
El mapa de mi España
Por Eduardo Fidanza Para LA NACION
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En una breve nota, titulada "La muerte y la canoa", escribe Claudio Magris, a propósito de un poeta anónimo del Amazonas que evocaba la pérdida de un familiar: "Los hombres y las cosas de sus vidas -sobre todo, los lugares- se compenetran y se confieren recíprocamente valor; algunos lugares se bastan por sí solos para hacernos compañía porque contienen, como los círculos en el tronco de los árboles, la existencia que se ha vivido en ellos y a las personas con las que se ha compartido esa existencia, contribuyendo a darles forma y sentido".
Días pasados, durante la visita que hizo a la Argentina la vicepresidenta del gobierno español, María Teresa Fernández de la Vega, la oí contar este recuerdo de su infancia gallega: "Cuando miraba el crepúsculo en el mar y preguntaba a mis mayores adónde se iba el sol, ellos me respondían: el sol se marcha a la Argentina". La fuerza poética de esta anécdota me conmovió, y la penumbra del Teatro Avenida, donde fueron dichas esas palabras, escondió oportuna mis lágrimas. Los consultores políticos no lloran.
España es para mí ante todo un lugar, en el sentido que le otorga Magris al término. Un lugar que forma parte, como pocos, de las cosas de mi vida. Una historia individual que posee, sin embargo, resonancia colectiva. Porque "las cosas de mi vida" son las cosas de muchas vidas signadas por España. De éste y del otro lado del mar. Y el sol, si nos atenemos a aquella respuesta metafórica -que destila toda la morriña de que un gallego es capaz-, bien podría entenderse como un puente o un correo, por donde "las cosas de nuestras vidas" fluyen y se intercambian.
La España que conocí, y en la que viví, recién casado, estudiando y entrenándome para lo que después sería mi profesión, es la de la primera mitad de los ochenta. Como me gusta decirlo, en un trazo rápido: una España que ya no era pobre y que todavía no era rica. Fresca la transición, recién estrenado el gobierno de Felipe González, empezaba la reversión de una decadencia que se contó por siglos.
Pero España había entrado mucho antes en mi vida. No por parientes directos, sino por los libros. Mi madre dejaba sobre su mesa de luz una edición de bolsillo de Losada de los poemas de Miguel Hernández; mi padre guardaba en su biblioteca las obras completas de Ortega y Gasset, en unos tomos grises de tapa dura, editados por Revista de Occidente. Había también en los estantes libros de Miguel de Unamuno y de Gregorio Marañón. El poeta de Orihuela, más comprensible para la sensibilidad de un adolescente, cayó primero en mis manos. Lo devoré. El me introdujo en la poesía social y amorosa, en la Guerra Civil y en la confraternidad que lo unió a Pablo Neruda, a Vicente Aleixandre y a nuestro Raúl González Tuñón.
Con los poetas de la República aprendí política y erotismo. Metáfora y compromiso. Compartí su lucha a muerte contra Franco, sus consignas, sus canciones. Y la complicidad de sus amores. Con ellos construí mi primera noción de España.
El destino, afectivo y profesional, me llevó por primera vez a Madrid, a mediados de 1983. La Argentina esperaba la democracia, que sus dictadores le regateaban. Existía incertidumbre y recelo. Ya había ocurrido el desastre de las Malvinas, y la crueldad de la junta militar argentina espantaba al mundo.
Sin embargo, se desconfiaba del fin del régimen. España, en cambio, había dado el paso. Y cómo. En Madrid se respiraba libertad; se discutía de política, se saldaban asignaturas pendientes, ¡se criticaba al Papa en los diarios!
A los libros sobre España que seguía leyendo entonces (recuerdo, entre otros, la autobiografía de Buñuel, la historia de la Guerra Civil, de Hugh Thomas), se agregó de golpe lo que entra por los sentidos: ocres intensos del otoño en los alrededores de Madrid, la sangre de los toros en las ventas, el cochinillo de Segovia, al pie del acueducto; el azul transparente de la Sierra de Gredos, el Duero en Soria, "entre San Polo y San Saturio", como lo evocó Machado; un recorrido nocturno por las callejuelas de Toledo, las casas de Cuenca, abrazadas al precipicio; el sabor del jamón de una taberna en la calle de La Luna, a pasos de la Gran Vía.
España me tenía cercado por aquellos días. A lo que me dieron los libros y las vivencias les sumé parientes gallegos por vía política. Si Madrid se vincula con mi educación profesional y afectiva; en Galicia aprendí, a la vez, la generosidad del que acoge en su casa, y el gusto por los frutos de mar. Percebes y disponibilidad, rodaballos y bienvenidas se mezclan en el recuerdo. Mis nuevas tías y primos de Santiago de Compostela me dieron alojamiento, calor y comida. "¡Come riquiño , y que te aproveche!", imperaban. Vivían en un piso enorme a metros del Obradoiro; la ventana de mi habitación se abría a una pequeña fuente medieval, que me acunaba con el leve susurro del agua.
