
El misterio de los 58 juramentos
Puede entenderse la emancipación argentina como resultado imprevisto de la fricción entre dos imperios conflictivos
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El 27 de junio de 1806, los ingleses se apoderaron de Buenos Aires en lo que se conoce como la primera invasión inglesa.
Durante 47 días, ondeó la bandera británica en el fuerte de Buenos Aires. Ejercía como gobernador el general Guillermo Carr Beresford, hombre soltero, con un ojo de vidrio y alta perspicacia política, que cumpliría misiones de gran nivel en Portugal, España y Brasil. En alguna de estas andanzas le tocó comandar al general José de San Martín, que era entonces un teniente coronel español.
Con fecha lunes 7 de julio de 1806, el Cabildo convocó a todos los miembros de las corporaciones eclesiásticas, civiles y militares para que se hicieran presentes, al mediodía, testimoniando su juramento de obediencia y lealtad a Su Majestad Británica. Así estaban las cosas.
Los españoles se sintieron –en general- ultrajados por la propuesta. Los criollos, hasta cierto punto, tentados, ya que bajo el dominio británico estarían más cerca de alcanzar la independencia que manteniéndose dentro del férreo imperio español. Conviene recordar que, en esa época, todos los argentinos eran españoles, y sobre todo católicos. Pero el comercio inglés ya jugaba un papel importante en el Río de la Plata (Buenos Aires y Montevideo) a través de numerosos mercaderes, tenderos, comerciantes, médicos, contrabandistas y -¿por qué no?- espías que actuaban en estas costas. Desde la batalla naval de Trafalgar (1805), Inglaterra había destruido a las flotas española y francesa, quedando dueña de los mares. De modo que, en todas las costas, los ingleses elegían colonias, territorios, puertos propicios y procedían a tomarlos. Ya desde el siglo XVIII, se decía en Inglaterra que los campos y puertos del Río de la Plata eran ideales para los intereses británicos y que se podrían realizar negocios estupendos para ambas partes. De cualquier modo, Beresford no podía prometer la independencia porque no estaba facultado para semejante audacia: su misión era sólo consolidar una avanzada militar en el Río de la Plata.
No podía prometer la independencia porque no estaba facultado para semejante audacia: su misión era sólo consolidar una avanzada militar en el Río de la Plata
¿Qué pasó con aquel juramento? Algunos se excusaron, como los miembros de la Real Audiencia y el Tribunal de Cuentas, el consiliario Francisco Ignacio de Ugarte, el secretario del consulado Manuel Belgrano (entonces funcionario español) y su secretario Juan José Castelli. Muchos otros acudieron gustosos, viendo un mejor horizonte de negocios. Según testimonio del influyente vecino don Gaspar Santa Coloma, bajó a prestar juramento el teniente coronel Gutiérrez con cuatrocientos soldados, el oficial Rameri con cien hombres del regimiento de Blandengues de Santa Fe, más otros militares, eclesiásticos y vecinos.
Como Beresford necesitaba más adhesiones, mandó instalar un despacho que permanecería abierto de noche y de día, a cargo del capitán Alexander Gillespie, para que los vecinos pasaran a estampar su firma y juramento. El comentario de Gillespie: "Teníamos en la ciudad algunos amigos ocultos, pues al caer la noche me visitaban discretamente y firmaban muchos ciudadanos criollos". En total resultaron 58. En general, comerciantes favorables al dominio inglés. Para algunos son pocas firmas, pero cabe señalar que en aquellos tiempos se movilizaba un Cabildo abierto con 200-300 vecinos. La oficina-vivienda de Gillespie se encontraba en la calle del Santo Cristo, actual Balcarce-Reconquista.
Naturalmente, este libro comprometedor, con firmas y juramentos, fue retirado al producirse la reconquista y se perdió en los meandros del Foreign Office.
De todos modos, según carta de Cornelio Saavedra a Juan José Viamonte, varios hombres de mayo fueron afectísimos de la administración británica, contando a Juan José Castelli, Nicolás y Saturnino Rodríguez Peña, Antonio Luis Beruti, Hipólito Vieytes y Juan Larrea.
Una vez producida la retirada de Beresford, este rindió detallada cuenta de los bienes incautados en el Río de la Plata: 1.291.323 dólares. Efectivamente, los ingleses capturaron importantes caudales provenientes del Potosí, que se encontraban atesorados en Buenos Aires, a la espera de su traslado a Cádiz. Robaron a lo pirata, sí, pero cabe valorar este acto como una maniobra de guerra contra el imperio rival de España, ya que ese dinero no había sido producido ni resultaría aplicado en la Argentina.
Otra incógnita: ¿Por qué se hablaba de dólares? En viñetas periodísticas y cancioncillas populares inglesas de la época se celebraba la captura de "the dollars from Buenos Ayres", siendo que aquí no había ningún dólar. Entendemos que ya entonces se utilizaba la palabra "dollar" como sinónimo de dinero metálico, sobre todo en un contexto americano.
Otra incógnita: ¿Por qué se hablaba de dólares?
Las Invasiones Inglesas fracasaron rotundamente, pero algunas fuentes señalan que Beresford se comprometió con sus numerosos amigos de Buenos Aires a "dar una mano" a la emancipación americana. Efectivamente, cuando se fueron los ingleses (1807) planeando una Tercera Invasión para 1808, que nunca se llevó a cabo, los criollos iniciaron su emancipación: nunca volvieron a ser, en plenitud, una colonia española. En cuanto a la participación de Inglaterra en la Independencia, basta recordar la cobertura naval sobre el Pacífico, brindada por la flota cuasi-inglesa del almirante Cochrane en la campaña de los Andes, Chile y Perú. Aunque cabe señalar que San Martín y Cochrane terminaron cubriéndose de insultos mutuos y casi puñetazos. Eran dos hombres muy distintos.
En cierto modo, puede entenderse la emancipación argentina (también la colombiana, la venezolana, la chilena, la peruana y otras) como resultado imprevisto de la fricción entre dos imperios conflictivos: el inglés y el español.
Algunos autores que pueden iluminar mejor esta época de formidables sorpresas: Rodolfo Terragno, Bernardo Lozier Almazán, Alexander Gillespie, Enrique Williams Alzaga, Enrique de Gandía, John Lynch, H.S. Ferns, Paul Groussac y muchos otros de diferente orientación.





