El gran salto del "tigre celta"
Con una industria centrada en la computación y la farmacéutica, los irlandeses han adquirido las bases para una creciente prosperidad. ¿La clave del éxito? La progresiva integración económica con el resto de Europa y una fuerte inversión en educación.
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MEXICO.- ORGANIZADA por el dinámico embajador de México en Irlanda, Daniel Dultzin, acabo de realizar una serie de pláticas y conferencias en el Trinity College de Dublin, en la Universidad de Cork y en el Festival Literario de Galway. Con el embajador Dultzin he visitado en la residencia de Phoenix Park a la presidenta de Irlanda, Mary McAleese, una mujer hermosa, esbelta y activa. Como su país.
Hace veinte años, el futurólogo norteamericano Alvin Toffler pronosticó el paso de la economía mundial a una "tercera ola" globalizante y tecnoindustrial. A la tercera ola, en la tesis de Toffler, había precedido la "primera ola" del trabajo agrícola y la "segunda ola" de la revolución industrial de chimeneas, fundidoras y abundante trabajo proletario. Cuando le pregunté a Toffler qué debería hacer México para pasar de la segunda a la tercera ola, su respuesta fue concisa: "Alimentar y educar".
Entretanto, la Revolución Mexicana nos llevó de la primera ola agraria a la segunda ola industrial. La pesada perseverancia de ésta nos ha costado notables retrasos y crisis recurrentes. Irlanda es un ejemplo excepcional del paso de la primera a la tercera ola sin haberse detenido, sino de volandas, en la segunda.
En 1940, la economía irlandesa era esencialmente rural. La agricultura empleaba a la mitad de la fuerza de trabajo y las tres quintas partes de la población vivían en el campo. Hoy, las tres cuartas partes de los irlandeses viven en ciudades y sólo el diez por ciento se ocupa en tareas del campo. El noventa por ciento de la fuerza de trabajo está integrado a los servicios (el sesenta y tres por ciento) y a la industria (el treinta por ciento).
En 1949, los principales rubros de la industria eran la cerveza, la harina, la impresión, la vestimenta y el azúcar, dando cuenta del cuarenta por ciento de la producción. La industria electrónica no existía. La química representaba apenas el uno por ciento de la producción industrial. En la actualidad, los sectores mayores de la industria son, precisamente, las computadoras y la farmacéutica. Los servicios dominan las dos terceras partes del empleo y del ingreso irlandeses; en tanto que la agricultura, gracias a mayores inversiones con menor ocupación, ha aumentado la producción de un valor de ciento veintiocho millones de libras en 1949 a cuatro mil millones de libras en 1998. En el mismo lapso, el salario real de los trabajadores -su poder adquisitivo- se ha multiplicado por tres.
La expansión de las importaciones ha sido quizás el cambio más llamativo y el resultado más positivo de este espectacular salto de la primera a la tercera ola. En 1949, Irlanda era exportadora agrícola y el noventa y uno por ciento del producto iba a la Gran Bretaña. Algunas importaciones, ese mismo año rayaban en lo chusco: diez mil aspiradoras; veinticinco mil abrigos de segunda mano. Hoy, Irlanda cuenta con un excedente de exportaciones. Sólo un treinta por ciento va a Inglaterra. La diversificación de exportaciones es un hecho.
La agricultura ahora da cuenta de sólo el cuatro por ciento de las exportaciones. El material industrial, la farmacéutica, la maquinaria eléctrica y los componentes técnicos son las exportaciones mayoritarias, encabezadas por las computadoras: el veintitrés por ciento de la exportación. La balanza de pagos ha pasado del déficit al superávit. La economía genera ochenta mil millones de libras al año.
La población de cuatro millones de habitantes tiene un ingreso per cápita de veintitrés mil dólares anuales (contra tres mil en México, cinco mil en Brasil y siete mil en la Argentina). El crecimiento anual es de cerca del ocho por ciento. Y todo esto, para que el lector pueda comparar aún más, en un país que en 1848 sufrió una hambruna que mató a un millón de irlandeses y lanzó a la emigración a otro millón.
Todo esto en un país que debió de luchar con denuedo para obtener, apenas en 1921, su independencia de la Gran Bretaña y cuyo territorio continúa amputado por Irlanda del Norte, origen de tensiones políticas que el gobierno de Dublín se ha esforzado, con gran imaginación diplomática, por encauzar negociadamente y sin interrumpir el espectacular desarrollo de la República de Irlanda.
¿Cuál ha sido la base del gran salto irlandés? El presidente de la Universidad de Cork, Gerald Wrixton, lo atribuye a los sucesivos pasos de integración económica iniciados con la entrada en la Comisión Económica Europea en 1973 y culminando con la supresión de barreras y tarifas en 1993. Las medidas de libre comercio pasaron, admite el rector Wrixton, por una etapa de aprovechamiento de la mano de obra barata y de radicación en Irlanda de empresas transnacionales cuya producción estaba destinada a la exportación.
Pero el resultado, dos décadas más tarde, es una Irlanda no sólo más próspera, sino más independiente que antes. El ochenta y cuatro por ciento de las empresas en Irlanda es de nacionalidad irlandesa. La presidenta McAleese, a este factor, añade otro, fundamental. La inversión irlandesa en educación ha sido masiva y prioritaria.
De 1940, cuando las escuelas nacionales se encontraban bajo control eclesiástico, a la ley de educación libre de 1967 y a la ley de educación obligatoria hasta los quince años, Irlanda se ha dado una base educativa que hoy abarca a un millón de estudiantes y que ha sido el motor de la información para la producción y de la producción para el crecimiento y el bienestar.
"El tigre celta" no carece, como toda economía desarrollada, de desequilibrios e injusticias, de rezagos y asignaturas pendientes. Pero la base para una creciente prosperidad parece hoy algo adquirido. Irlanda, además, retiene su espectacular belleza física en los extremos del verdor lluvioso de sus valles y el azul agitado de sus mares, pero también hay una belleza agreste en sus espectaculares montañas de piedra caliza, en sus turbas, ciénagas y lajas.
Y, por si fuera poco, en poetas como Seamus Heaney, en cineastas como Neil Jordan y en novelistas como Edna O´Brien -nuevos y viejos amigos- se prolonga la herencia de una literatura extraordinaria, asombrosamente rica para una pequeña isla que ha sido la patria de Swift y Sheridan, de Goldsmith, Shaw y Oscar Wilde, de James Joyce y Samuel Beckett, de Sean O´Casey y J. M. Synge. Es la patria de William Butler Yeats y su gran lección literaria, que es también una gran lección oral.
La literatura transforma la experiencia mediante la imaginación. De esta manera, el acto poético es un acto de destino. Porque sea cual fuere la experiencia humana, los recursos de la imaginación están allí para ennoblecerla, compartirla y prolongarla. Añado con la mayor sencillez: pocos países he conocido de mayor belleza física y de mayor calidez humana.
Números del despegue
- Producción: en 1940 la agricultura empleaba la mitad de la fuerza de trabajo. Las tres quintas partes de la población vivían en el campo. Hoy, tres cuartas partes de los irlandeses viven en las ciudades. El 90 por ciento de la fuerza de trabajo está integrada a los servicios y a la industria.
- Exportaciones: en 1949 el 91 por ciento de la producción, mayormente agrícola, iba a Inglaterra. Hoy Inglaterra sólo recibe el 23 por ciento de esos productos, de los que la producción agrícola representa sólo el 4 por ciento.
- Salarios: se triplicaron desde 1949 hasta 1998. El ingreso per cápita es de 23.000 dólares anuales.





