
El futuro energético en peligro
Por Jeffrey D. Sachs Para LA NACION
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NUEVA YORKEn el campo energético, todo parecía sencillo antes de la Guerra de Irak. Estados Unidos derrocaría a Saddam. Tras un breve período de reconstrucción, se liberarían las vastas reservas petroleras iraquíes y los precios mundiales del petróleo caerían a menos de 20 dólares el barril. En vez de eso, los precios remontaron a más de 40 dólares. Nada tiene de sorprendente, pues, que ahora la atención se centre en la provisión de energía. Pero el mensaje básico es claro: las actuales pautas energéticas son peligrosas; debemos cambiarlas.
Dos problemas energéticos conexos moldearán nuestro futuro económico y geopolítico durante décadas. En primer lugar, depender del petróleo de Medio Oriente resulta cada vez más riesgoso. Nadie sabe cuánto petróleo queda y cuánto costará extraerlo. La producción mundial probablemente alcance su punto máximo en el próximo cuarto de siglo o aun, quizá, dentro de pocos años. La provisión restante se concentrará en el voluble Medio Oriente. Entretanto, el crecimiento económico de China, India, Brasil y otros países determinará un fuerte aumento de la demanda mundial de energía. Si Medio Oriente ya está en un punto límite, imaginen ustedes qué podría ocurrir de intensificarse la competencia entre Estados Unidos, Europa, China, India, Japón y otras naciones por el petróleo de esa región.
El segundo gran desafío radica en que nuestro sistema energético moderno está desestabilizando el clima del planeta. El petróleo y otros combustibles fósiles (la hulla y el gas natural) provocan cambios climáticos en el largo plazo, pero poca gente aprecia la gravedad de los riesgos implícitos.
Hay tres problemas, en gran parte no reconocidos:
- Estos cambios afectarán el clima en todos sus aspectos: desde las temperaturas, hasta las precipitaciones y las pautas de tormentas. Asimismo, causarán alteraciones fundamentales en el medio físico: por ejemplo, elevarán el nivel del mar y modificarán los procesos químicos oceánicos. Los efectos son impredecibles. Cabe suponer que serán enormes en cuanto a producción agrícola, enfermedades, disponibilidad y costo del agua -tanto potable como para riego- erosión de las costas, etcétera.
- Tal vez no sean graduales. A lo largo de la historia ha quedado demostrado que pueden producirse cambios impresionantes en cuestión de décadas.
- El hombre podría reaccionar mal frente a ellos. Los cambios en las pautas del monzón o en el nivel del mar, y la consiguiente zozobra económica, podrían provocar un desasosiego político masivo, movimientos de refugiados y conflictos violentos.
Estos desafíos -escasez de petróleo, aumento de la inestabilidad en Medio Oriente, cambios climáticos- exigen una reflexión lúcida. Algunos alarmistas proclaman la necesidad de reducir drásticamente el consumo mundial de energía, con lo cual se debilitará la economía. Podemos usarla de manera más eficiente, pero con ello no podremos resolver el problema del suministro de petróleo a largo plazo ni el del cambio climático. Otros nos exhortan a desacostumbrarnos a los combustibles fósiles y emprender una carrera alocada hacia las fuentes energéticas renovables, como la solar o la eólica. Pero estas alternativas son costosas y, en términos realistas, no pueden reemplazar los combustibles fósiles.
Por suerte, si trazamos planes de largo plazo a escala mundial, podremos hallar el modo de superar estos desafíos. Nuestro objetivo debería ser conseguir suministros energéticos confiables, seguros desde el punto de vista ambiental y a precios accesibles.
Aquí hay dos ideas fundamentales. Primera: debemos reconocer que aun cuando el petróleo comience a escasear, otros combustibles fósiles (hulla, gas) y no convencionales (arenas de pizarra y alquitranada) seguirán abundando durante siglos. Debemos encarar el desarrollo de tecnologías e infraestructuras que posibiliten el uso eficiente y seguro de estos otros combustibles fósiles. Por ejemplo, ya existen procesos químicos para convertir la hulla en gasoil. También podemos convertirla en hidrógeno, si optamos por encaminarnos hacia una economía basada en él, en la que sustituya, como propulsor, al motor de combustión interna de los automóviles. Todavía no se ha llegado a un consenso respecto del balance costo-eficacia de dicha economía.
Segunda: cuando la producción de petróleo se mantenga estable o empiece a declinar y entren a tallar estos otros combustibles fósiles, deberemos controlar sus efectos climáticos. En el futuro, siempre desde la perspectiva ambiental, la forma segura de usar combustibles fósiles será capturar el anhídrido carbónico en la usina, antes de que salga a la atmósfera, y neutralizarlo en algún tipo de depósito subterráneo. Este procedimiento, denominado "captura y neutralización del carbono", ya es objeto de estudio para algunos ingenieros de fama mundial.
Nuestro futuro energético no dependerá de una solución única, sino de diversas medidas: explorar y explotar nuevos yacimientos petrolíferos, en especial fuera de Medio Oriente; mejorar la eficiencia energética; desarrollar y adoptar, en el largo plazo, otras fuentes de energía renovables a precios asequibles; usar otros combustibles fósiles, como la hulla, de modo tal que no dañen el medio ambiente. Hoy no pensamos en la próxima reducción del suministro mundial de petróleo; confiamos demasiado en el de Medio Oriente y pasamos por alto las consecuencias ambientales del uso de combustibles fósiles. Por este camino, estamos llegando a un callejón sin salida. La realidad nos alcanzará.
¿Cómo debemos encarar el futuro? Los mayores consumidores de energía del mundo, empezando por Estados Unidos, Europa, China, Japón e India, tienen que acordar acciones colectivas con un doble objetivo: por un lado, desarrollar nuevas tecnologías de captura y almacenamiento del carbono; por el otro, explotar y usar fuentes energéticas alternativas a un costo accesible. Debemos cerciorarnos de que los precios de mercado por el consumo de energía reflejen los verdaderos costos sociales de dicho consumo. Así, tanto los consumidores como los proveedores podrán decidir mejor respecto a la eficiencia de la energía, la explotación de fuentes alternativas y la adopción de tecnologías seguras para el medio ambiente.





