El gobierno de las dualidades

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
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20 de mayo de 2020  • 00:30

El demócrata Franklin Roosevelt, que estableció respecto de la intervención estatal un patrón al que ahora muchos veneran, fue, por supuesto, muchas cosas más que un asistencialista. Entre ellas, el que sentó el modelo del presidente como referencia moral. Podría decirse que Roosevelt codificó el presidencialismo estadounidense porque advirtió como nadie antes que quien manda le impone por elevación comportamientos políticos y culturales a la sociedad. Idea tan ancestral como sencilla: el ejemplo de arriba siempre baja. Sea o no virtuoso.

Un juego sutil de imitación tal vez explique ahora cierto auge de las dualidades en el escenario político argentino. La dualidad, que se define como dos fenómenos distintos en una misma cosa, desciende como si replicara los ecos superiores de una bicefalía de facto.

Que el peronismo es institucionalmente creativo está fuera de duda. Lo confirma su amplio museo de innovaciones, desde una Constitución propia, "revolucionaria", que incluía la reelección de por vida y excluía el derecho a huelga, hasta la creación de la jefatura espiritual de la Nación, cima supraestatal discontinuada. O la república matrimonial con sucesión de los cónyugues, puesta en práctica no una sino dos veces, en sendas versiones. Debido al rodamiento, si bien sólo pasaron cinco meses, la fórmula enrocada que nos gobierna ahora, en la que el dos es uno y la uno es dos, ya parece natural. Pero no es natural. Hubo un día, aquel inolvidable sábado de un año atrás, en el que el país se sacudió con la novedad y se consagró a interpretarla. Sin que nadie lo hubiera presagiado, Cristina Kirchner informaba que había resuelto seleccionar para candidato a presidente a un ex jefe de gabinete suyo, el que más la había denostado, al que humildemente ella secundaría. Anuncio que llegó acompañado por un destello de franqueza.

Es lo que en este momento "en la Argentina" se necesita para ganar, explicaba la líder. Todo el mundo entendió: donde decía la Argentina había que leer peronismo y donde decía ganar, volver. Con menos argumentos también aseguraba, es cierto, que esta fórmula enrocada además iba a ser ideal "para gobernar". El renglón envalentonó a los devotos de lo que algunos autores llaman presidencialismo procuratorio (el caso de José María Guido con los militares o de Héctor Cámpora con el peronismo), teóricos según los cuales a Alberto Fernández le tocaría hacer el trabajo sucio: arreglar la deuda, ajustar la economía aún a costa de los jubilados (o empezando por los jubilados) y terminar con la corrupción. Bueno, no con la corrupción exactamente sino con las causas de corrupción, de manera que la vicepresidenta y su familia en primer lugar, sus colaboradores cercanos en segundo y los antiguos funcionarios suyos corruptos, cualquiera fuese su lustre remanente, dejasen de ser perseguidos penalmente.

Soluciones político institucionales peronistas para los problemas peronistas. El problema de perder las elecciones por culpa del rechazo de la mayoría (sic) ya lo había sufrido otro ex presidente peronista en 2003, Carlos Menem, cuando ganó la primera vuelta y desistió de presentarse a la segunda (único caso en la historia mundial), ante la perspectiva no sólo de que el voto negativo contra su persona lo aplastase a él sino que hinchara correlativamente la coronación del rival. Que casualmente era el marido de quien por fin, en 2019, halló en el laboratorio de instituciones in vitro la fórmula del retorno: la fórmula enrocada.

Merece un homenaje a esta altura el esfuerzo bibliotecario de los constitucionalistas. Juristas recontra ilustrados, súper estudiosos, que pasan años comentando los "institutos" previstos para garantizar el equilibrio de poderes, calibrando lo que dice tal o cual artículo, uno u otro inciso, sobre las potestades del jefe de Gabinete, sobre la imposibilidad del Congreso de delegar poderes, sobre las virtudes de la república. Satisfechos con la fortaleza del artículo 87°, donde se asegura que el Poder Ejecutivo es unipersonal. Congratulados con la tranquilidad que les brindan resortes como la posibilidad de que el Congreso dicte eventualmente una moción de censura al jefe de Gabinete o que destituya mediante juicio político al presidente o al vicepresidente, entre otras salvaguardas que nunca se aplicaron y que seguramente nunca se aplicarán, mientras pasan otras cosas frente a las cuales ni la Constitución ni sus exégetas ni sus lectores parecen tener incumbencia alguna.

