
El mito de la democracia digital
Todo indica que apareció una nueva forma de participación política. La red informática se ha convertido en escenario de debate público y objeto de codicia para los dirigentes de todo el mundo. Sin embargo, la autopista que promete la libertad perfecta esconde también curvas peligrosas.
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LA dirección electrónica de Bill Clinton es: presidentwhitehouse.gov. Con ella se comunican miles de personas por día, de todo el planeta. Algunos lo hacen para criticar su gestión, y otros lo hicieron para manifestar su solidaridad -o su repudio- ante el telenovelesco Lewinskygate. El Senado de los Estados Unidos tiene una página Web que se ubica como www.senate.gov, y en ella ingresan millones de cibernautas de toda nacionalidad y orientación política: muchos de ellos son simples ciudadanos que quieren estar informados sobre lo que hacen sus legisladores.
Las ediciones on line de los principales diarios del mundo ofrecen foros de discusión para que sus ciberlectores debatan sobre aquellos temas que los antiguos romanos denominaban res publica , es decir, asuntos del gobierno y del Estado. Todo indica que apareció una nueva forma de acción y participación política, casi una versión fin de siglo de la democracia directa o semidirecta.
Al estilo criollo
En la Argentina, la utilización de "la red de redes" como nueva herramienta política también tiene sus adeptos. Graciela Fernández Meijide es la primera aspirante a la presidencia que creó su propia página Web, y en el Gobierno hay quienes están convencidos de que las comunicaciones multimediáticas y el mundo virtual son mecanismos eficaces de gestión administrativa. Ese es el caso de Alfredo Ossorio, funcionario de la Secretaría de la Función Pública, que organiza cursos de capacitación para funcionarios municipales de todo el país sobre el aprovechamiento de las redes informáticas en los servicios de la administración.
"Aún estamos dando los primeros pasos, pero la práctica política y la correcta gestión administrativa durante el tercer milenio dependerán de la forma en que comprendamos el ciberespacio y de cómo nos manejemos dentro de él. Debemos estar preparados para movernos en escenarios y territorios políticos de una dimensión que la modernidad no pudo ni imaginar", dijo Ossorio.
Hoy vemos cómo, a través de Internet, pueden reunirse individuos con preocupaciones e intereses afines, aunque algunos vivan en Tierra del Fuego y otros en La Quiaca. Más aún: ya pueden crearse regiones económicas fuera de los espacios físicos reales, como las que pueden integrar, por ejemplo, los productores frutícolas del Alto Valle de Río Negro y sus colegas del Estado norteamericano de California.
"En términos estrictamente políticos debemos capacitarnos para una nueva forma de democracia semidirecta, que será posible cuando los habitantes de un municipio puedan seguir on line la conducta de sus representantes, o presionarlos por la misma vía con iniciativas colectivas en apoyo o en contra de tal o cual proyecto legislativo", destacó Ossorio.
El 9 de septiembre pasado, el secretario de Comunicaciones, Germán Kammerath, anunció que el gobierno nacional destinará 22 millones de pesos para desarrollar quinientos centros tecnológicos comunitarios (CTC) en localidades poco pobladas y de escasos recursos económicos. Cada uno de estos CTC -que comenzarán a funcionar antes de febrero de 1999- permitiría que los habitantes de esas comunidades tuviesen acceso al uso de correos electrónicos, fax, teleconferencias, bibliotecas virtuales, telefonía pública, foros de ciberconversación ( chats ) e instrumentos de comunicación para la práctica del comercio electrónico.
El 29 de agosto último, La Nación había informado que, de tener éxito la gestión de Kammerath, la primera ciberciudad del país sería La Carlota, una comunidad cordobesa de doce mil almas, de donde es oriunda Luz Capdevilla, la esposa del secretario de Comunicaciones.
Todos quieren estar
El ciberespacio es aquel cuyos límites de existencia están determinados por la red mundial de telecomunicaciones (telefonía, televisión e Internet). El especialista norteamericano Steve Mizrach lo define como un "espacio que se construye en la mente cuando las personas se conectan utilizando los medios electrónicos".
