El golpe está en la calle desde hace rato
Recuerdos de la época más oscura de la historia contemporánea
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Ciudad de Santa Fe, marzo de 1976. El golpe de estado está en la calle desde hace rato. Nadie puede decir que no fue avisado. Desde Balbín a Lorenzo Miguel, desde el vendedor de praliné de la esquina de casa a las monjitas de clausura del seminario de avenida López y Planes, todos saben que los militares llegan y muchos, además, están dispuestos a aplaudir esa llegada, reacción entendible en un país donde el peronismo nos ha obsequiado con una mujer como Isabel en la presidencia, mientras la guerrilla se prodiga en delirios y los militares están persuadidos de ser la reserva moral de la patria.
Martes 23 de marzo. Estoy en el bar de la facultad de Derecho con los muchachos del Centro de Estudiantes. La soledad de las galerías de la facultad ensordece, porque en otros tiempos, a esa misma hora, el jolgorio de estudiantes daba gusto. Conversamos con el decano, un peronista veterano que me aconseja que esa noche no duerma en casa. Algunas imágenes tengo presente de esa jornada del martes 23. Estoy parado con un amigo en la esquina de San Jerónimo y Boulevard. Cae la tarde. El silencio de la calle. Estoy hablando de una de las esquinas más transitadas de la ciudad. Pues bien, a esa hora de la tarde el paisaje recuerda al crepúsculo de un domingo de ceniza. O el paisaje de un sueño, de esos sueños que anticipan la pesadilla.
Vivo con Estela, mi mujer, la futura madre de mi hijo Ignacio, en calle Obispo Gelabert entre San Lorenzo y Saavedra. En un pasillo, al fondo, como se decía entonces. A ese pasillo y a ese departamento caen los militares armados hasta los dientes. Estela no se olvidará jamás de la fecha porque, por ese humor negro que suelen practicar los dioses, el 24 de marzo además de ser el día que se perpetró el golpe de estado más sanguinario de nuestra historia, es también el día de su cumpleaños. La cárcel fue el regalo.
La noche del 23 de marzo estuve con amigos en el bar Torino comentando la inminencia del golpe. Creo que allí me quedé hasta medianoche compartiendo copas y chismes con la bohemia estudiantil, y algo más que estudiantil, de aquellos años. Me estaba despidiendo de un estilo de vida que nunca más se volverá a repetir, pero no lo sabía o no quería saberlo. Después del último vaso de vino, en lugar de irme a dormir a otro lado, me fui a dormir a casa como si estuviera viviendo en Suiza. ¿Por qué esa torpeza? No lo sé. O lo que sé es apenas un balbuceo, como aquella noche muchos años después, cuando a un amiga en Roma que me preguntó sobre lo que nos había pasado a los argentinos, no se me ocurrió nada mejor que citar a Cátulo Castillo: “No ves que vengo de un país que está de niebla siempre gris tras el alcohol”.

Los milicos irrumpen a la madrugada. Un vecino se le ocurre pedirle un cigarrillo al oficial y se transforma en el primer preso de la jornada. Causa: demorar el procedimiento. Estela y yo estamos desayunando. Soy joven y tengo buenos reflejos. Apenas escucho el tropel en el pasillo salgo al patio, me subo a una tapia, salto a la terraza del vecino y empiezo a correr por los techos en dirección a calle San Lorenzo. A decir verdad, no corro mucho: suenan dos tiros y no me queda otra alternativa que rendirme. Un milico apostado en una medianera me apunta. Pudo matarme sin asco. No lo hizo. Las órdenes de matar llegaron después, con los secuestros, las torturas, las ejecuciones y los vuelos de la muerte. Buenos muchachos
Lo cierto es que mi condición de fugitivo dura poco. Con las manos en alto me obligan a regresar a casa y saltar desde el techo a la planta baja, operación que hago sin mayores inconvenientes porque, bueno, a los 25 años estas cosas se pueden hacer. No sé el nombre del oficial a cargo del operativo. Después, muchos años después, lo supe, pero eso es otra historia. Mi mujer, como dice Neruda en un poema, “centelleaba su desprecio”. No lo puede disimular. En algún momento el milico le ordena que abra una puerta. “Cuando me deje de apuntar con el fusil, oficial”, le dice. Y el milico baja el fusil. Estela fue siempre una mujer valiente, pero al milico lo entiendo: a Estela no era fácil desobedecer. Sé de lo que hablo. El susurro de la voz, los ojos verdes que adquieren tonos amarillentos. Estela es menuda; pelo corto, lentes, pálida. Profesora de Letras que no vacila en definirse marxista-borgeana, una categoría conceptual que nunca supe si la dice en broma o en serio. Por lo general es pacífica, pero cuando se enoja es de temer. Y ahora, razones para estar furiosa, le sobran. Los milicos dan vuelta la biblioteca y los armarios. Se meten en la cocina, en el living, en los cuartos. Buscan armas y explosivos, y actúan como si estuvieran amenazados por un peligro inminente cuando, a decir verdad, el único peligro que corrieron en esa jornada fue el mangazo del vecino por un cigarrillo.