Pasaron los años. Regresé a España varias veces, recorrí los lugares entrañables y otros que no había conocido, como Andalucía. Me fascinaron Ronda, Córdoba, Cádiz. (Por contingencias del destino, nunca entré en Granada, como aquel de la balada de Rafael Alberti.) Los amigos y los familiares permanecían, con matices, en los lugares y en las tareas en que los había dejado. Algo más viejos, pero invariables en afecto y valores. La que cambiaba con rapidez era España. O mejor: profundizaba su modelo, a mis ojos, un maridaje tenso y singular entre Estado y regiones autónomas, democracia y monarquía.
Con el tiempo, España se diversificó en mi experiencia. No pude sustraerme a la transición a la democracia. Es ya un lugar común (aunque clave) para los de este lado del mar que desesperamos por el destino de la Argentina. Leí la historia y escuché a sus protagonistas. Gabriel Cisneros, uno de los redactores de la Constitución de 1978, recientemente muerto, contó en mi presencia una anécdota que me cautivó por el mensaje que guarda para nosotros.
La reconstruyo, con las vacilaciones de la memoria: al cabo de la redacción del texto constitucional, cada uno de los ponentes, representantes de las principales fuerzas políticas, dio su parecer sobre el resultado del trabajo realizado. "No es lo que esperaba." "Hemos tenido que ceder mucho." "El texto no me satisface", dijeron, con matices, los redactores. El coordinador les espetó entonces: "Que no estéis satisfechos con el texto es un buen motivo para firmarlo".
A la pregunta de por qué había estado él dispuesto a ceder, Cisneros, un hombre de una llaneza conmovedora, que había sobrevivido a un atentado de ETA, me respondió: "Debíamos hacer un esfuerzo para superar las diferencias, que nos costaron muchos muertos; en mi familia hubo caídos de los dos bandos. Entonces, me dije: tengo que trabajar para la unidad de España. Era preciso ceder".
En otra ocasión, lo escuché a Alfonso Guerra evocar su perplejidad cuando, en los primeros días de la transición, le dijeron que él y Felipe González debían sentarse a dialogar con Manuel Fraga Iribarne: "Cómo nos vamos a reunir con Fraga, si es el que nos hace meter presos", contestó el entonces joven dirigente socialista. Pero se sentaron y hablaron. Y superaron recelos. Y llegaron a un convenio.
Actitudes ejemplares para nosotros, los de este lado. Los inválidos para ponerse de acuerdo en lo esencial, perdiendo algo, en favor del conjunto. Aquella generación de españoles, yo creo, forjó el consenso porque fue aleccionada por crisis severísimas: la guerra y la dictadura, el hambre, el aislamiento del mundo, la perversidad de ETA, la inflación, la falta de crecimiento. Aprendieron de su propio dolor para no repetirlo. No quisiera pensar que a nosotros aún nos faltan desgracias para disolver nuestro egoísmo.
La España de hoy transcurre por otros caminos. Con la democracia consolidada y una de las diez economías más fuertes del mundo, se permite, entre otras cosas, discutir su pasado, remover la memoria. Algunos alzan la voz para alegar que eso estimula el rencor; otros, creo que con razón, sostienen que las condiciones están dadas para encarar un balance más justo de la guerra y la represión. Los españoles, con cordura, lo hacen al revés que nosotros: primero se pusieron de acuerdo en lo básico, aquello de lo que depende la solidez del Estado; ahora se proponen mirar hacia atrás.
¿Se sigue marchando el sol a la Argentina? Me inclino a pensar que no, al menos del modo en que lo concebían aquellos gallegos a través de sus metáforas. Para ellos, la Argentina era un horizonte. Político y económico, no sólo sentimental. Una tierra de promesas. Hoy es un país que genera afectos, pero no ilusiones de progreso. Un paisaje para recorrer, no para afincarse.
El día que evoco, los españoles que viven en Buenos Aires y sus descendientes siguieron con emoción, desde los palcos del Teatro Avenida, las palabras de su vicepresidenta.
Ella habló con sobriedad y estilo: ninguna palabra pesaba más que otra, ningún oropel deslumbraba. Repasó los vínculos comunes. Enumeró logros y desafíos. Y dijo aquello del sol y la Argentina.
Por el azar de la memoria, se me reveló entonces el título de lo que después escribiría. Pertenece a un poema de César Vallejo, que dice: "Tengo un suelo, un alma, un mapa de mi España".




