El habla de los ascensores
Por Inés Fernández Moreno Para LA NACION
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Soy de la época en que una muñeca que decía "papá" y "mamá" era un prodigio. Por lo tanto, de la época en que los ascensores no hablaban. En todo caso, los ascensoristas lo hacían, cosa que también podía resultar extraordinaria, como sucedía con el de Harrods, quien, piso tras piso, me dejaba boquiabierta con palabras como "bonetería" o "menaje".
Tal vez por eso, más adelante, cuando empezaron a usarse los contestadores automáticos, tuve que luchar contra la timidez de hablarle a una máquina. A muchos de mi generación les pasó lo mismo. Hoy, y ésta es sin duda una conquista, todos estamos cancheros y dejamos, después de la "señal sonora", mensajes completos, expresivos, sorprendentes: desde declaraciones de amor hasta comentarios de libros, pasando por reproches, recordatorios o recetas de cocina.
Tampoco nos asombra ver a alguien que pasa gesticulando y hablando solo por la calle. En seguida suponemos que lleva su celular conectado al oído por medio de un minúsculo auricular. Nos hemos acostumbrado a escuchar conversaciones ajenas dentro del colectivo o del subte, y en cualquier circunstancia. Está claro que el uso de la comunicación y de los mensajes en el espacio público se ha modificado y diversificado, y que el universo de las máquinas parlantes es cada vez más vasto y cotidiano.
Pese a esta aparente adaptación, confieso que se me despierta un pavor primitivo cada vez que, inesperadamente, un artefacto emite mensajes. A veces es un auto que comenta a su dueño "alarma activada" o "alarma desactivada". Otras, es un estacionamiento que nos saluda o nos despide al abrir sus barreras. Me consuela a veces mi amiga Montse, cuando, desde el llamado Primer Mundo, se rebela con pasión andaluza contra el GPS de su auto. Harta de que le dé instrucciones como un marido copiloto ("dobla a tu derecha", "atención tu izquierda", "ya puedes ir frenando", etc.) comete cualquier locura con tal de engañarlo. "Ya verás, guapa, cómo voy a liarlo ahora" -dice-, y trepa con su camioneta por los escombros de una plaza que están refaccionando, o se mete por una calle que acaban de hacer doble mano. Entonces, el tonto del GPS se queda hablando pavadas como un disco rayado. (Perdón: un compact rayado).
Mi última sorpresa es la de los ascensores que te hablan. "Bienvenido a la cabina", dice para empezar. Después, le sigue la glosa de lo evidente: recuento de los pisos, de sus movimientos y de sus logros -"planta baja", "decimocuarto", "bajando", "subiendo", cabina libre u ocupada-. El hall de entrada de los edificios se equipara así a los de los aeropuertos. El viaje en ascensor asciende a la categoría de vuelo internacional; cada piso, un destino donde caben la emoción y el descubrimiento de un viaje. En esta expresividad ascensoresca hay matices: Ascensor es cortés en la bienvenida o cuando nos sugiere: "Consúltenos frente a cualquier duda" (¿quién será ese "nos"?); pragmático cuando nos pide: "Por favor, permita que se cierre la puerta"; amenazante cuando nos anuncia que nos va a filmar "por razones de seguridad" (antes uno podía espiar más impunemente a sus vecinos de "cabina") y decididamente abusivo cuando, exprimiendo hasta el último de nuestros segundos de libertad mental, incorpora en una pantallita publicidad audiovisual. Eso sí: cada mensaje, precedido de un plin musical.
Y como últimamente he estado leyendo algunos conceptos de Deleuze-Guattari, puedo suponer que ese plin es pariente de lo que ellos llaman ritornello . Algo así como una palmadita cariñosa o nana maternal que nos recuerda que ya no somos niños asustados, sino hombres civilizados que se sirven y gozan de un ascensor de alta tecnología, lo que no impide que, cada tanto, suframos algún tropiezo. Para ilustrarlo: hete aquí lo que me pasó en Barcelona con uno de ellos, mi último papelón "paleto".
Me embarco en el ascensor de un edificio supermoderno, dedicado a alojar estudiantes internacionales. Miro en busca de la botonera, pero no la encuentro. Las paredes son absolutamente lisas. El corazón me da un vuelco: como en las pesadillas, la realidad deformada nos hace trastabillar y caer de bruces en pleno caos preconceptual. Demudada, o, mejor dicho, "desterritorializada", advierto al fin una suerte de rejilla con pequeños orificios. El alma me vuelve al cuerpo y, con verdadero orgullo tecnológico -ya verán mis hijos que no soy tan opa-, deduzco que a este ascensor hay que hablarle. (Si él nos habla a nosotros, la reciprocidad es lo menos que se puede esperar.) De manera que me acerco a la rejilla y con voz gentil le susurro: "Al cuarto, por favor". Ascensor, indiferente, sigue a mil. Es español, pienso, habrá que hablarle en su idioma. "Cuarta planta", le digo ahora de forma más imperativa, como una matrona enfadada. Ni pío. Digo, cada vez más mosqueada: "Cuarto piso, tío". "Cuartavo", "cuartillo". Nada y nada. Y ya íbamos como por el piso veinte. Al fin, en el veintipico las puertas acceden a abrirse y entran dos jóvenes encantadores, quienes me explican entre risas que las botoneras de todos los ascensores de ese edificio están abajo, en la planta principal; que indicarle el piso es un procedimiento previo a la entrada en la cabina.
O sea que, creyéndome moderna, no he hecho más que hablarles a las paredes. No es justo. Me fui silbando bajito, o canturreando, sólo para comprender mejor aquello del ritornello de Deleuze, una forma de orientación frente al caos, un típico ejercicio de "reterritorialización", una palabra tan larga que sospecho que Ascensor no podría con ella. Plin.



