
El malentendido de la transgresión
Los transgresores no son necesariamente creativos. Sin embargo, muchas veces ocurre que, a la hora de describir a alguien, se lo llama "transgresor" a modo de elogio, como si tal adjetivo fuera sinónimo de creatividad. Tal idea se basa en la suposición de que, el que no es transgresor y se somete a las leyes y las normas, no es más que un automatizado robot, miedoso de la novedad y de la apertura.
Es éste uno de los tantos lugares comunes que le han complicado la vida a enorme cantidad de personas. Al "bondi" de la "transgresión creativa" se han subido muchos vagos, inmaduros e irresponsables, amparados por el salvoconducto de la creatividad incomprendida, la que supuestamente no es aceptada por causa de cerrazón e ignorancia de los no transgresores.
En realidad, la personalidad transgresora es una personalidad reactiva. Es dependiente de aquello que debe transgredir, es decir: requiere de una legalidad para poder, una vez instalada la misma, accionar contra ella. El transgresor trabaja de "predicado", frente al "sujeto" que es el ordenamiento contra lo cual se pelea.
Existe otro malentendido en este mismo territorio. Es el que refiere a la rebeldía como un valor en sí mismo, independiente del motivo que la genere. Un "rebelde sin causa", a ojos vista, puede pasar por mero tonto si no se buscan motivos reales a dicha rebeldía. El tener que "trabajar" de rebelde y transgresor ofrece dividendos, pero solamente por corto tiempo, ya que, tarde o temprano, hay que hacerse cargo de lo propio sin escudarse en lo "malo" del mundo para justificar todas y cada una de las propias circunstancias.
Hace varias décadas, unos hermanos de apellido Wright profundizaron en la ley de gravedad, adentrándose en sus secretos a punto tal que, ingenio mediante, hicieron los primeros aviones que funcionaron y se elevaron por sobre el suelo.
Un distraído podría decir que los Wright transgredieron la ley de gravedad, se rebelaron ante ella, logrando burlar sus premisas para vencerla. Pero no, en realidad ocurrió todo lo contrario: los hermanos Wright aceptaron dicha ley, la conocieron en profundidad, la respetaron, se adentraron en el corazón de la misma y, a partir de eso, pudieron sacar el máximo provecho de ella al punto de inaugurar toda una era en lo que a transporte se refiere. Esto demuestra que el aceptar un orden, una ley, no es el punto final de algo, sino que, por el contrario, es el punto de inicio de cualquier camino de libertad creativa.
El fuego sin contorno es mero incendio, el agua sin cauce es sólo inundación, el impulso humano sin una referencia ordenadora que lo contenga es tontera, egoísmo o locura desolada.
Romper no es crear. De hecho, romper reglas es juego de niños, en todos los sentidos de esta expresión. Por eso, podemos decir que, así como la transgresión no es creativa, el orden sí puede serlo si es aliado y no sólo carcelero del fluir vital. En realidad, cuando un chico (o un grande) no tiene un orden que lo cobije pasa a ser esclavo de sus impulsos, y, se sabe, difícil es ser creativo si no hay una vivencia de libertad en el propio ánimo.
Vale entonces revisar un poco las frases hechas, esas que tan a menudo pueblan nuestros días y nos sumergen, imperceptiblemente, en malentendidos nefastos. La creatividad surge del misterio, pero se afinca en un orden, no en un desorden. De allí que, a la hora de apuntar a aquello que nos hace libres y sanos mentalmente, la sugerencia es que marquemos bien la cancha para que, dentro de la misma, podamos jugar el mejor y más creativo de los partidos.







