
El mito populista se aprovecha de la crítica al capitalismo
La crisis griega reaviva aspectos del debate político y económico que signó los primeros años del siglo en Occidente. La controversia posee diversas y confusas resonancias. Esquematizando, podría decirse que, en primer lugar, arrecian las críticas al capitalismo, centradas en su funcionamiento económico y en las consecuencias socioculturales de su expansión. En segundo lugar, se revaloriza al populismo, un término polisémico, en el que muchos proyectan la redención de las desgracias de esta época. En tercer lugar, la mayoría de los gobiernos, con suerte diversa, busca sanear las economías utilizando herramientas racionales, aunque objetadas. Estados, iglesias, políticos, empresarios e intelectuales son los actores descollantes de esta discusión. La población sigue la polémica al ritmo de la contracción o distensión de su bolsillo.
La crítica al capitalismo tiene dos vertientes: la económica y la cultural. La primera enfatiza la desigualdad, el estancamiento, las crisis cíclicas y el déficit de empleo por el avance tecnológico. Tal vez las conclusiones del ya célebre estudio de Thomas Piketty sobre el capital en el siglo XXI constituyan un buen ejemplo de esta postura: a largo plazo, la tasa de ganancia resulta significativamente más alta que el crecimiento y el salario; de ese modo, el empresario se convierte en rentista porque el capital se acrecienta con mayor rapidez que la producción. En esas condiciones, remata Piketty, "el pasado se devora al futuro". Revertir esta tendencia implica diseñar nuevas y eficaces formas de redistribución del ingreso que disminuyan la desigualdad. El horizonte es crecimiento con equidad distributiva. Como sostiene Larry Summers, ex secretario del Tesoro de Clinton: "La historia nos dice que las sociedades tienen éxito cuando los frutos del crecimiento son ampliamente compartidos".
El cuestionamiento cultural al capitalismo no es menos severo. Los sociólogos hablan de una etapa avanzada y global, cuyo foco excluyente está puesto en el consumo, el espectáculo y el entretenimiento, mediados por una incesante y enloquecedora catarata de tecnología. En un libro sobrecogedor, titulado 24/7. El capitalismo tardío y el fin del sueño, el ensayista Jonathan Crary sostiene que en esta época el hecho de dormir es la última frontera contra la mercantilización, que ha colonizado todas las actividades humanas. El sueño, afirma, "es una interrupción sin concesiones al robo de tiempo que sufrimos por parte del capitalismo". Se constituye en la valla restante de un mundo que pretende permanecer encendido las 24 horas del día, los siete días de la semana. Es la sociedad del rendimiento total, del consumo perpetuo, de la conexión ininterrumpida.
Sin mayor referencia a los efectos culturales del capitalismo, los nuevos populismos latinoamericanos adoptaron la idea de la inclusión, ampliando derechos económicos y civiles, en una época propicia debido a la revalorización de las materias primas. En ese camino, les resultó muy útil la polémica mundial sobre la desigualdad. Sin embargo, el proceso se llevó a cabo bajo una radicalización política e ideológica ajena a ese debate. Esto resultó particularmente notorio en la retórica de los líderes políticos de Venezuela, Ecuador, Bolivia y la Argentina. Según esa visión, lo "nacional y popular" representa verdaderamente al pueblo y defiende sus intereses, en contraposición con lo foráneo y lo no popular, que atenta contra su soberanía. Esa concepción binaria la acaba de expresar Cristina Kirchner con una metáfora infantil: los héroes populares, como Juana Azurduy, miran hacia dentro; los no populares, como Cristóbal Colón, miran hacia fuera.
Se trata de la antigua mitología populista, rediviva: la oposición entre LA NACION y sus enemigos externos, el protagonismo excluyente del líder de masas, la psicología política persecutoria; la reunificación, en torno al significante "pueblo", de una realidad previamente desgarrada por sus rivales. En la elaboración y reproducción de este relato, el populismo aprovechó de manera liviana y selectiva la crítica al capitalismo, incluida la que efectúa la Iglesia Católica. Por eso, debe distinguirse esa crítica del mito populista. Las reformas a la economía mundial requerirán tiempo, nuevos consensos y delicados equilibrios, distantes del discurso ampuloso de líderes como Chávez, Morales, Correa o los Kirchner. El duro presente de Grecia, con sus marchas y contramarchas, exhibe la complejidad del proceso en curso.
No hay duda de que el objetivo es la inclusión. Por ética o por supervivencia, las elites occidentales se están planteando esta cuestión. Y no se trata únicamente del aspecto económico, sino también del cultural. La hipermodernidad -el mundo 24/7-no sólo debilita las identidades y erosiona la legitimidad política, provoca marginalidad, patología mental y violencia extrema. Frente a eso, sin embargo, no parecen ser la solución los populismos latinoamericanos. Para mejorar el reparto de bienes y la vida social, se requieren valores y condiciones que ellos han desechado: preocupación por la calidad de las instituciones, consumo sobrio, diálogo político y honestidad en el ejercicio del gobierno.






