
El guerrero incombustible
Por Sylvina Walger Para LA NACION
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"Soy el único turco que no tiene plata", me dijo Mohamed Alí Seineldín un día de fines de 1999 en que lo entrevisté largamente en el Penal Militar de Campo de Mayo. Este militar rebelde (que para entonces llevaba nueve años preso), cuya voz suena cada vez más seguido en los medios de comunicación, es un hombre afable y cortés que mezcla la picardía criolla con cierta amable impenetrabilidad oriental.
Hijo de drusos libaneses que emigraron a la Argentina luego de haber luchado en su tierra contra los dominadores otomanos y franceses, nació hace sesenta y nueve años en Concepción del Uruguay. Sus padres Mahmoud Seineldine y Emelí Melhem Hamadé (cuarenta años menor que su marido) lo educaron en el diálogo entre drusos, musulmanes y católicos. El ex coronel parece haberse sentido más a gusto con estos últimos y a los diecisiete años abrazó con fervor la causa de Roma.
De porte impresionante (aunque menos amenazante que la imagen suya que se popularizó), Seineldín tiene rasgos finos, la piel aceitunada, ojos negros vivos que emiten chispazos de iluminado y una mirada de águila que siempre parece estar viendo más allá. Una imagen que aún hoy podría seducir a Hollywood para convertirlo, en una producción de época, en el "bueno" de los más malos.
Una vez instalados en una habitación despojada como la de un monje de clausura, de cuyas paredes colgaban un gigantesco rosario de madera, un crucifijo y un reloj cucú, símil del que podría haber tenido el abuelo de Heidi, el ex coronel me sugirió benévolamente: "No se prive de preguntar, se lo ruego". Mientras tanto, me entregaba un formulario impreso con el programa que íbamos a desarrollar: "Almuerzo" (unos canelones obsequio de un fan aficionado a la gastronomía), "Rápida introducción", "A disposición para lo que ordene" y "Conclusiones finales".
La "revolución mundial"
Durante el diálogo, que duró cinco horas y estuvo matizado con largas exposiciones suyas que incluyeron pizarrón y tizas de colores, Seineldín, al que se le puede achacar todo menos que cambie de ideas, la emprendió contra el Nuevo Orden Mundial, ese "enemigo invisible [una de sus caras sería la de Francis Fukuyama] que controla el mundo actual a través del imperialismo anglosajón y que se propone unificar el planeta con un gobierno mundial que bajo la máscara de la democracia introducirá el socialismo". Algo similar a lo que hoy denuncia como un golpe de Estado "no tradicional", que sería impulsado por "el establishment norteamericano".
Si en el intercambio de opiniones Seineldín es un criollo afable, sencillo y comprensivo, el Seineldín cruzado emerge de la abundante folletería que va entregando (después de autografiarla) para reforzar sus dichos. Lo que las palabras matizan, la letra escrita delata y ahí reaparece el guerrero preocupado por la "revolución mundial anticristiana" que se vive. El nostálgico templario ansioso por recomponer el desaguisado que entre Lutero, Descartes y la Revolución ("disolución") Francesa, antecedente inmediato de la rusa, combinaron en desmedro de la cristiandad y prepararon el advenimiento del citado Nuevo Orden Mundial.
Es en su obra escrita -que reemplaza el antisemitismo por el antisionismo- donde se expresa el cruzado, cuya Weltanschauung se nutre de una variopinta serie de próceres y autores nacionalistas: Juan Manuel de Rosas, Lindon LaRouche (demócrata norteamericano reconvertido al nacionalismo), el finado presbítero Julio Meinvielle, el ex jefe de Tacuara Alberto Ezcurra y, por supuesto, Juan Domingo Perón.
El sustrato de estas posiciones sostiene que las cosas humanas son el resultado de la concatenación imprevisible de numerosas circunstancias, debajo de las cuales se encuentra la providencia divina. A esto se debe que el hombre deba ser educado en los dogmas y en la fe, y no en el ilusorio ejercicio de la razón. Una visión no demasiado diferente de la que inspiró infelizmente a distintas fuerzas antidemocráticas del siglo XX.
Vuelto al llano, el ex coronel tiene como lectura preferida los libros de Jean Larteguy, que describen uno de sus blancos, el Ejército: Los centuriones , Los pretorianos , Los mercenarios . Define el Ejército actual como "un ejército mercenario que compran llevándolo al extranjero, les ponen la mujer en el cuartel y ahora les pusieron a los homosexuales, les van dando todo lo que satisface sus glándulas primarias".
Sus opiniones cubren un gran espectro, fue amigo de Martín Balza, "pero tomamos caminos diferentes. Él no es de los que trabaja para el bien general, sino para él, para el bien particular. Igual que Menem [...], que tiene un aspecto exterior atrayente que no coincide con su espíritu". A Eduardo Duhalde lo veía como alguien que, influenciado por su mujer y su familia, "podría hacer el bien".
Fin del Estado nacional
La Alianza tenía el problema de que era "donde la homosexualidad está más asentada, igual que el aborto y todo eso, más que en el justicialismo ...más que en las bases justicialistas".
El golpe del 76 "significó el principio del fin del Estado nacional, lo mismo que le hicieron a Milosevic, que no quería aflojar y entonces le metieron la guerrilla kosovar, los derechos humanos y atrás los cohetes".
Los drusos son una secta con más de mil años de existencia; la gran mayoría está concentrada en las regiones más montañosas de Siria y el Líbano y en el norte de Israel. Creen en un solo Dios cuyas cualidades y virtudes no pueden ser explicadas ni definidas y que obliga a sus fieles a aceptar gustosos todos sus deseos. La rectitud y el amor al prójimo se cuentan entre sus principios fundamentales. Lo profano, lo obsceno, el alcohol y el tabaco, en cambio, les parecen cuasi diabólicos, igual que la mentira, con la que no se andan con chiquitas: a los que incurren en ella les cortan la lengua. Así de simple. La impronta drusa más una visión integrista de la religión católica produjeron ese explosivo cóctel que la Argentina conoció como el coronel Seineldín.
A fines de 1999, Seineldín no ignoraba que era un testimonio del pasado: "Nosotros hicimos la última defensa de la Argentina tradicional [...]. Los nuevos del Ejército ni saben quiénes somos", pero "yo sigo mi camino recto, que es el de la verdad, y entonces vamos quedando como testimonios. Somos el último grupo de algo que ya pasó", sostuvo.
A comienzos de 2002, el fracaso de un país y las andanzas de una clase política corrupta parecen haber revivido su imagen de guerrero integrista e insobornable. Como dijo hace poco Natalio Botana en estas páginas: en América Latina suele ser más importante "la acción retórica de liberar una sociedad de la opresión externa" que la construcción de las libertades civiles.





