puccia cuenta en Breve historia del carnaval porteño que había una entrada diferenciada de dos reales para las familias pudientes y la mitad para los pobres y la gente de color. Parte de lo recaudado, además, se donaba a la Casa de los niños expósitos.
Para subrayar el costado aleccionador del teatro, en el telón de este primer coliseo se leía la frase latina: “Ridendo Corrigo Mores” (“Riendo corrijo costumbres”). Allí se interpretaron clásicos españoles, pero también se realizó la primera obra escrita por un criollo: Siripo, de Manuel José de Lavardén.
En un principio se habló aquí del carnaval. Este es el momento en el que los dos universos se juntan. Sucedió que el mencionado Vértiz, hombre práctico y activo, no estaba conforme con la recaudación de la sala teatral y entonces se le ocurrió una manera efectiva y rauda de juntar más dinero: la alquilaría en febrero para los bailes de carnaval.
Fue de esta manera como, oblando la suma de 2000 pesos, cualquiera podría organizar allí fiestas carnavalescas. Se trataba básicamente de bailes de máscaras, encuentros donde se practicaba una danza que, como se titularía ahora, era furor en aquella sociedad virreinal: el fandango. El problema fue que este baile tenía cierta fama de impúdico, e incluso había sido prohibido en épocas anteriores. El propio Giácomo Casanova, que conoció esta danza en España, dijo que ella “arde, inflama y cautiva”.
Sin embargo, lo que el célebre seductor italiano señalaba como virtudes del fandango, para otros, eran motivo de perdición. Fue así como, en Buenos Aires, el fraile José de Acosta, párroco de la iglesia San Francisco, fustigó ese baile desde el púlpito. Lo trató de “lasciva danza” que “ha marchitado las cándidas flores”, en referencia a las mujeres. La Ranchería, para el religioso, era “ese lugar de liviandad y locura (donde) se han perdido las almas”.
Siempre siguiendo a Puccia, Vértiz no toleró la intromisión punzante del cura en un asunto que, de alguna forma, había promovido él. Así que desterró al fraile de Buenos Aires y ordenó a otro párroco, Antonio Oliver, que hiciera un sermón de desagravio contra las sentencias de su antecesor. Pero este sacerdote se pasó para el otro lado: al intentar quitarle dramatismo al asunto, señaló que “el señor baile puede contraer matrimonio con la señora diversión”.
Esta vez, los fiscales de indias que seguían el caso pidieron sanciones para Oliver porque había establecido “un maridaje sacrílego y burlesco ajeno a la majestuosa gravedad del púlpito”.
El primer coliseo porteño terminó destruido por un incendio en 1792. Pero, paradójicamente, maridados o no, el fuego del teatro y de los carnavales de la ciudad de Buenos Aires no se apagaría jamás.









