
El fin del silencio
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El segundo juicio por María Soledad Morales me llevó a hojear mi libreta de notas del año 1990. Encontré algunos textos de distinto carácter escritos en Catamarca cuando cubrí el caso para un semanario de Buenos Aires, y esos apuntes me recordaron que ya entonces estaban a la vista la perfidia y los vicios del poder que, aún hoy, siete años más tarde, siguen mayormente impunes.
Llegué a Catamarca en la segunda quincena de diciembre de 1990. Eran días de treinta y cinco grados a la sombra y lluvias frecuentes. La mayor parte del tiempo, el suelo despedía una bruma azulada que desdibujaba los ángulos y borraba el perfil de las montañas. María Soledad Morales había aparecido muerta cuatro meses antes al costado de una calle polvorienta, lejos del centro. Su cadáver, inclinado sobre el borde de una acequia, mostraba los estragos de las horas transcurridas desde su muerte y las manchas de un revolcón en el barro. La ropa, dicen, estaba hecha jirones.
La gente del pueblo, los vecinos de la familia y algunas amigas del colegio habían levantado un rústico santuario en el lugar donde fue hallado el cuerpo. Fui hasta allí no bien llegué y vi que los peregrinos dejaban ofrendas al pie de una cruz de madera coronada de flores. María Soledad tenía dieciséis años, le gustaban las fiestas como a todas las chicas de su edad y estaba enamorada de un joven que tenía un defecto: no era soltero.
En diciembre, ya con la Navidad encima, el caso había alcanzado repercusión de escándalo, tanto que la extrema provincia norteña se puso de moda. Con la televisión y el periodismo siguiendo las alternativas caóticas y salaces de una causa que no tenía destino, llegaron también los curiosos, con el doble propósito de hacer turismo y permitirse algunas dosis de necrofilia.
En esos aciagos meses que van de septiembre a fin de año pasaron algunas cosas dignas de ser recordadas. La primera de ellas parecía al principio improbable: el asesinato de una adolescente desconocida se había transformado en una bandera política contra el feudo de los Saadi. La segunda fue la deplorable inauguración de una modalidad siniestra en el comportamiento de la policía al servicio de los caciques: embarrar la cancha, alterar las pruebas, pisotear las huellas, confundir los indicios para que el muerto no hablara. La víctima empezó a ser entonces una prenda manipulada, asesinada por segunda y tercera vez en beneficio del desvío de las causas y, eventualmente, en favor del olvido. Un tercer fenómeno consistió en el descrédito de la Justicia. Así arrancaba la última década del siglo en la Argentina, con un escándalo de inmoralidad criminal.
San Agustín vs. Saadi
En 1990, San Fernando del Valle de Catamarca tenía 120 mil habitantes y un núcleo densamente poblado alrededor de la plaza 25 de Mayo. Allí están la catedral y la Casa de Gobierno y algunas confiterías rumbosas; como la Richmond, en el 534 de la calle Vicente Saadi. La clase media acomodada estacionaba sus autos nuevos junto a la vereda y se tomaba copas en las terrazas. Chicos oscuros y harapientos pedían limosna o vendían baratijas de utilidad imposible, mientras mascaban caramelos de "leche dura" o miel de caña cristalizada.
La noche del 27 de diciembre iba a tener lugar la marcha del silencio número quince, encabezada por la monja Martha Pelloni y los padres de María Soledad. Se suponía que esa marcha iría a ser numerosa porque culminaba el año y se habían sumado a ella grupos políticos adversos al régimen de Ramón Saadi. Uno de los hombres preferidos de "Ramoncito" era el comisario Ferreyra, de quien nadie hablaba, salvo por lo bajo.
Yo había intentado alojarme en el hotel Ancasti, en pleno centro, pero todos los cuartos estaban tomados. El Ancasti es un ágora privilegiada -o lo era- para medir la tempertura de los ánimos catamarqueños. La tarde que llegué había un profesor barbado hablando de San Agustín, con referencia al derrumbe moral que afectaba a la provincia. Sus amigos de mesa lo escuchaban distraídamente. A los cinco minutos se desató una trifulca entre partidarios del gobierno y la gente que acompañaba al disertante. María Soledad estaba en el origen de la reyerta, además de los 40 mil despidos que se habían producido en esos días para "limpiar" la administración provincial. Alguien dijo que era inútil que pintaran de blanco la fachada de la Casa de Gobierno: "Blanca por fuera y negra por dentro". Hoy tengo la certeza de que la gente supo desde el primer momento a quienes correspondía la responsabilidad del encubrimiento.
