
El miedo y la desconfianza
Por Natalio R. Botana Para La Nación
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POLITICA, mercados, justicia: en estas tres palabras se cifran los asuntos públicos en los días que corren. No resulta fácil ensayar una definición precisa acerca del alcance de estos conceptos. Sin embargo, la ciudadanía conoce muy bien los significados de la política, los mercados y la justicia cuando evoca con mal humor su sentido opuesto: la corrupción, en efecto, parece envolver la política; la inestabilidad y la miseria, los mercados; la privación de los derechos esenciales, la justicia. Este cuadro, poco atento a los matices y al comportamiento de los políticos responsables, no se adecua enteramente a la realidad de las cosas, pero la repetición constante de esa imagen nos contamina e irrita.
No creo que valga la pena repasar una por una las recientes circunstancias. En los últimos meses, el fantasma de la cesación de pagos hace las veces de un lugar común o de una rutina establecida. Tal vez, mediante las medidas de última hora, hayamos detenido ese malsano vértigo. Nada obsta, empero, para volver a insistir, una vez más, en la imperiosa necesidad de que el Estado recobre un mínimo de solvencia fiscal. Esto sí nos plantea la necesidad de atender a los fundamentos.
Con la ayuda de esa perspectiva, vale la pena preguntarse: ¿quién manda en nuestra democracia, el Gobierno o los mercados? Si nos remitimos a un plano ideal, no deberían mandar ni uno ni otro. En una democracia respetable, ese mando sería tributario de un orden institucional basado en el carácter previsible de las leyes, en el compromiso fiscal de los ciudadanos y en la legitimidad de los tribunales de justicia para ordenar y sancionar. Sin ese respaldo institucional, no hay mando que valga. Podrá haber en un gobierno calidad ética y buenas intenciones, pero, en ausencia de este dispositivo, nunca habrá mando político en plenitud.
No parece que ninguno de aquellos arbotantes haya sido capaz de sostener en nuestro medio el arco de las instituciones. Las leyes siguen siendo imprevisibles, la justicia está condicionada por el desplante de los poderosos y, ante semejante espectáculo, dañado por las penurias de la depresión económica, los contribuyentes pagan cada vez menos impuestos.
Estos aspectos conforman una suerte de tríptico de la corrupción. Condimento necesario de lo que nos pasa, la corrupción es un disparador mortífero para dirimir las luchas por el poder. Los cambios que ha sufrido la dirección del Banco Central se explican en este contexto: para salvar la circunstancia de un presunto mal desempeño hubo que sacrificar la independencia de la institución. Este choque entre valores radicalmente encontrados ha estallado en estas semanas con motivo del caso del contrabando de armas. Se aceleró el ritmo de la investigación judicial hasta el punto de toparse con crudos intereses partidarios que, sin tapar del todo las diferencias internas, llevaron al justicialismo a encolumnarse (por lo menos en apariencia) tras el ex presidente Carlos Menem.
¿Qué tiene más valor en una democracia: el resplandor de la justicia o la impunidad de los poderosos? La teoría correcta no dudaría en apoyar, con un sí rotundo, el primer término de este dilema. No obstante, para que esta expresión de deseos pueda canalizarse debidamente, es preciso contar con una Justicia confiable, sobre todo en un caso concreto, cuando se cruzan los deberes de la verdad con las conveniencias de la política o de la gobernabilidad. Este requisito está en suspenso, con el agravante de que hay varias personas honorables, involucradas en este juicio, que pueden caer en la redada si no se progresa en la investigación con las precisiones que aquella exige.
Presas de la incertidumbre
De nuevo, este contrapunto entre la lógica de la verdad y la lógica de la conveniencia (por ahora, sin resolución aparente) nos deja un regusto amargo. Si seguimos así, el plano ideal de la democracia corre el riesgo de convertirse en un plano inclinado. Los que más sufren la caída por la pendiente son los débiles y los que mejor se defienden son los poderosos, mientras todos vivimos presas de la incertidumbre.
Por cierto que no es comparable la incertidumbre de quien no tiene trabajo ni techo donde guarecerse con la de un operador sujeto al sube y baja del riesgo país. Empero, estas gruesas diferencias no invalidan el carácter general de nuestros temores. La imagen de que en la actividad política o económica es inminente un hecho destructivo invade los medios de comunicación. Nadie, ni siquiera los que disfrutan de buenos ingresos, está exento de esta larvada amenaza.
Es obvio que aquí no hay recetas mágicas sino un difícil camino. Es curioso: hace dos mil cuatrocientos años, en las páginas de la Retórica, Aristóteles presentó, como solo un genio podría hacerlo, un conjunto de parejas de conceptos contrapuestos. Enfrentó el amor con el odio, la ira con la calma... Cuando le llegó el turno al miedo (o temor), Aristóteles no encontró mejor actitud contraria a este "pesar o turbación" que la confianza. Solo ella, creía el viejo filósofo, podía expulsar el temor de la vida humana, porque la confianza no es más que la conciencia de que "las cosas que pueden salvarnos están próximas y, en cambio, no existen o están lejanas las que provocan temor".
¿Habrá llegado para la Argentina el momento de la confianza? Sin ella, no saldremos jamás del pantano.




