El Lexus y el olivo
Por Coriolano Fernández Para La Nación
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THOMAS L. FRIEDMAN (Minneapolis, 1953), colaborador de La Nación , fue Premio de Literatura en 1988 por el libro From Beirut to Jerusalem ("De Beirut a Jerusalén") y dos veces Pulitzer por sus artículos de The New York Time s. Dueño de una lúcida pupila conceptual, no rehúsa meditar sobre el sentido de la historia.
Compite así con pensadores notorios: Paul Kennedy, Francis Fukuyama y Samuel Huntington. Cada uno de ellos ha visto algo verdadero, dice Friedman, pero a los tres se les escapa un fenómeno básico, la globalización. Entender el globalismo, añade, implica manejar seis ítem: política, cultura, tecnología, finanzas, seguridad y ecología. El secreto consiste en aprender a mirar el mundo con lentes múltiples y transmitir a la gente esa complejidad con relatos simples. Y lo hace con mano maestra en The Lexus and the Olive Tree ("El Lexus y olivo").
¿Por qué este título? Hacia 1992, Friedman visita Toyota City, al sur de Tokio, donde se arma el Lexus, lujoso auto del que se producían 300 unidades diarias, a cargo de 66 operarios... y 310 robots. Thomas ve fascinado cómo el brazo del robot pasa la goma negra, fundida, alrededor de la luneta, una gotita queda suspendida del dedo del robot, pero el brazo circula hasta tocar un alambre, casi invisible, que corta esa última gotita de negra goma y queda listo para abordar la próxima ventanilla.
Regresa en tren a Tokio. Cena la proverbial caja de sushi y, al hojear un diario en inglés, una noticia en las páginas interiores lo retiene: cierta declaración del Departamento de Estado sobre refugiados palestinos ha encendido la furia de árabes e israelíes.
Yo aquí, piensa Friedman, en el tren más moderno del mundo, mientras en el rincón más antiguo del mundo hombres y mujeres con los que conviví durante años se matan entre sí por la posesión de este o de aquel olivo, un rugoso árbol en las márgenes del Jordán. Se le ocurre la metáfora: el Lexus y el olivo representan el mundo tras el fin de la Guerra Fría. El olivo simboliza el arraigo, la identidad en tanto familia, tribu, comunidad, país o religión. El olivo es el hogar. (La obsesión por el olivo puede llegar a extremos repudiables, como sucedió en el nazismo y sucede hoy en Yugoslavia.) El Lexus simboliza el impulso, viejo como el ser humano, a la mejora material, a la prosperidad, a la medicina que curará la enfermedad. El Lexus es el progreso. Para millones de personas, el Lexus parece al alcance de la mano, pero hay muchos más, a veces en un mismo país, que caminan descalzos arando detrás del buey o juntan maderas para llevarlas varios kilómetros sobre sus cabezas.
Como la Torre de Babel
Si ese ser humano ve que con la sociedad global las raíces de sus olivos son aplastadas o quemadas y quedan a merced del viento, entonces las raíces se rebelarán y estrangularán el proceso. Porque la globalización es también su opuesto, señala Friedman con eco hegeliano: libera y esclaviza, democratiza la vida y puede democratizar el terror, estimula al individuo y también decreta la uniformidad ramplona. "No me sorprendería -escribe- si un día al despertarme veo que Yahvé ha destruido Internet, como echó abajo la Torre de Babel."
Yo creo que hay una enseñanza para los argentinos. Cultivar con nobles armas nuestro árbol del olivo es un eficiente modo de no temerle a la globalización. Pero primero hay que saber cuál es nuestro olivo.
¿Es el show mediático o la callada labor creadora? ¿La televisión chabacana y sanguinolenta o la lectura de libros enriquecedores? ¿La patria futbolística o la patria educativa? ¿La queja llorona del tango o la participación ciudadana en las decisiones?
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