El juicio divino
Por Abraham Skorka Para LA NACION
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LA escatología bíblica hace referencias, en los libros de los profetas, a un juicio final. El Talmud enseña que, amén del gran juicio del fin de los tiempos, Dios juzga a sus criaturas individualmente, como pueblos y finalmente cual humanidad toda, una vez al año. En Rosh Hashaná, Año Nuevo judío, al cumplirse un nuevo ciclo en la naturaleza desde la creación divina del cosmos, que finalizó con la del hombre, Dios realiza un balance del desarrollo de Su obra. Dado que toda la Creación, según la cosmovisión hebrea, fue hecha para que el hombre reinase sobre la naturaleza, la cuidase y trabajase, resulta que juzgar al cosmos implica juzgar los hechos del hombre.
El Juez de las acciones del individuo es insobornable, no recibe cohecho alguno ( Deuteronomio 10:17). De acuerdo con una descripción antropomórfica del Talmud, son abiertos ante Él los registros de la conducta de las personas, y el Soberano del universo imparte justicia. El transgresor será penado por sus iniquidades, y el justo, gratificado por su buen obrar.
Pero en nuestra cotidiana realidad es más frecuente ver el éxito del transgresor que la recompensa que recibe el justo. Ya los profetas ( Jeremías 12:1), como los sabios del Talmud, inquirieron acerca de lo que parecería ser el triunfo de la iniquidad en la realidad del hombre. Después de Auschwitz y otros tantos triunfos de la ignominia por sobre la justicia y el respeto a la dignidad humana, parecería que cierta maléfica ley de "selección natural", tal como la entendieron los nazis, es la que rige el destino humano más que la justicia divina.
Y sin embargo, la necesidad de creer en la existencia de una dimensión de justicia divina parece ser recurrente en el espíritu humano. Uno de los libros de la Biblia nos relata las desventuras de un justo, Job, que fue terriblemente probado en su fe, lo perdió todo: sus hijos, su fortuna, su salud. Clamó a Dios pidiendo una explicación por sus desventuras, ya que siempre con humildad y rectitud solía obrar. Sus fieles amigos lo acompañaban en su dolor, consolándolo con la idea de que seguramente con su desgracia estaba purgando algún pecado cometido. Finalmente Dios se reveló a Job, diciéndole que sus fieles amigos habían pecado con sus palabras, y le recordó que su condición humana no le permitía comprender los designios divinos.
Recompensas y castigos
Job volvió a formar un hogar, a tener nuevos hijos, pero, ¿qué hay del dolor de la pérdida de sus primeros hijos? El nazismo fue vencido en la Segunda Guerra Mundial, el pueblo judío resurgió de sus cenizas, pero, ¿qué decir de los que fueron inmolados? Miles de torturados y asesinados hubo en nuestro país en los años de la oscuridad. Pese a todas sus fallas, un Estado democrático fue alcanzado, pero, ¿cómo consolar a la madre que ni siquiera tiene dónde llorar el cadáver de su hijo? Desde la dimensión de la historia se podría argumentar que la justicia, en última instancia, triunfa. Pero desde la dimensión individual, ¿qué se puede alegar?
Job encuentra su paz en el hecho de sentir nuevamente una presencia divina junto a él, no sabe por qué sufrió, pero sabe que en su drama existencial Dios está nuevamente junto a él. El Talmud propone otra respuesta: existe otro mundo, totalmente espiritual, eterno, en el que el justo recibe su recompensa, y el transgresor, su castigo.
Una antigua enseñanza talmúdica enseña que el juicio celestial sólo comienza cuando hay quienes en la tierra se hallan dispuestos a recibirlo. Una existencia sin Juez ni justicia insobornable resulta tan asfixiante para el hombre, que éste termina por destruirse a sí mismo. Vivir en la certeza de que toda la existencia no es más que un capricho de la naturaleza nos llevaría a una realidad que en muchos aspectos no dista mucho de la nuestra de todos los días.