Recuerdo que tomé un taxi y pedí que me llevara al hotel Sussex, en las afueras. El hotel Sussex reproduce la planta de un palacio marroquí, pero sin ninguna de las gracias de un palacio marroquí: hay un inmenso patio central con pileta, rodeado de galerías encolumnadas a las que dan los cuartos. Al hotel lo circunda una pampa arcillosa tupida de arbustos duros, que se va levantando despacio hacia el poderoso contrafrente de las cordilleras. A la noche, había una gran calma y uno se olvidaba de las crueldades de la historia.
Las fotos de Zafe
La tarde del jueves 27 de diciembre volví al centro para registrar los acontecimientos en torno a la marcha del silencio. Esa misma mañana, la fiscal de Instrucción Leticia Llopis había convocado a una conferencia de prensa para informar que sobre la doctora Lila Jovina Zafe, abogada de la familia Morales y mentora de la monja Pelloni, pesaban los delitos de desacato y encubrimiento. Yo había hablado con la abogada Zafe una hora antes y noté que adoptaba una actitud sarcástica cuando se le mencionaban posibles acusaciones. En ese entonces, era difícil intuir lo que hoy se dice sobre el esfuerzo denodado que ella hacía para evitar que aparecieran las sobredosis de cocaína en el cadáver de María Soledad. Si así hubiese sido, el expediente habría pasado a la Justicia Federal. Sin embargo, recuerdo muy bien que todo el mundo mencionaba la droga "como el néctar infaltable en las fiestas del poder".
Lila Zafe era una mujer enérgica a la que movía, aparentemente, una urgencia obsesiva. Me mostró, sobre una mesa de fórmica verde, bucólicas fotos de unas chicas bañándose en un arroyo de montaña; una de ellas era María Soledad y no había allí nada destacable. Ni siquiera indicios gestuales de seducción o apariencias de nínfula. María Soledad era una jovencita común que se divertía con sus amigas una mañana de verano. Otra foto de ese manojo que exhibía la abogada Zafe mostraba a la víctima soplando las velitas en uno de sus cumpleaños. Luego se la ve con sus compañeras del Colegio del Carmen. No había nada que agregar, salvo que la mataron y que ella, la doctora Zafe, estaba convencida de saber quiénes lo habían hecho. Lo que no podía explicar era el porqué del crimen, sobre todo si se descartaban motivos pasionales.
Durmiendo con el pasado
Cuando llegué a la plaza 25 de Mayo recorrí los cafés buscando alguno que sirviera de palco para ver y escuchar los actos con que culminaría la manifestación. Recuerdo que las disquerías difundían la voz quebrada de Elton John cantando "Durmiendo con el pasado", un tema que estaba de moda. A quince cuadras de allí, en el barrio de la Estación abandonada, la gente preparaba un baile con el Trío San Javier y Las Voces de Orán. Cerca de la plaza habían montado una feria de alimentos donde vendían miel de caña en bloques, tabletas de leche casera, vizcacha en aceite y tartas de patay, que es el fruto del algarrobo horneado y transformado en un pan dulzón y duro.
Yo había estado en el barrio de la Estación un par de días antes, después de vistar la casa de la familia Morales sin demasiada suerte. En diciembre de 1990, ni la madre ni el padre de María Soledad habían adquirido todavía la seguridad con la que hoy hablan frente a las cámaras. Por entonces eran dos figuras desconsoladas que a duras penas podían cargar con su dolor.
Me fui de allí al barrio de la Estación, creo que por error, y descubrí que la gente vivía apiñada en las habitaciones que habían sido las oficinas del ferrocarril. Chicos desnudos jugaban entre las vías mientras los mayores tomaban mate sentados en los andenes. La Liga de Amas de Casa distribuía alimentos entre el poblado, integrado por desocupados o subempleados, y había puestos de alimentos en el desmantelado hall central con señoras que atendían a los menesterosos. En las piezas, con las puertas abiertas de par en par debido al calor, se veían catres y colchones echados sobre el piso de ladrillo o tierra, y algunas escenas de intimidad sin reparo alguno. Mujeres de aspecto hosco preparaban un guiso en un calentador de gas. Aquello no era pobreza sino miseria, y así olía.
