
El fin de la utopía capitalista
EL jueves último cundió la división a propósito de la reforma laboral. Tironeada entre los dirigentes tradicionales que acordaron con el Gobierno para salvar sus aportes gremiales y los dirigentes combativos más auténticos pero reñidos con el modelo económico vigente, la CGT se partió en dos. Representantes de las Pyme salieron a batallar del lado de los combativos y contra los grandes grupos empresarios. Hasta el bloque de diputados de la Alianza exhibió su primera fisura cuando miembros destacados, como la radical Elisa Carrió y los frepasistas Alfredo Bravo, Héctor Polino y Alicia Castro, votaron contra la reforma laboral.
El jueves fue, también, la primera vez que el presidente De la Rúa tuvo que vérselas con una manifestación obrera en las calles. Muchos recordaban los trece paros que le hizo la CGT al presidente Alfonsín. Esta vez, el despliegue del sindicalismo dividido fue menor, pero no es un signo tranquilizador que un gobierno que sólo tiene setenta y cinco días de vida y goza todavía de su "luna de miel" con la opinión pública ya haya tenido que enfrentar un duro plan de movilización.
Cuando los sindicatos, los empresarios y hasta el bloque oficialista se dividen, señal es ésta de que en su interior se ha instalado una duda existencial. ¿Acerca de qué? Todo parece indicar que, a diez años de haber adoptado el modelo económico capitalista, el país todavía no sabe si en verdad lo quiere.
El camino hacia una economía abierta y competitiva se ha vuelto poco transitable. Síntomas como el desempleo, la recesión y el cierre, adelgazamiento o emigración de empresas nos siguen acosando. Pero más grave aún es que se multipliquen los gestos de añoranza por la economía cerrada que habíamos abandonado. No es el menor de ellos que el gobernador Ruckauf haya anunciado el retorno del "compre nacional", agregándole la intención de boicotear a las empresas argentinas que se mudan al Brasil.
¿Vuelve entonces el proteccionismo? No necesariamente, porque también se observa que, cada vez que los críticos del modelo capitalista son acusados de mirar atrás, lo niegan enfáticamente.
Nadie quiere revertir el reloj de la historia. Pero a pocos les gusta cómo va la historia. Los argentinos estamos empantanados en la tierra de nadie que se estira entre la caótica economía cerrada a la que nadie quisiera volver y el pleno capitalismo de la competencia sin resguardos que muchos sufren y casi todos temen.
¿Qué es el capitalismo?
Quizá nos habíamos hecho una idea errónea acerca del capitalismo. Quizás habíamos concebido una utopía capitalista. Quizá sea ésta y no el verdadero capitalismo la que hoy naufraga en nuestras mentes.
Cuando Menem y Cavallo lanzaron la reforma económica, el país venía tan castigado por el tumultuoso final de la economía cerrada e inflacionaria que lo había caracterizado, que creyó que el giro de ciento ochenta grados hacia la economía capitalista de los países avanzados le traería frutos abundantes e inmediatos. Habíamos abandonado el infierno del estatismo inflacionario. Entraríamos de lleno en el paraíso del capitalismo desarrollado. Pero ahora padecemos el agudo dolor del purgatorio que no habíamos imaginado.
El capitalismo no es eso que habíamos soñado. No es un sistema perfecto y ni siquiera bueno. Al capitalismo habría que aplicarle la definición que alguna vez propuso Winston Churchill para la democracia: "Es el peor de los sistemas conocidos, con excepción de todos los demás".
El ser humano es imperfecto. Produce, por lo tanto, sistemas imperfectos. Desde el momento en que sólo el capitalismo ha generado el desarrollo económico y ha erradicado efectivamente la pobreza en los países que hace tiempo lo adoptaron, debería decirse de él que es el menos imperfecto de los sistemas conocidos. Los que lo critican con entera razón no han logrado, pese a ello, reemplazarlo.
Se habla de un capitalismo con rostro humano. Pero esta meta no está a la vuelta de la esquina. A ella han llegado los países europeos más avanzados, pero sólo después de décadas de enconado esfuerzo. A él no ha llegado todavía ni siquiera el capitalismo norteamericano, donde aún rige la ley de la competencia sin anestesia para empresarios y trabajadores. El resultado de este contraste es que los Estados Unidos crecen tres veces más rápidamente que Europa pero pagan un precio social por hacerlo. A cambio de no garantizarles la estabilidad, crean millones de empleos a sus habitantes y a sus inmigrantes. Europa sólo conserva los empleos que tiene, padece una alta tasa de desempleo y no quiere a los inmigrantes. ¿A cuál de estos dos modelos deberíamos acercarnos nosotros? Si ya tuviéramos un ingreso de 25.000 dólares o más por habitante, como los países europeos más avanzados, quizá podríamos resignarnos a un crecimiento casi nulo para darle un rostro humano al capitalismo. Pero, con apenas 8000 dólares por habitante, necesitamos crecer mucho más que los propios norteamericanos.
Puede haber, en el futuro, un capitalismo tardío que frene el feroz rigor de la competencia para acomodar a todos en una vida agradable y segura. Pero los argentinos no estamos alojados en el cielo sueco o suizo, sino en el imprevisto purgatorio del capitalismo inicial.
La Argentina y España
Al iniciar hace diez años el camino capitalista, concebimos al mismo tiempo la utopía de un capitalismo indoloro e instantáneo. Cometimos, en otras palabras, un grave pecado de frivolidad.
¿Qué habría pasado si hubiéramos evaluado con realismo el duro camino que nos esperaba? Sabedores de que la utopía no estaba a la mano, habríamos preparado más conscientemente nuestra jornada.
Les habríamos dicho a nuestras empresas, por ejemplo, que el Estado les daría un apoyo transitorio hasta que estuvieran listas para competir, so pena de dejarlas en el camino si vencido ese plazo no lo estaban. Habríamos advertido a millones de trabajadores que sus empleos corrían peligro, capacitándolos para cambiar de curso cuando fuera necesario. Habríamos cuidado con esmero los escasos recursos del Estado para aliviar los dolores de la transición, por ejemplo mediante un fondo de desempleo para los jefes de familia que nos sigue faltando. Habríamos creado agencias serias de regulación de los servicios públicos privatizados.
El camino, igual, hubiera sido duro. Pero no es lo mismo escalar el Aconcagua habiéndose preparado escrupulosamente que partir alegremente hacia la cumbre después de una fiesta de egresados.
Pensemos en España. Ella, como nosotros, venía de un proteccionismo paralizante. Cuando ingresó en Europa, se abrió a una feroz competencia para la cual sus empresas no estaban preparadas. Pero planificó cuidadosamente la transición. Se abrió gradualmente al mundo nuevo. Sufrió un desempleo del 24 por ciento, pero había juntado fondos para subsidiarlo. Hoy España es el país al que mejor le va en Europa. Cruza el puente. Hace el esfuerzo.
España es el menos rico de los países desarrollados. Necesita, todavía, crecer impetuosamente. El paraíso sueco o suizo aún le queda lejos. La Argentina es el menos pobre de los países subdesarrollados. No puede soñar siquiera con el paraíso. Lo que puede hacer es asumir responsablemente el purgatorio del que España saldrá antes que ella porque supo enfrentarlo.