En nuestro cuarto lo más peligroso que hay es un número de la revista Crisis, una edición de “Diálogos con Leucó” de Pavese, una antología de poemas de Borges y un poster de Vallejo con su rostro crispado por la pena. Nuestras inesperadas visitas pasean por el cuarto como extraterrestres que no terminan de entender lo que ven. Se prepararon para luchar contra feroces “replicantes” armados hasta los dientes, pero se encuentran con un poster de Vallejo y al costado de la cama una historieta de Astérix y un vaso con un dedo de ginebra. Un dato singular. Ignacio, nuestro hijo con Estela, nació dos o tres años después. Objetivamente no vio ni escuchó nada, pero él jura y rejura, como esos personajes de Salinger, que se acuerda de todo. Del otro protagonista del que nunca tuvimos noticias es de Hesíodo, el gato preferido de Estela, gris con tonos blancos. Cuando llegan los centauros, Hesíodo se hace el dormido y en la primera ocasión se escapa por el mismo tapial donde había intentado escaparme yo sin suerte. No hay vuelta que darle: los gatos saben eludir el peligro. Sobre todo un gato familiarizado con la Teogonía y Los trabajos y los días.

Aunque parezca mentira decirlo, el jefe del operativo parece más nervioso que nosotros. Y tal vez lo está. Nervioso o no, cumple con su deber. Lo seguro es que mi mujer y yo no tuvimos miedo. Jamás bajamos la vista o pedimos disculpas por algo. No sabemos lo que pasará con nosotros, pero si lo que pretenden es darse el gusto de vernos asustados, ese gusto no se lo dieron. Después de revolver toda la casa y no encontrar más que libros que seguramente no leyeron ni leerán en su vida, me hacen caminar con las manos en alto por el pasillo. Estoy solo y escucho a mis espaldas el ruido de las armas que se cargan. No soy valiente, pero les aseguro que en esos instantes, apenas unos segundos, pensé que me liquidaban. Y aunque no lo crean, la idea no me desespera. No voy a decir que me daba lo mismo, pero en esos segundos me hice cargo de que hasta aquí había llegado. Otras veces en mi vida pasé por situaciones más peligrosas, pero les aseguro que nunca la sensación de muerte la sentí con tanta intensidad como en esos instantes en los que caminé con las manos en alto por el pasillo de ese departamento de la calle Obispo Gelabert.
El camión del ejército recorre la ciudad recolectando prisioneros. Y recuerdo el último detalle, que más que detalle es un elocuente punto suspensivo. Son las diez de la mañana, más o menos. Desde el camión veo que en un baldío juegan al fútbol. Pienso en ese momento: nosotros marchamos en cana y nos parece que estamos viviendo uno de los momentos más trágicos de la vida; pero para esos muchachos el feriado es propicio para jugar un partido de fútbol. No los critico. Planteo un dilema o un interrogante que amerita un debate profundo acerca de las acciones y reacciones que provoca el golpe de estado. Esos muchachos que juegan al fútbol también son argentinos, y tal vez sin proponérselo expresan otro punto de vista, no sé si a favor de los militares, pero sí a favor del derecho de reproducir en aquellas costumbres que configuran su vida cotidiana.
Estuve casi dos años en cana. Nunca me procesaron y nunca me llamaron a declarar. Un día me llevaron y otro día me largaron. Así se manejaban estos muchachos. Un milico de civil, bigotito recortado, sobretodo oscuro, sombrero negro, lentes ahumados, me dijo antes de salir en libertad: “Si, como decís, sin haber hecho nada estuviste dos años preso, imaginá lo que te puede pasar si se te ocurre hacer algo. Portate bien y cuídate, pibe”.
Después, muchos años después, el entonces subteniente Osvaldo Izaguirre, el oficial a cargo del operativo de aquel siniestro 24 de marzo, me dijo que no me mató porque se le trabó la pistola. “Nunca me hubiera terminado de arrepentir si lo hubiera hecho,” me dijo. O sea que mi relación con la muerte fue más cercana de lo que yo había presentido. Creo que siempre la relación con la muerte tiene algo de asombroso. Las vueltas de la vida. Con el oficialito rubio y pintón, algo asustado, pero convencido de que estaba cumpliendo con su deber, conversamos en octubre de 2025 en su casa de Paraná con una botella de vino de por medio y con más de setenta años en las costillas. Llegué a su casa, me bajé del auto, y nos abrazamos sin hablar. El pacífico vecino que vio ese abrazo nunca pudo saber que medio siglo antes esos hombres mayores que se abrazan en silencio en algún instante fueron enemigos. Osvaldo Izaguirre es militar, vive como militar, piensa como militar. Además, o en primer lugar, me consta que es un buen tipo. Esto lo puedo decir medio siglo después. Con otra edad, otra perspectiva y, tal vez, con esa preocupación a cierta altura de la vida por ajustar cuentas con el pasado y hacer inteligible, aquello que denominamos “destino”.