Una de las representantes de la liga me comentó que la gente vivía hacinada y que la promiscuidad era muy grande y resultaba difícil controlar la situación. "Habría que salvar a los chicos -comentó-, pero carecemos de medios". Todos me preguntaban si yo creía que este caso podría involucrar al país entero. De golpe, el asesinato de una chica a quien alguien arrastró una noche a una fiesta negra desnudaba las lacras de Catamarca como quien, sin querer, patea un hormiguero disimulado entre los pastos.
A principio de diciembre de 1990, todos los partidos de la oposición a Saadi, salvo la izquierda, se habían constituido en un Frente Cívico y habían reunido 830 firmas en un documento con un título aparatoso y quizá nostálgico: Movimiento de Solidaridad para Tomar el Poder.
Desde luego, el Frente no existía antes del asesinato de María Soledad. Ahora, todo el mundo en Catamarca deseaba ocupar un lugar protagónico en una cruzada que empezaba por exigir justicia para el esclarecimiento de un crimen que fue un sacrificio y seguía con la intención política de arrebatarle el poder a los Saadi. El Frente encabezaría esa noche la marcha del silencio y llenaría la plaza de consignas desbordando, precisamente, el voto de silencio que la monja Pelloni le había impuesto a la protesta.
A las ocho de la noche empezó a llover suavemente, mientras la plaza 25 de Mayo se llenaba de policías. Hacía calor. El gentío desbordaba confiterías y bares, o recorría la plaza lamiendo helados o tomando cerveza, las motos tronaban como si la juventud dorada se entrenara para un raid opuesto y peligrosamente hostil a la multitud manifestante.
Poco antes de las ocho y media de la noche advertí que el bullicio se aquietaba de golpe y se apagaban todos los ruidos. Incluso Elton John dejó de cantar "Durmiendo con el pasado". A lo lejos se oyó una sirena y el arranque de un auto. Un público heterogéneo comenzó a apretarse sobre el centro y todo el mundo trataba de mirar hacia el fondo de la calle Sarmiento, que era por donde debía insinuarse la manifestación. Vi unas antorchas alineadas y manos sosteniendo velas que avanzaban rumbo a la plaza y, de inmediato, allí estaba la marcha. El silencio genera silencio.
La procesión silenciosa tenía el efecto de una magnitud física, de un volumen que reducía a nada las voces de la ciudad. Hasta las luces parecían haberse apagado. Pude oír claramente el lento barrido de los pasos sobre el pavimento, como si se tratara del rumor producido por una caricia gigantesca hecha a contrapelo. Probablemente la fina lluvia contribuyera a ese tono homogéneo que se confundía con el barrido de los pasos. La monja Pelloni daba la impresión de alguien que en cualquier momento iría a desfallecer. A su lado iban los padres y hermanos de María Soledad, detrás de ellos, una columna que ocupaba por lo menos cinco cuadras.
Esa noche fue distinta de todas las anteriores. Esa noche no hubo silencio, sino discursos de protesta con un creciente calor de indignación, que enarboló dos acusaciones que eran también dos insultos: bastardos y drogadictos. Recuerdo que me pregunté por qué bastardos, palabra inusual como improperio e inimaginable como eufemismo. Supe entonces que aludía a "los hijos corruptos del poder corrupto", para significar que eran bastardos de toda legitimidad real. Al cabo de una hora, la marcha se disolvió otra vez en silencio.
Nadie sabía en diciembre de 1990 que habrían de transcurrir todavía siete años para que el juicio se reabriera con la esperanza de que ahora sí se llegue a la verdad. Nadie sabía, por cierto, que la muerte profanada de María Soledad Morales iría a poner en marcha incontrolables mecanismos de soberbia e impunidad. Tampoco sabían sus autores que, a la larga, el muerto siempre vuelve acusando a sus verdugos. Les hubiera bastado con leer atentamente a Shakespeare para enterarse, pero seguramente no tenían tiempo, ni ganas, ni interés, ni sensibilidad para hacerlo. Un día después, volví a Buenos Aires.