Si en el ciberespacio están todos, por qué los políticos argentinos no van a recurrir a los medios electrónicos para medir sus influencias y, sobre todo, para ganar más puntos de rating de los que todos juntos alguna vez pudieron imaginar en aquellas épocas de grandes actos callejeros.
Ariel Garbarz es ingeniero en electrónica y telecomunicaciones. Es docente en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Tecnológica Nacional, y consultor en seguridad teleinformática. Asesora en estos temas al Banco Mundial y al Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Este especialista considera que el concepto de ciberdemocracia corre el peligro de ser mitificado y se manifiesta un tanto escéptico sobre su condición de progresista.
Garbarz sostiene que la práctica política de nuestros días tiende cada vez más a la virtualidad. La clave de ese proceso está en que, para llegar a un mayor número de personas, los políticos están reemplazando el contacto directo con la gente a través de los mecanismos propios de la televisión interactiva.
"Un buen ejemplo de este proceso es lo que sucede con el programa de Mariano Grondona, al cual los políticos quieren concurrir para compulsar su nivel de aceptación gracias al sistema de televoto con el que participa la audiencia. Cuando la producción del programa tenga la capacidad tecnológica para recibir y procesar no menos de cincuenta mil llamadas telefónicas a la vez, el espacio de Grondona se habrá convertido en una especie de foro virtual de democracia cibernética semidirecta", dijo el experto.
¿Podrán alguna vez los medios electrónicos reemplazar el sufragio universal? Las democracias más desarrolladas han avanzado con algunos experimentos electrónicos, pero la gente prefiere el papel en desmedro del misterioso botón computarizado. "Es lógico que sea así porque los medios electrónicos aún no alcanzaron un nivel adecuado de confiabilidad. Para llegar a ese punto, los sistemas informáticos necesitan de cierto desarrollo. Requieren un grado de codificación de 128 bits , hasta ahora sólo utilizado por algunos bancos suizos para garantizar la ultraconfidencialidad de sus operaciones", señaló Garbarz.
Las elecciones parlamentarias y para gobernadores realizadas el 3 de noviembre último en los Estados Unidos le dieron la razón a Garbarz: todas las máquinas electrónicas utilizadas en la votación del distrito de Nueva York se descompusieron el mismo día del sufragio, y los electores se vieron obligados a recurrir a la vieja boleta de papel.
Escépticos y críticos
El especialista norteamericano Howard Fineman considera que la ciberdemocracia podría llegar a ser desagradable, compleja y peligrosa. "En el mundo digital abundan los hechos no verificados y las simples opiniones. Una elegante página en la Web de quienes niegan el Holocausto podrá parecer tan convincente como una versión en línea de la verdadera lista de Schindler", dijo Fineman.
Las peores amenazas contra los sistemas democráticos durante la era digital no pasan por el surgimiento de movimientos divisionistas o terroristas ni por la aparición de nuevos magnates y corporaciones con exceso de poder, ni siquiera pasan por las crisis financieras ni por los límites fijados a la libertad de expresión. Para John Pavlik, director del programa sobre nuevos medios de comunicación de la Universidad de Columbia, "esos peligros son más sutiles e insidiosos; si alguien puede ver el mundo desde cualquier ángulo, si todo es relativo y la realidad dominante es la virtual, ¿dónde está entonces el site llamado Estado nacional y derecho vigente?; para un norteamericano, ¿dónde está el site Estados Unidos?" El otro gran peligro consiste en que los liderazgos, tal como hoy los conocemos, podrían desaparecer en la medida en que los políticos queden demasiado conectados a los votantes -a través de la televisión interactiva como mecanismo plebiscitario populista, según palabras del politicólogo italiano Giovanni Sartori-, y los gobernantes se vean obligados a actuar como meros ejecutores de caprichos o de opiniones manipuladas. "¿Estaremos los ciudadanos cibernéticos del futuro capacitados para cumplir con nuestras tareas, y evitar entonces la banalización de la vida democrática?", se preguntó John Pavlik.
Si nos atenemos a la realidad argentina, hablar de un proceso democrático a través de Internet es una exageración. En ese sentido, Garbarz opina: "en nuestro país sólo existen unos cincuenta mil navegantes de Internet y entre ochenta mil y cien mil usuarios de correo electrónico. Estas cifras denotarían un sistema ciberdemocrático y de escasa participación ciudadana. Además, la Web es un ámbito de mensajes unidireccionales, en el cual actúan muy pocos emisores y millones de receptores pasivos. Cualquiera que se conecte a la Web por primera vez encontrará que las principales emisiones dependen de las grandes corporaciones multinacionales".
