El muro que Trump quiere terminar viene de lejos

Leonardo Tarifeño
Leonardo Tarifeño LA NACION
Una plaza de Tijuana es símbolo del dolor de las familias mexicanas divididas por la barda fronteriza
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19 de enero de 2017  

CIUDAD DE MÉXICO.-Al mar no se le clavan barrotes. O al menos eso creía yo hasta que llegué a Tijuana, del lado mexicano de la frontera compartida con San Diego. En Tijuana vi que, justo sobre la línea fronteriza, en el corazón de una playa alegre y ruidosa, una verja de acero de 4,5 metros surge desde el mar y separa el país más poderoso del mundo de aquel que alberga casi 56 millones de pobres. Si se camina a un costado de la barda, lo primero que se advierte es que los barrotes se vuelven más y más gruesos. En los primeros alguien escribió los nombres de los veteranos de guerra mexicanos que Estados Unidos deportó aun cuando habían defendido la bandera de las barras y estrellas en Irak y Afganistán. En los siguientes hay grafitis, consignas y frases pacifistas. Y arriba, con letras corroídas por la humedad, la palabra " empathy" pide justo por aquello que los drones, las cámaras y las torres de seguridad que la alumbran parecen negar.

A cinco minutos de su origen en la playa, antes de atravesar toda la ciudad, la valla se transforma en el Parque de la Amistad, un área binacional que cada fin de semana permite el encuentro de las familias con miembros en ambos países. Encontrarse, en este caso, significa hablarse sin tocarse. El parque no se parece a una plaza, sino a una prisión al aire libre. Yo he visto a parejas que intentan rozar sus meñiques cuando los agentes de la Border Patrol se alejan unos metros, pero lo cierto es que las dos mallas de acero que cruzan los barrotes están diseñadas para evitar el contacto físico. La misma barda que guía el paso de los migrantes ilegales hacia la muerte agazapada entre los desiertos y los ríos cobija ese lugar de encuentro, sin el cual cientos de familias podrían pasar años sin verse. Allí, un país dice de manera brutal que no quiere tener ninguna relación con su vecino; sin embargo, al mismo tiempo, el muro construye sus propios resquicios rigurosamente vigilados y organiza un recreo, un día de visitas para que nadie olvide que en realidad se trata de una cárcel.

Cuando restan horas para la asunción presidencial de Donald Trump, el magnate que construyó su éxito político sobre la base del odio a los inmigrantes en general y a los mexicanos en particular, una y otra vez vienen a mi cabeza algunas escenas que vi en el Parque de la Amistad. Pienso en la mujer que, en la parte de Estados Unidos, alzaba un niño para que su abuela en silla de ruedas, del lado mexicano de la cerca, rozara los cachetes del chiquito aplastado contra la cuadrícula de metal. En los hermanos veinteañeros que, en San Diego, le prometían a su madre en Tijuana que a la siguiente cita llegarían con un grupo de mariachis, para que no se fuera triste. Y, sobre todo, recuerdo a David Díaz, el mexicano deportado por conducir con una licencia falsa, con cuatro hijos y un nieto en su casa de New Brownsville, en Nueva Jersey. "Ya hacía un año que tenía mi residencia permanente, y por eso la abogada me dijo que a esa falta le corresponde una multa y no una deportación -me contó, apoyado sobre los barrotes del parque-. Pero mientras no salga mi caso no puedo hacer nada. No le voy a decir que no estoy desesperado. Nadie puede imaginar lo que se siente cuando pasan los días y los meses sin ver a la familia, y que nadie te diga cuándo los vas a volver a ver. Cada noche, antes de dormir, me pregunto si realmente fue tan grave lo que hice. Pero venir a este lugar me hace bien, ¿sabe? Me hace sentir que no estoy tan solo."

Antes de irse, David me regaló una estampita de la Virgen de Guadalupe. Yo me fui perdido en una sensación ambigua, sin saber si lo que había visto era amargo o entrañable. ¿El parque es el primer paso hacia la reunificación familiar o el rincón amable de un monumento a la intolerancia? Tal como lo viven las familias que lo visitan, representa una esperanza enjaulada, pero esperanza al fin. En las ONG que trabajan a ambos lados de la frontera para asistir a los vivos o recoger a los muertos se da por hecho que Trump lo cerrará durante los primeros días de su gestión. Pero muchos de quienes se encuentran allí los fines de semana no quieren pensar en eso. Prefieren mantener la ilusión de un reencuentro cada vez más lejano. A su manera, enseñan que a veces no importa saber en qué se basa una ilusión, sino confiar en lo que puede lograr cuando se pone en marcha.

Ahora que se leerán y escucharán encendidos discursos a favor y en contra de la política migratoria de Trump, que tanta gente opinará con más fervor ideológico que conocimiento de causa, pienso en los muros invisibles que se yerguen día tras día en los rincones más olvidados de nuestras conciencias. Ésos, me digo, son los cimientos que todo muro concreto necesita para hacerse real. Como las palabras que muchos elegimos para justificar la arrogancia de no escuchar a los demás. O los argumentos que sólo buscan disfrazar la falta de sensibilidad. O la lenta costumbre con la que algunos hemos construido una barrera mental de indiferencia y desprecio capaz de borrar nuestras huellas de soberbia. ¿Cuándo empezó este proceso? ¿Y cómo creemos que debería terminar?

La ex primera dama estadounidense Pat Nixon inauguró el Parque de la Amistad en 1971. Durante aquel acto, la señora Nixon les pidió a sus agentes de seguridad que cortaran el alambre de púas para poder abrazar a quienes la contemplaban a escasos metros, tan cerca y tan lejos, en ese otro país que también es otro mundo. En la actualidad, esa imagen resulta inimaginable. "Aquí no debería haber muros", sentenció ella, premonitoria, sin saber que en 1994, como parte de la Operación Guardián, ordenada por el entonces presidente Bill Clinton, el refuerzo con placas metálicas de la primera valla se complementaría con la instalación de una segunda.

Desde 1990, Estados Unidos construyó 1050 kilómetros de muros y cercas para cubrir el 33,3% de los 3145 kilómetros que abarca la frontera, un porcentaje que el nuevo presidente pretende ampliar. En ese lapso, el vallado corrió por cuenta de presidentes republicanos y demócratas. Más de 2.500.000 inmigrantes indocumentados fueron expulsados durante los dos mandatos de Barack Obama. Hoy, a Tijuana llegan unos 160 deportados por día (uno cada diez minutos, 60.000 por año), la mayoría de ellos sin un lugar al que volver a México ni posibilidades de regresar a Estados Unidos. Pensar que el estatus legal de las personas es más importante que su condición y su destino es, quizás, el primer ladrillo del muro que a millones de personas les permite ver una cuestión política donde hay una catástrofe humanitaria.

En algún momento entre las palabras de Pat Nixon y las de Trump se ha dejado de ver a las personas como tales, es decir, iguales. Quizá la que hoy comienza es la era en la que ya nadie considera vergonzoso sentirse superior a los demás. Mientras tanto, en la playa de donde surge la barda fronteriza las olas rompen sin hacer caso a los barrotes clavados en la arena. Su fuerza se ve tan natural como el impulso que lleva a millones de personas en todo el mundo a buscar una vida mejor. En el reverso de la estampita de la Virgen que me regalaron a un lado de la valla, una oración dice: "¡Madre mía, socorred a mis hijos!". En el Parque de la Amistad, todos los días se escuchan palabras similares, palabras que podrían trascender los muros si en algún lado hubiera alguien dispuesto a escuchar.

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