El futuro de hoy

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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3 de diciembre de 2009  

En los últimos tiempos ha recrudecido la tendencia a quejarse de todo y a pensar que todo lo malo se debe a los K. Es cierto, algunos y no sólo en el país, tienen sus razones para pensar así. Lo que incluye al mismísimo Benedicto XVI, que buen susto se habrá llevado días pasados cuando se vio, de pronto, frente a Moyano, con su aspecto de quebrantahuesos, y a Cristina, con su look Morticia Addams. Y aquí, cómo no habrán de sentirse molestos quienes tuvieron la mala pata de ser atracados en la vía pública, fueron víctimas de un escruchante, les robaron el auto o les dispararon un par de tiros para arrebatarles el celular. Pero si nada de eso les ocurrió, ni hace años que esperan el ajuste de sus jubiletas ni que el plan SUBE los exima finalmente de andar mendigando monedas para viajar, lo cierto es que bien podría decirse que hoy, en el país, se está viviendo en el mejor de los mundos.

Porque qué otra cosa puede decirse de tipos que están pagando los servicios públicos a precios regalados gracias a los subsidios estatales. Que tampoco les sale un peso ver en directo los diez partidos semanales del torneo de primera. Que si han tenido la fortuna de ser uno de los 800 mil nuevos empleados públicos sumados por el Gobierno durante su gestión, están experimentando una suerte de beca bien pagada. Y ni qué hablar de los cientos de miles que entretienen sus ocios acudiendo, mediante una buena paga, a los actos públicos o a algún escrache ordenado puntualmente desde Olivos. Y si son jubilados o pensionados con la mínima, es cierto que no la pasarán tan bien como los legisladores kirchneristas que se han quedado sin banca, quienes han sido debidamente acomodados en altísimos y bien remunerados puestos públicos. Pero gracias igualmente a la inigualable generosidad oficial contarán ahora mismo con una suerte de sobreaguinaldo con el que podrán adquirir su pan dulce, su botellita de sidra y hasta un turrón de Jijona, si es que la dentadura ya no les da para el de Alicante. Y además a todos, sin distinción, les queda el supremo placer de cortar calles, rutas y pasos internacionales sin temor a que los repriman a palos.

Más aún, a esos que hoy se quejan sin razón y abominan del matrimonio presidencial, habría que decirles que harían bien en atesorar estos momentos de sencilla felicidad que deben a la generosidad extremosa con que hoy se maneja el gasto público, se exprimen los fondos de jubilaciones, se estruja al contribuyente y se ignoran las señales de alarma que vienen de las provincias. Porque, si ha de darse crédito a quienes saben de estas cosas, lo que sigue a estos derroches insensatos, no puede ser sino el ajuste quejumbroso, el cadalso inflacionario, el saqueo final o "la gran Chávez". Por lo que, comparado con ese presente, el pasado reciente, esto es, hoy mismo, parecerá el Paraíso en la Tierra, el relato que se guarda para calentar la vejez y hacer felices a los niños pequeños.

El reo de la cortada de San Ignacio volvió a mirar la foto de la presidenta en el Vaticano y comentó: "Lo hizo a propósito. Quería asustarlo. Seguro que sabía que después el Papa iba a salir hablando nomás de la lucha contra la pobreza y la corrupción. ¡Justo a los Kirchner!"

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