En los Estados Unidos, la ciberdemocracia aún es sólo una posibilidad elitista. En un artículo publicado por The Wall Street Journal, el especialista Walter Mossberg recuerda que, siendo el más computarizado del planeta, en ese país apenas si el 27 por ciento de los hogares está conectado a Internet. "Después de veinte años de haberse convertido en un producto de consumo masivo, las computadoras han llegado a sólo un cuarenta y cinco por ciento de esos hogares norteamericanos", recuerda Mossberg.
Incluso los más entusiastas defensores del valor democrático de Internet admiten que los fundadores del método de razonamiento que llevó a la creación de "la red de redes" fueron los integrantes de un grupo de expertos en inteligencia que trabajó bajo las órdenes del III Reich. Con la intención de crear un sistema de telecomunicaciones militares y de espionaje, los técnicos nazis pusieron en marcha el llamado Proyecto Escalón, formado por un "ejército" de agentes intercomunicados, pero supeditados a un control único y conocedor de todos los mensajes, que era el propio Adolf Hitler, por supuesto.
"Varias décadas después, y en otro contexto, Internet nace a partir de la actividad científica de las grandes universidades norteamericanas. Ese proceso de acumulación de conocimientos técnicos fue posible gracias a las millonarias inversiones del Pentágono, que, para salvaguardar los intereses estratégicos y de seguridad de los Estados Unidos, propuso un sistema global de comunicaciones, pero manteniendo su condición de conocedor de todos los mensajes que circulan por la red", aseguró Garbarz.
A finales de octubre último, el gobierno de los Estados Unidos informó que se había constituido la primera organización reguladora de Internet. Se trata de una institución sin fines de lucro creada por las propias autoridades federales y se llama Corporación Internet para Nombres y Números Asignados (cuya sigla en inglés es Icann). Jonathan Zittrain, abogado y docente de la Universidad de Harvard, sostuvo que esa organización será mucho más que una oficina burocrática encargada de dar pautas técnicas. "Estamos ante un verdadero poder constituyente del ciberespacio político", dijo.
Para David Post, otro jurista y académico norteamericano, la Icann podría llegar a cumplir el papel de un cibergobierno mundial, imponiendo normas y condiciones para todos aquellos que navegan por las redes. Internet podría dejar de ser anónima, pues la Icann pretende establecer la identificación obligatoria para todo titular de un sitio Web. De esa forma, señaló Post, "todas las direcciones y páginas Web quedarán bajo control del gobierno de los Estados Unidos".
Según Garbarz, sin embargo, las tendencias registradas en el mercado mundial de las telecomunicaciones indican que los dueños de los canales cibernéticos serán las empresas que se apropien de la "redes telefónicas globales o satelitales". Esas redes están integradas por las telefonías de base, celular y satelital, las que a su vez permiten el acceso a Internet y a las señales de audio y video, es decir, al sistema de televisión interactiva. Actualmente, las empresas mejor ubicadas en esta puja por el control de los medios cibernéticos son Motorola y Microsoft. Aquélla participa en Iridium, la primera "red de telefonía global o satelital", y la firma de Bill Gates controla a Global Start, la competencia de Iridium.
Uno de los críticos más enérgicos del supuesto carácter esencialmente democrático del ciberespacio es el ya mencionado Giovanni Sartori, para quien el ciudadano fin de siglo es desinformado y manipulado por los mensajes de la televisión interactiva. En uno de sus libros de mayor difusión - Homo videns - el pensador italiano afirma que los partidos políticos están perdiendo su protagonismo como principales soportes del sistema democrático frente al poder que adquirió la televisión para imponer candidatos, criterios y valores. Sartori sostiene que considerar a Internet como un espacio de libertad infinita es poco menos que ridículo, y estima que Nicholas Negroponte, uno de los mentores ideológicos de la ciberdemocracia y de las "libertades digitales", es un "mentiroso que vende mentiras".