Y acá estamos. En la era de las dualidades, a las que desde el verano irriga, si no es que también guarece, el escenario hegemonizado por la pandemia. Dualidades en las que los funcionarios de segunda línea toman decisiones importantes, consiguen papeles protagónicos, como con las gestiones para liberar a Ricardo Jaime realizadas por el secretario de Derechos Humanos Horacio Pietragalla sin que el presidente lo supiera (lo dijo el propio Fernández, que al enterarse, lejos de echar a su subordinado, lo avaló). El oficialismo atravesó la campaña hablando de "presos políticos", un rótulo trascendente, no un mero asunto semántico, que, sin embargo, cayó en las garras de la dualidad una vez que el Frente de Todos empezó a gobernar. Para una parte del gobierno, probablemente más atenta a la interpretación internacional, dejó de haber "presos políticos"; otra insistió. Pero nadie dio la lista. Por eso no se sabía que Jaime, corrupto confeso, condenado, un arquetipo hasta con yate malhabido, estaría entre los primeros auxiliados.

Algo similar ocurrió poco después con la liberación de violadores, asesinos y otros delincuentes llamados comunes a cuyo favor hicieron gestiones operadores oficialistas y, por supuesto, jueces y fiscales alineados con el garantismo kirchnerista. Como el tema despertó manifiesta indignación pública se le levantaron cargos dialécticos a una supuesta "campaña mediática". Pero vino la marcha atrás. La ministra de Justicia, Marcela Losardo, explicó: "No se trata de un presidente que esté pensando en liberar presos, quiero dar tranquilidad a la gente, no es así". Seguramente el presidente no estaba pensando en liberar presos, no hay por qué dudarlo, pero la intranquilidad de la gente no se originaba ahí, venía de los presos que habían sido liberados. En todo caso, venía de la dualidad, de esa otra parte del gobierno que actúa con sordina, la que responde políticamente a la vicepresidenta, y que por algún motivo cuenta con cierta autonomía y alguna organicidad propia.

Quien haya vivido en el país durante los ocho años del kirchnerismo cristinista no necesita hoy disponer de una guía especial ni modernizada para detectar la clasificación del Bien y el Mal que practican los seguidores de esa corriente. Es la de siempre. Aunque hayan llevado al sillón presidencial a un negociador dialoguista como Alberto Fernández, nunca abandonaron el corpus de su credo: el oponente debe ser considerado un enemigo. De allí la última dualidad.

Mientras el presidente acuerda con Horacio Rodríguez Larreta políticas coordinadas en la lucha contra el coronavirus y lo sienta a su lado en las conferencias de prensa para fortalecer la idea de que la emergencia de la pandemia no es un asunto partidista sino institucional, funcionarios nacionales, provinciales y municipales del universo K atacan con munición gruesa al gobierno porteño con un libreto común. Lo hacen responsable de un futuro agravamiento de la situación en la provincia de Buenos Aires.

Quizás sea esta la dualidad más alarmante, no sólo por el desaire abierto al presidente sino porque no se trata de enfoques divergentes sobre temas específicos sino de la concepción de la democracia. Pese a los mil matices y las marchas y contramarchas en torno de la rigidez, flexibilización y severidad de la cuarentena -un asunto dinámico en todo el mundo-, Fernández había obtenido un enorme consenso social al exhibir el manejo de perfil técnico e institucional en forma conjunta con la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, gobernadas por el macrismo y el kirchnerismo. No se sabe si el kirchnerismo arremete contra Rodríguez Larreta para renovar su elenco de enemigos, si sólo busca a quién culpar por el coronavirus, si está mandándole un mensaje al ecumenismo albertista o todo eso junto. Pero no le cuesta nada, está en su esencia.

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